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Full text of "Entretenimientos poéticos"

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■^. 


^5p 


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ENTRETENIMIENTOS 

POÉTICOS 

DEL 

P.  F.   MANUEL  NAVARRETE, 


Virginlbus,    puerisque      canto, 
IIOR.    LIB.   3°.    ODA    l\ 


TOMO  PRIMERO. 

MÉXICO, 
••••• 

Imprenta  de  Valdés, 
#  1823,  ♦ 


Fr,  ■  man  ü  e  l  .n  yss  \  r^RE¥£j,: 


i  'i    I',  .I!;!.' 


■:  ^-.v  .jttdc  f^a. 


III. 


AL  PÚBLICO. 


,/jL  í/,  ilustrado  público^  á 
ti  dedico  esta  primera  edi" 
don  de  los  entretenimien- 
tos POÉTICOS  del  Cisne  Ame- 
ricano FR.  MANUEL  NAFAR- 
RETE. 

Me  hubiera  sido  fácil 
elegir  para  Mecenas  algún 


IV. 

sugeto  distinguido;  pero  ¿por 
qué  habia  de  brindar  á  otro 
finezas  que  tú  solo  me  debes^l 
Para  tí  únicamente  he  tra- 
bajado: Tu  instrucción  y  tu 
deleite  fueron  el  objeto  que 
me  propuse  en  esta  empj^esa: 
Tú  eres  quien  me  ha  de  a- 
gradecer  este  servicio:  Tú 
quien  ha  de  leer  esta  obri- 
ta:  Y  tú,  en  fn,  quien  ha 
de  dispensarle  la  protección 
que  para  ella  solicito^  que 


V. 

es,  el  conocer  su  valor,  y 
celebrarla  con  juicio  y  o- 
portunidad. 

Altamente  convencido 
de  estos  principios,  ni  un 
momento  he  dudado  el  con-* 
sagrarte  este  trabajo',  y  ten- 
go la  gloria  de  poder  asegu- 
rar, que  te  presento  na- 
da menos  que  un  monu- 
mento preciosísimo,  que  a- 
testiguará  en  todo  tiempo, 
que  la  patria  dichosa  que 


VI. 

contó  entre  sus  hijos  á  tan 

insigne  poeta,  no  tiene  que 
envidiar  en  el  arte  de  A- 
polo,  ni  al  siglo  de  oro  de 
la  sabia    Roma-,   ni  á    los 
antiguos    primores    de    la 
docta  Grecia-,  ni  á  las  mo^ 
demás  producciones  de    la 
culta  Europa.  ¡Digno  elogio, 
que  dictó  la  verdad,    pro-  ' 
nuncia  la  justicia,  j  jamás 
osará  desmentir  la  emulco- 
cionl 


VIL 

Y^como  me  podré  figu- 
rar que  no  merecerá  tu  a- 
grado  la  publicación  de 
esta  ohrita^  cuando  ella  va 
á  enriquecer  tanto  al  teso- 
7^0  de  la  bella  literatura? 
¿Qué  espectáculo  podrá  ha- 
ber mas  interesante  á  tus 
ojos,  que  el  presenciar  co- 
7no  se  va  difundiendo  en 
este  septentrión  el  benigno 
resplandor  de  las  laces,  al 
paso  que  se   eleva  por   su 


VIII. 

horizonte  el  sol  hermoso  de 
la  libertad! 

Acepta^  pues^  o  pú- 
blico, este  sencillo  obsequio 
que  gustoso  te  ofrece 

El  ciudadano 
Alejandro  Valdés. 


IX. 


DEL  EDITOR. 


ji  engo   la     satisfacción    de     dar   á    lúe 

LOS  ENTRETENIMIENTOS  POÉTICOS  DEL    R.  P. 

Fr.  MANUEL  NAVARRETE. 
Me  parece  del  todo  inútil  el  em- 
peñarme en  demostrar  el  mérito  de  esta 
obra,  pues  saliendo  ella  al  publico  no  pre- 
tendo usurpar  al  lector  el  derecho  que 
tiene  para  juzgar  por  sí  mismo   de  las 


X. 

producciones  agenas;    del  que   ciertamen- 
te  usaría  aun  cuando  yo  tratara  de  pre- 
venirlo con  elogios   que  al  fin   no  había 
de  creer   sobre    mi    palabra.    Bien   segu- 
ro  estoy    de    que    hallará    en   estas    be- 
llas producciones    de  un  ingenio  tan  jus- 
tamente   celebrado,    aquella   dulzura  sua- 
ve   y   armoniosa,    de    que    tanto    se   pa- 
ga    nuestro      oido;     aquellas     imágenes 
vivas  y    naturales,  que   parecen  poner  á 
los  objetos    delante   de    los    ojos;    y    so- 
bre  todo,  aquella    sensibilidad    inesplica- 
ble,    que    penetrando   hasta     el    corazón 
lo   deja  por  algún  tiempo  profundamen- 
te  conmovido. 

También  tengo  por  escusado  el   re- 
comendar   la    utilidad   de     esta    edición: 
bastará  decir,  que    es   la  primera,  y  que 
se  hace  después  de  catorce  años  de  ha- 


XL 

ber  muerto  el  autor.  Todas  aquellas  poe- 
sías   de   este,   que  se  hallan    en  muchos 
tomos  de  nuestros  Diarios^  donde   se  in- 
sertaron con  intervalo  de  años    entre  las 
primeras    y    las    ultimas,    se   presentan 
aquí  bajo  un  solo   punto  de  vista^  y  co- 
locadas en  el  orden  que  me   pareció  mas 
oportuno.  Igualmente    salen   muchas   pie- 
zas que  jamás  se  hablan  dado  á  la  pren- 
sa;   pues   he    logrado  tener  á   las  manos 
bastantes   manuscritoSj   y    principalmente 
una  colección    copiosa,     escrita   del   mis- 
mo   puño    de   nuestro  insigne    poeta. 

Hay  en  la  obra  algunas  notas  de 
este,  y  otras  que  yo  he  agregado:  las 
primeras  van  designadas  con  una  A.  las 
segundas   con  una   E. 

Deseoso    de    publicar,    si    me   fuese 
posible,    cuantos   versos    produjo  el   mí- 


XIL 

raen  fecundísimo  de  este  célebre  ameri- 
cano, he  trabajado  con  el  mayor  co- 
nato á  fin  de  conseguirlo.  ¡Ojalá  y  a- 
quellos  que  se  hayan  ocultado  á  mi  di- 
ligencia, ocupen  su  lugar  algún  dia  en 
una  segunda  edición! 


ELOGIO 

DE    FR.    MANUEL   NAVARRETE. 

POR 

D.  MARIANO  BARAZABAL. 

ó    SEA 
SUE^O     MITOLÓGICO 

DEL  ARCADE  ANFRISO. 
Romance  Endecasílabo. 

Hijas   de    Jove,    la   eminente   cumbre 
Dejad  del   Pindó,   y  á    la   patria  mia 
Bajad,    cual  suele  del  hermano    vuestro 
La  luz    hermosa    que  al    viviente    anima. 

Sí,    divas   musas,   descended    ufanas 
Al    suelo    fausto    do   la   vena   rica 
Nació   del   oro,  por  desgracia  suya. 
Pues    la  hizo  blanco  de  la  vil  codicia 

Que    no    de    tal  riqueza,  ni  de   cuantas 
Tiene  por  dote  la  morena  ninfa 


XIV. 

Del  vasto  septentrión,  que  no  vid  Alcides, 
Jacta  soberbia   ni   presume   altiva. 
América  blasona,    sacras    deas, 

Y  forma  en  ello  toda  su   delicia, 

O   de   que  vos  lacteis  sus  hijos  caros, 
O  de  ser  de  los  vuestros    la  nodriza. 

A  vos  toca  elegir:  no   es  fácil  caso. 
¡Oh!  luego    que    sepáis  la   causa   digna 
Por  qué    os  emplaza  mi  atrevido   labio, 
Disputareis   á  América  la   dicha. 

Toda    esta  esclamacion  me  figuraba 
El   ensueño  mas  dulce  de  mi   vida. 
Que   si  fugado  por  la  ebúrnea   puerta;   (i) 
Pero   no    Fobetor    (2)  lo    presidia. 

Y   es  que  una   noche  la  pasé  en   mi  lecho 
Entregado    á   tan  plácida  vigilia, 
Cual  la   de  leer   del  Cisne    Americano 
La    hechicera  dulcísima    poesia. 

Morfeo  envidioso  se  acerco  invisible 
Poco   antes  que    la    estrella   matutina 
Anuncie   la  alva:  y  esparcid  el   beleño, 

Y  de  la  flor  de   Adonis  la  semilla.  (3} 


XV. 

Mas  no  bastando  diligencia  tanta 
Las  alas    bate:  mata    la    bujía: 
Cierra   mis  ojos:   y  el  melifluo  poema 
De  mi   ya  floja  mano   se  desliza. 

Empero,  no   triunfaste,    dios  del  sueño: 
Si  el  cuerpo  duerme,    vela   el   alma  mia; 

Y  en  las  alas  del   éstasi    mas   dulce 
Mírale  hablando  con  las   musas  mismas. 

La  ilusión  sigue;  yo  me    veo    en   la    falda 
Del  Pindó   sacro:   Las  supernas   hijas 
Del  alto  Jove  con  acento    blando 
Oigo   que  dicen:    ^^Sube  hasta  la   cima. 

No   temas;  sube,  Anfriso,    que   al  Parnaso 
Subir  merece  quien   virtuoso    aplica 
El  favor  de  las  musas  á   su  patria; 

Y  esto  ha  honrado   la  serie  de  tu  vida.  '* 
Yo  menos  suficiente    que  alentado, 

La  senda  estrecha    que   á    la  cumbre  guia 
Piso  con    luengos   desiguales   pasos, 
Ya  bien  hollando   flores  d    ya   espinas. 

Jamás  me  viera   de    la    escelsa  cumbre, 
A  no  ser  por    milagro  de  las   divas, 


XVL 

En  do  su  celestial  castalio  coro 
Tienen   las   nueve   hermanas   peregrinas. 

Llego:   Las   miro:   Y  prosternado  apenas 
Me    deja   absorto  la  visión   divina 
Cuya  pintura  el  estupor  me    veda^ 
Cual   imposible  á  mi  profana    lira. 

Decid   vos  lo  que  vi,  Piérides  almas, 
O  til,    deifico    sacro,  tu   lo    digas: 
Tií  que    presides  á  la   par  que  al  cielo 
Del  sacro  monte    la    mansión   elísea. 

Mientra,  solo  diré,  que  interrogado 
Por  ¿cual    es   el   asunto  que    motiva 
Mi  osada    invocación?    respondo    firme: 
5^  El   almo  NAVARRETE:  Sus  poesías. 

¿De   cual    de    vos   es    hijo    predilecto, 
Desea    saber   mi   patria,   santas    divas? 
Hoy  que  las  prensas  sudan   con  sus    obras, 

Y  honrarse  quiere   la  tipografía. " 

Erato    dice    luego:   !»r»mio    es    el   lauro, 
Que  NAVARRETE    solo  amor  respira; 

Y  en  líricas   bellezas    basten    solo 
Las  amorosas  flores  de   Clorila. "   (4) 


XVII. 

Sorprendida    caliope    dice:    !>r>  ¿como? 
MANUEL  cantó  de  amor;    pero    ¿te    olvidas 
De  que  á  mi  influjo  le   premió   en  su  alcázar 
Minerva   docta  las   heroicas    rimas? '^    (5) 

Entonces    dice  clio:  ^n  perdona,  hermana, 
Que  si  en    la  historia   la  epopeya   finca, 
Yo,    yo  la  madre  soy   del    almo  vate, 
Por  ese    y  otros   poemas  que   no  indicas.'^ 

n^Son  sus   versos  retóricos,    morales, 
Y   madre  suya   soy: ''   dijo  polimnia. 
t')  Mas  bien   lo    fuera   yo   si   aparecieran 
Sus    bellos  dramas: ''    (6)  replicó  talía* 

EUTERPE    con    TERSÍCORE     dispUta 

De  mil    composiciones  esquisitas 
Lo  discreto,    lo  fluido,  lo  gracioso, 
En  el   idilio  y  sátira   festiva. 

Aquí  la   gemebunda    melpomene 
Un  suspiro  lanzando  dice:    ^r>  amigas. 
Repasad  de  MANUEL   los   Ratos  tristes:' {^) 
Las    flébiles    dolientes   Elegías:    (8) 

Y  sí  no    os  deshacéis  en    dulce   llanto 
Confesándome  luego  enternecidas 
II 


XVIIL 

Que  yo  la  madre  soy^    el  Pindó   dejo, 
Y    á    morar    voy    en  la   hgum  Estigia.  *' 

5^  Yo    me   subiré  al  cielo,  grita    urania, 
Do  el  alma    de  PtíANÜEL   estrellas  pisa, 
Si  en  el    Pindó  me  niegan    ser  su   madre, 
Por    sus  Místicos  poemas^   de  justicia. 

¿Quien    canto  la  Divina  Previdencia:  (9) 
El  vate   que  entonó    la  pura,   limpia^ 
Inmaculada   concepción  gloriosa 

(Mitológicos    venia )   de   MARÍA,    (ic) 

Podrá   dejar  de  ser  hijo   mimado 
De   m.usa  celestial?   ¡Quien   lo    imagina! 
Y   puesto  que  yo  soy  musa   del  cielo,  ♦ 
Silencio,  hermanas,    que  la   gloria    es   miá.  ^ 

La  discusión   se   enciende   entre    las   m.usas: 
¡Qué    de   imágenes   hallan    peregrinas 
En  loor  de  NAVARRETE!  ¡Qué  de  encomios! 
jQué  digna    emulación!    ¡Qué  noble   envidia! 

Sí,   mi    querida,  ¡mi    adorada    patria! 
Yo  empeñadas  miré   á  las   Nemosinas 
Contender  por  ser  madres    del   que  hiciera 
La  lengua   de  los  dioses  mas  pulida. 


XIX 

Pero,  ¿qué  es  lo  que  miro!  Cuando  estaban 
En   mas  calor,  de  Jiípiter    las   bijas, 
Con  nueva    refulgente  luz  hermosa 
La   inaccesible    cumbre   se   ilumina. 

Una  nube  mas   alba   que  la  nieve 
Que    descansaba    en    la  frondosa    cima, 
Descórrese  cual   velo  en    dos  mitades, 

Y  al   rubicundo   apolo  patentiza. 
Sentado   estaba    en  una   silla  de  oro, 

Tachonada    de  estrellas  diamantinas: 

El    sEMi-Dios   MANUEL   al   diestro  lado 

Y  ai  opuesto   la  AMERICA   se    vían. 

!>r>  Hermanas,   dijo  el  dios,  Piérides,  basta. 
Mi   Hijo  es    este.  Su  madre  esta  Gran  india, 
Deidad  del  septentrión.    El  Amor   su   ayo. 
Vosotras,  claras  musas,  sus  nodrizas 

Eó  aquel  nuevo  mundo  se    levanta 
Otro  nuevo  Parnaso,    y   la  justicia 
Manda;  que  un  nuevo  apolo  en  NAVARRETE 
Ocupe  mi  lugar,  y  le   presida. 

Decidle  á    ese  atrevido  anahuacense, 
Ese   que,  cual    mi    rio,    se  denomina 


XX. 

Anfriso^  (i  i)  que  en  el  Pindó  no  hay  tiranos.... 
Y    aplaudo  su    patriótica  osadía. 

Que  á   su  patria  se  vuelva,    proclamando 
A  este   su  compatriota  y  mi  delicia; 
No   al  Cisne  Americano'^    al   nuevo   Apolo^ 
Y "  ya  despierto,  y   la  ilusión    termina. 


(^l)  Finge  la  fábula,  que  los  sueños  de  cosas  (jue 
resultan  verdadercS  salen  por  una  puerta  ds 
cuerno,  y  ios  que  solo  son  ilusiones  de  la 
fantasía,   por  »na   de    ir.arfiu 

(a)  Dios  que  presidia  los  sueños  funestos  y  espantosos. 

(3)   Muerto    Adonis  por  un   jabalí,     fué   convertido 

en    amapola,    cuya     semilla  es   la  adormidera. 

(^)  Pág.  7.    tom.    I. 

(5)  P^S«  95'  ^o^^'   ^* 

(<5)  El  autor  át  este  elogio  tiene  noticia  de  que 
el   sabio     Navarrete   hizo     piezas   dramáticas* 

(7)  Pag.  I  ii.  hasta  la    ^;^n    tom.    2. 

(8)  Pág.  78.   á   la  91.   tom.   2. 

(9)  Pag.    201.    á  la    220.  tom.  id. 

(10)  Pág.     2  2Í,   á   la   249.    tom.    id. 

(n)  Anfriso,  rio  de  Tesalia  en  cuyas  orillas  vivió 
Apolo,  cuando  desterrado  del  ciclo  guardaba 
como  pastor   los  ganados    ds  Admeto. 


XXI. 

MEMORIA  SUCINTA 

de  los  principales  sucesos 

de  la  vida  de 

Fr.   Manuel  Navarrete^ 

con  algunas  reflexiones 

sobre  sus  poesías. 

ESCRITA 

POR    UN    ÍNTIMO    AMIGO    SUYO. 


E, 


L  R.  P.  Fr.  jóse  MANUEL 

MARTÍNEZ  DE  NAVARRETE, 

á  quien  generalmente  solo  se  llama  Fr. 
Manuel  Navarrete^  nació '  en  la  Villa  de 
ZAM0RA5  perteneciente  al  Obispado  de  Mi- 
choacan.  el  día  18  de  Junio  del  año  de 
1768.  Fueron  sus  padres  í).  Juan  Ma-^ 
ría  Martínez  de  Nuvarrete^  y  Doña  Ma-^ 
ría  Teresa  Ovhoa  y  Abadiano^  ambos 
naturales  de  la  misma  Villa,  y  perso- 
nas de  distinguida  nobleza.  No  fué  da- 
do á  nuestro  poeta  el   gozar  de  las  ter- 


XXIL 

nuras  de  un  padre  amante  y  bondado- 
so, pues  la  muerte  se  lo  robó  á  los 
cuarenta  dias  de  haber  nacido.  Pasó  su 
infancia  en  el  lugar  de  su  nacimiento, 
y  en  él  se  le  enseño  á  leer  y  escribir^ 
y  se  le  dedico  al  estudio  de  la  latini- 
dad, bajo  la  dirección  de  su  preceptor 
D,  Manuel  Cuevas.  Los  progresos  que 
hizo,  en  el  conocimiento  del  idioma,  y 
las  ventajas  con  que  escedid  á  sus  con- 
discípulos, fueron,  digámoslo  así,  los  pri- 
meros vislumbres  con  que  se  anuncio  es- 
te  futuro  manantial  de    luz. 

Por  cierta  decadencia  de  fortuna 
que  sobrevino  á  la  familia,  paso,  sien- 
do todavía  pequeñito,  á  la  ciudad  de  Mé- 
xico, en  compañia  de  su  primo  el  Lie. 
D.  José  Manuel  Abadiano;  con  el  fin 
de  destinarse  allí  en  el  comercio:  y  en 
efecto  fué  admitido  en  una  tienda  situa- 
da por  el  portal  de  la  Diputación.  No  pue- 
de caber  duda  de  los  conocimientos  que 
adquirid  en  aquel  ejercicio,  ni  de  la  hon- 
radez con  que  se  manejo  en  él,  pues 
en  el  aflo  de  1787  lo  comisiono  su 
patrón  para  que  fuese  á  espender  una 
memoria  á  un  paraje,  que  parece  haber 


XXIII. 

sido  el  real  de  minas  de  Temascalte- 
pec.  Sentía  nuestro  jovencito  que  lo  lla- 
maba Dios  para  el  estado  religioso;  por 
lo  cual,  después  de  rendir  las  cuentas 
del  encargo  que  se  le  había  confiado, 
pidió  licencia  á  su  patrón  para  sepa- 
rarse de  aquel  giro,  y  se  traslado  á 
Valladolídj  estando  allí  su  liermano  D. 
Blas,  quien  le  proporciono  el  viaje  pa- 
ra Qucrétaro,  donde  tomó  el  habito  del 
SERÁFICO  SAN  FRANCISCO  cn  cl  convcn- 
to  de  la  provincia  de  Michoacan,  de 
los  Santos  Apóstoles  S.  Pedro  y  S.  Pa- 
blo. 

Concluido  el  tiempo  del  noviciado, 
hizo  su  profesión  religiosa,  y  lo  man- 
daron sus  prelados  al  convento  de  re- 
colección del  Pueblito,  con  el  ol)jeto  de 
que  en  él  recordase  y  perfeccionase  la 
latinidad,  que  habia  aprendido  en  su  ni- 
ñez, como  ya  queda  dicho.  Concluido 
este  estudio  se  restituyo  al  convento  de 
Qiierétaro,  á  la  especíativa  de  la  filo- 
sofía, que  por  estatuto  de  la  religión  de- 
bía estudiar  tres  años:  y  en  esta  va- 
cante fué  cuando  Jiizo  los  primeros  en- 
sayos de  sus    versos.  Se   dirigid,  cn   fin, 


XXIV. 

para  cursarla  al  convento  de  Celara.  Es- 
taba aun  adoptada  allí,  por  aquellos  tiem- 
pos, la  doctrina  peripatética,  y"  vista  con 
ceño  la  moderna;  pero  nuestro  joven  co- 
rista mostró  tanto  desafecto  á  la  prime- 
ra, y  se  aficiono  tanto  á  la  segunda, 
que  desertado  de  la  aula  se  asoció  con 
un  compañero  suyo  llamado  Fr.  Victo- 
riano Borja,  y  entre  ambos  estudiaron 
la  filosofía  de  Altieri.  Acabado  este  trie- 
nio regresó  al  convento  de  Queretaro, 
donde  estudió   la   sagrada   Teología. 

Estando  ya  en  disposición  para  po- 
derse dedicar  á  los  ministerios  á  que  lo 
destinara  su  provincia,  obtuvo  la  cátedra 
de  latinidad  en  el  convento  grande,  y 
habiendo  desempeñado  este  cr;rgo,  se  tras- 
ladó al  convento  de  Valladolid,  y  resi- 
dió en  aquella  ciudad  por  un  tiempo  con- 
siderable. Como  ya  habia  recibido  la  sa- 
grada orden  del  sacerdocio,  quisieron  em- 
plearlo sus  superiores  con  utilidad  de  los 
fieles;  por  lo  cual  lo  hicieron  ir  de  pre- 
dicador á  Rioverde,  y  lo  mismo  á  Si- 
lao,  donde  filé  también  comisario  de  la 
orden  tercera;  y  en  el  ejercicio  de  estos 
pulpitos  permaneció  algunos  años.  Ya  en 


XXV. 

los  líltiínos  de  su  vida  fué  nombrado  cu- 
ra   párroco  de    la    Villa  de    S.    Antonio 
de   Tula,   k  cual  está  situada  en   la   in- 
tendencia  de   S.    Luis  Potosí,  y  es   una 
de  las  misiones  pertenecientes   á  Riover- 
de,   cuyo    curato   se    sirve    por   uno    de 
los   mismos   padres  misioneros  de  la   or- 
den de  S.  Francisco.  Aquí  fué  donde  con- 
currió con  el  Illmó.  Sor.  Obispo  de  Mon- 
terey   Dr.     D*    Primo   Feliciano    Marin, 
y  aquí  donde  se  capto  el  singular  aprecio 
con  que    lo  distinguid  este    sabio  prela- 
do.   Finalmente,    paso    al     real    de    mi- 
nas de  Tlalpujahua,  ccn   el  motivo  de  ha- 
ber sido  promovido  para  la  guardiania  de 
aquel  convento. 

En  toda  esta  serie  de  tiempos  y  de 
ocupaciones,  cultivó  NAV ARRETE  la 
poesia,  á  la  que  siempre  tuvo  una  par- 
ticular inclinación.  Desde  que  seguía  su 
carrera  literaria  en  la  ciudad  de  Celaya, 
procuraba  robar  á  sus  quehaceres  cuan- 
tos ratos  podia,  para  consagrarlos  á  las 
musas*,  y  así  es  que  entonces  sali(5  a  luz 
manuscrita  su  'primera  composición  en 
verso  heroico  y  patético,  hecha  con  mo- 
tivo de   la   muerte  de   su    madre,  á    la 


XXVL 

cual  titulo  Noche  triste.  Esta  obra  fue 
como  una  piedra  que  descubrid  el  pre- 
cioso mineral  de  doude  habia  salido.  En 
ella  se  advierten  aquellas  esclamaciones 
enérgicas,  que  solo  pueden  nacer  del  al- 
ma cuando  esta'  penetrada  de  un  acerbo 
dolor:  aquellos  sentimientos  puros,  de  que 
tanto  se  bonra  la  especie  humana:  y  por 
ultimo,  aquellos  rasgos  de  la  naturaleza 
que  jamás  la  afectación  ha  sabido,  ni 
sabrá  remedar.  Todavia  una  palabra  mas 
acerca  de  esta  escelen  te  elegía:  Ella  es- 
tá puesta  en  un  estilo  verdaderamente  su- 
bb"me:  en  aquel  estilo  que  desdeña  los 
adoraos  postizos,  que  no  hacen  mas  que 
poner  trabas    á  la   sencillez. 

Entregado  el  autor  en  los  años  subse- 
cuentes al  estudio  de  la  poesia,  su  pri- 
mera escuela  y  dechado  fué  el  Parnaso 
Español,  donde  se  hizo  de  lo  que  se  lla- 
ma gusto;  el  que  perfeccionándose  en  otras 
obras,  especialmente  en  la  de  Melendez 
Valdes,  depuro  su  ingenio  hasta  elevarlo 
al  punto  de  finura  y  delicadeza  que  mues- 
tran sus  composiciones.  A  proporción  que 
las  iba  trabajaijdo  estuvo  á  la  mira  de 
reservarlas,  y   mantuvo    esta    precaución 


XXVII. 

por  el  tiempo  de  once  años;  en  cuyo 
periodo  las  revio,  corrijid,  y  aumento. 
Componían  estas  un  volumen  en  cuar- 
to cuando  se  crio  el  Diario  de  México 
en  el  año  de  1805.  Por  este  conducto 
se  publicaron  muchos  de  sus  versos,  y 
el  aplauso  con  que  se  recibieron  fué  como 
h  campana  que  llamo  la  atención  ge- 
neral. Preguntábase  al  Diarista  por  el 
nombre  de  este  autor,  pues  al  fin  de 
ellos  solo  se  leían  las  tres  iniciales 
F,  M.  N.  y  se  formaba  empeño  en  saber 
¿á  qué  lugar  de  nuestro  continente  ha- 
bia  tocado  la  dicha  de  servirle  de  pa- 
tria? Muchos  y  muy  apreciables  poetas, 
que  constituidos  en  una  especie  de  Ar- 
cadia ilustraban  al  Diario  con  sus  com- 
posiciones, le  tributaron  en  ellas  los  mas 
grandes  elogios.  Hicieron  mas:  Lo  eli- 
gieron por  su  MAYORAL,  y  aun  pensaron 
en  hacer  un  viage  hasta  el  lugar  don- 
de residia,  solo  por  tener  el  gusto  de 
conocerlo.  La  sabia  Universidad  de  Mé- 
xico, esa  madre  fecunda  de  tantos  hom- 
bres grandes,  dio  también  su  voto,  y  de 
un  modo  bastantemente  decisivo,  en  fa- 
\ox  del   escelso  numen  de  nuestro   NA- 


XXVIII. 
VARRETE;  pues  en  un  Certamen  lite- 
rario que  celebrd  en  el  año  de  1809 
asignó  el  primer  premio  destinado  para 
la  poesia^  á  un  canto  de  este  que  ha- 
bia  sido  presentado  para  entrar  en  el 
crisol  de  la  crítica,  en  competencia  de 
otros  muchos.  Y  ¿á  quien  no  causará  ad- 
miración el  saber,  que  sus  mejores  com- 
posiciones salieron  de  sus  manos  ^^  cuando 
(para  usar  de  las  espresiones  de  un  sa- 
bio amigo  suyo)  (^)  yacía  soterra- 
do en  las  montañas  de  la  Villa  de 
Tula,  desde  donde,  como  Ovidio  desde 
el  Ponto,  remitia  sus  obras  tan .  bellas 
y  limadas,  como  si  salieran  de  la  mejor 
Academia  de  la  Europa;  no  de  otro  mo- 
do que  Bergier  admiro'  al  mundo  sa'bio, 
y  confundid  al  Deísmo  con  su  precio- 
sa obra,  trabajada  en  las  sen'anias  y  ma- 
lezas de  los  Pirineos!" 

Si  notare  alguno  que  entre  los  ver- 
sos de  nuestro  autor  abundan  tanto  los 
del  género  erótico,  queriendo  deducir  de 
aquí  consecuencias  acerca  del   estado  en 

(♦)  El  Uc  D  Carlos  María  Bustamante  en 
la  Ñecro'ogía  dci  P.  Nav  birrete  y  cju^  insertó 
en  el   alario   de"^  9.    de    agosto  de    x8o5?« 


XXIX. 

.que  se  hallaba  el  corazón  del  poeta,  re- 
flexione,  que  muchos  partos  del  ingenio 
deben  su  ser  únicamente  á  la  fantasia;  sin 
que  haya  razón  que  baste  á  persuadir, 
que  sea  fuerza  tenerlos  por  hijos  de  al- 
gún afecto  de  la  voluntad.  Puede  tam- 
bién tener  presente,  que  al  enviar  NA- 
VARRETE  sus  poesias  á  Fabio^  nom- 
bre que  da  á  su  hermano  jD.  Blas^  le 
dice: 

9íLas  mas  veces  instado 

ü^de  la  amistad  y   el  ruego, 


^f)  canté  ao[radables  metros. 


M' 


Así  consta,  y  consta  igualmente  que 
las  dos  traducciones  de  unos  versos  de 
Galo,  y  la  de  otros  de  Angelo  Policiano, 
las  hizo  de  orden  del  Rmó.  P.  Fr.  Jo- 
sé María  Carranza,  varón  muy  docto  de 
la  provincia  franciscana  de  Michoacan, 
quien  pretendió  conocer  de  este  modo 
los  tamaños  de  nuestro  poeta;  y  habien- 
do quedado  muy  complacido  quiso  aca- 
bar de  formarlo  poniéndole  en  las  má- 
manos el  arte,  del  que  se  aprovecho  Fr. 


XXX. 
MANUEL  maravillosamente;  ya  en  la  cor- 
rección de    sus    Ratos   tristes^  ya   en    la 
formación   de  Oiras    obras  posteriores. 

Es  muy  difícil  entre  sus  poesías  se- 
ñalar las   piezas  que  sobresalen  mas  por 
su  méritOj   pues    no   hay    duda    que   los 
genios    originales    son  fecundos  en  cual- 
quiera clase  de  composiciones;  pero  es  fá- 
cil hacer  ver,    que    acertó  á   dejarnos  en 
todas  ellas  lo  mas  precioso  y    selecto  que 
se  puede    encontrar   en    el   ramo    á    que 
corresponden.   Por  eso  en    el  estilo    ale- 
gre y  jocoso    ya   nos  presenta,    como  en 
las  Flores  de  Clorila^  á  la  naturaleza  en- 
galanada,   risueña,    y    festiva,    rebozando 
solo    placeres:    Ya  toma  sus    colores    de 
los     objetos   mas   triviales,  y    nos    pinta 
con   la   mayor    viveza    la    alma    candida 
y  pura    de  la    inocente    Anarda:    Ya   se 
pone  á  acompañar  con  sus  blandos  acentos 
los   tonos   concertados   de  la   nmsica  Ce- 
lia:   Ya  sé    entretiene    en  celebrar   á   la 
Pollita   predilecta  de  la  hechicera  Clori. 
Si  fijamos  la  consideración   en  sus   com- 
posiciones   serias    y    magestuosas,    como 
son  las  sagradas  y  morales,  veremos  ¡coa 
cuanta  magestad  elige   ios  conceptos!  ¡con 


XXXL 

cuanto   decoro  los  trata!   ¡con  cuanto  res- 
peto los  espone!  El  nos  lleva  de  la  ma- 
no, y  nos   ensena:   ¡como  pregonan   todas 
las   criaturas,    que   vela    sobre    ellas  una 
PROVIDENCIA  bienhechora!  El  nos  llena  del 
mayor     entusiasmo    cuando    toma    á    su 
cargo   el    alabar  el  triunfo  que  consiguió 
la  gracia    en   la  concepción  inmacula- 
da  de   MARIA.    El  nos  hace  erizar  de 
horror  representándonos  la    situación    la- 
mentable   de   una    alma   desdichada^  que 
ha  sido  privada  para  siempre  de  la  gloria. 
Y  ¿jamás  alguna  lira  ha  sido  pulsada  con 
tanta    suavidad   como  la  suya,  al  compás 
melancólico   de   la   triste    elegía?  Digán- 
lo  sus    Ratosv    aquellos  Ratos  que   parece 
que  los  formo  la  misma  Melpomene,  al 
lado  de  un    espectro,    o   en  la    pavorosi- 
dad  de  ios  sepulcros,  rodeada  de  los  des- 
pojos  de   la  muerte. 

Muchos  censores  juiciosos  é  instrui- 
dos, han  sido  de  parecer  que  la  poe- 
sia  lúgubre  era  el  carácter  mas  natural 
de  NAVARRETE;  pero  á  pesar  de  la 
generalidad  con  que  así  se  piensa,  y  del 
respeto  con  que  debo  mirar  las  opinio- 
nes de  los  inteligentes,  me  atreveré  a  de- 


XXXII. 

cir,  que  su  verdadero  carácter  era,  en 
mi  concepto,  la  sencillez  en  la  poesía  pas- 
toril. Me  fundo  en  que  no  hay  una  so- 
la pieza  de  esta  clase  en  que  no  se 
vea  bajo  de  esa  misma  sencillez  una 
sublimidad  á  la  que  ciertamente  no  lle- 
garon los  mas' afamados  autores  en  sus 
obras  compuestas  en  aquel  estilo.  Des- 
pués de  haber  arriesgado  este  juicio,  que 
quiero  sujetar  á  la  desision  de  los  sa- 
bios, añadiré:  Que  todas  las  poesías 
de  nuestro  insigne  Zamorano,  llevan 
consigo  como  una  carta  de  recomendación 
para  que  las  apreciemos  mas  los  Ame- 
ricanos; por  haber  sido  producidas  en 
nuestra  patria,  y  por  un  paisano  nuestro 
que  careciendo  de  aquellas  ideas  de  com- 
paración que  se  adquieren  con  la  resi- 
dencia en  diversos  países  del  mundo,  y 
destituido  alguna  vez  aun  de  los  libros 
precisos,  pensó  por  sí,  y  escribid  por  sí, 
recurriendo  á  sus  propias  reflexiones,  y  á 
una  imaginación  admirablemente  fecunda. 
Tal  fué  NAVÁRRETE  considerado 
como  poeta.  Si  no  temiera  yo  cansar  al 
lector  con  la  dilación,  me  complacerla 
en   formar   aquí  un    cuadro    que    lo   re- 


XXXIII. 

presentara  copiado  con  todas  aquellas  pren* 
das  que  hacían  tan  delicioso  su  trato 
personal;  pero  sacrificando  este  gusto  en 
pl:)sequio  de  la  brevedad,  lo  mostraré  en 
una  pequeña  miniatura,  ó  por  mejor  de- 
cir, en  un    ligerísimo  bosquejo. 

Concedió  el  cielo  á  este  hombre 
aquellas  preciosas  cualidades  que  cons- 
tituyen á  un  sujeto  verdaderamente 
amable  en  una  sociedad  Tocóle  una  al- 
ma verdaderamente  noble,  por  lo  que 
siempre  aborreció  todo  género  de  baje- 
zas. Su  carácter  fué  sumamente  ingéiiuo, 
y  la  doblez  y  el  artificio,  fi^íeron  vicio^ 
para  él  absolutamente  desconocidos.  Sus 
modales  ftieron  afables;  sus  pensamienjos 
sanos;  y  su  conversación  en  estremo  a- 
gradable.  Su  pobreza  no  le  impidió  ser 
franco,  y  muchas  personas  le  vieron  eje- 
cutar acciones  bastante  generosas.  El  cuida- 
do con  que  reservó  sus  poesias  por  tan- 
tos aííos;  siendo  así  que  por  lo  común 
se  nota  en  los  poetas  un  flujo  irresisti- 
ble de  espetar  a  todos  sus  produccio- 
nes, bien  ó  mal  digeridas,  es  un  argu- 
mento convincente  de  su  moderación,  y 
d$  la  desconfianza  que  tuvo  de  sí  mis- 
ui 


XXXIV. 

mo.  El  juicio  que  formo  de  ellas  al  re- 
mitirlas á  su  hermano,  prueba  claramente 
su  humildad.  El  elogio  que  hizo  á  Car- 
los IV.  por  haber  manifestado,  que  le 
desagradaba  el  tonnento.  es  un  testimo- 
nio de  que  fué  opuesto  á  la  violencia. 
Mas  entre  tantas  virtudes  como  lo  ador- 
naron, campeaba  y  se  llevaba  la  aten- 
ción su  filaiitropia.  No  le  faltaron  aca- 
so en  el  discurso  de  su  vida  graves 
persecuciones;  pero  él  amo  sinceramente 
á  los  autores  de  estas:  Me  parece  que 
de  ellos  se  estaba  acordando,  cuando  en 
su  4?  Rato  triste^  después  de  asegurar 
que  solo  por  sus  penas  vivía  en  las  so- 
ledades. Y  que  no  era  enemigo  de  sus  se- 
mejantes, añadid  con  tanta  mansedumbre: 

Vi  Y  aunque  entre  muchos  de  ellos  me  imagino 
5^  Como  entre  hambrientos  lobos  mansa  oveja, 
f)  De  nadie   formo  queja 
^í  Porque   así    lo   dispone  mi  destino.  ^ 

Si  tal  fué  su  porte  respecto  de  e- 
sos  hombres,  ¿cuales  serian  las  efusiones 
de  su  corazón,  reservadas  para  aquellos 
sujetos    con  quienes  vivid  unido  por  los 


XXXV. 

dulces  lazos  de  una  estrecha  amistad?  Dilo 
tu  por  todos,  ]oh  sin  igual  tiernísimo 
FiLENol  (**)  tu  que  fuiste  depositario 
fiel  de  los  arcanos  de  su  pecho,  y  á 
quien  profesó  mas  que  á  nadie  un  ca- 
rino de  que   te  hacias  tan  acredor:  Di 

pero  nada  digas,  porque  es  bien  claro 
que  le  hubiera  sido  imposible  el  com- 
poner muchas  de  sus  obras,  á  no  haber 
estado  dotado  de  una  esquisita  sensibili- 
dad. Por  lo  que  toca  á  sus  linea  mantos 
esteriores  fue  alto  de  estatura;  blanco;  de 
ojos  azules;  de  pelo  castaño  y  rizo;  de 
buena  presencia;  de  semblante  halague- 
ño;   y  de  talle  naturalmente  airoso. 

Nadie  se  imagine  que  he  formada 
aquí  una  descripción  estudiada  no  de  lo  que 
él  fué;  sino  de  lo  que  debia  haber  sido; 
como  la  que  hizo  Plinio  de  Trajano,  y 
Marco   Tulio  de  su    Orador.  Soy  sincero. 


(*♦)  Asi  llama  en  su  8.  Rato  triste  i  FU 
leño,  nombre  que  dio  á  su  muy  amado  amigo 
R»  P,  F.  Vicente  Victoria^  franciscano  de 
su  misma  provincia,  y  actualmente  Custodio 
de  Rioverde, 


XXXVI. 

íio  pretendo  engañaí  al  piínlfct),  f  Se- 
guro: Qtie  eñ  lo  que  he  dicho  ñi  'sí^uí^- 
td   hay  exageración. 

Este  insigne  poeta  tan  favorecid(j 
de  las  musas,  este  hombre  tan  amable 
en  el  trato  de  la  sociedad,  termino  lá 
carrera  de  su  vida  hallándose  de  Guar- 
dian en  el  real  de  minas  de  Tlalpuja- 
hua.  Poco  tiempo  llevaba  de  residir  allí 
cuando  se  sintió  atacado  de  una  retención 
de  orina,  que  lejos  de  ceder  á  los 
remedios  que  se  le  aplicaron,  se  obsti- 
nó en  tales  términos,  que  fué  preciso 
administrarle  los  santos  sacramentos.  Ha- 
llándose en  esta  situación,  hizo  salir  de 
su  recámara  a  una  Señora  anciana  que  lo 
cuidaba,  llamada  Doña  Josefa  Silva^  con 
pretesto  de  enviarla  por  un  medicam.en- 
to;  y  aprovechándose  de  aquel  interva- 
lo, puso  fuego  á  sus  manuscritos.  ¡De 
cuantas  preciosidades  nos  privaria  este 
incendio!  En  él  se  sabe  que  perecieron 
treinta  Sonetos  dirigidos  á  Anarda.  Agra- 
vóse la  enfermedad  de  todo  punto,  y 
con  tal  rapidez,  que  en  el  cuarto  dia 
es])iró  NAVARRETE  á  las  once  y  me- 


XXXVII. 

dia  de  la  mañana.  Acaeció  su  muerte 
el  dia  19  de  julio  del  año  de  1809, 
á  los  cuarenta  y  un  años  de  su  edad. 
Fué  sepultado  su  cadaVer  al  siguiente  dia 
en  la  iglesia  del  mismo  convento.  Confieso 
que  me  faltan  espresiones  coa  que  signi- 
ficar lo    amargo   de   mi  pena ¡Lector! 

si  eres  sensible,  añade  aquí  una  lágri- 
ma á  las  muchas  que  entonces  derrama- 
ron   sus  parientes    y    amigos. 

Los  elogios  de  tan  recomendable 
varón  deberian  escribirse  por  un  Salus- 
tio,  o  un  Plutarco,  que  ensalzaran  del 
modo  debido  el  relevante  mérito  de  un 
AMERICANO  cuya  fama  pasará,  para 
honor  de  su  patria,  á  las  mas  remotas 
generaciones. 


ENTRETENIMIENTOS 
POÉTICOS. 


Qui  legis^    tuam  reprehendo  si  mea  laudas  om* 
nia^   estultitiami   si  nihil^   invidiam. 

OWEN. 

Tu  estulticia    reprehendo, 
lector^  si   en  todo    me  alabas; 
y    tu    envidia,    si    me    niegas 
en   parte    las    alabanzas. 


En    la    remisión   de    estas    poesías 

Á   FABIO. 

Como    en    triste  sepulcro 
en  un  estante  viejo, 
condenados   á    olvido 
yacian  mis    pobres   versos: 

Pero   á    la  voz    que    manda 
en  todo    lo   que    tengo, 
fueron    saliendo    todos 
ios   miserables   muertos. 
1 


2.T 

Dame   pena   el    mirarlos 
carcomidos    del    tiempo^ 
animándome    á    darles 
algún  semblante    bueno- 
Ya   les  quito,  les  pongo; 
y  al  jBn    de   todo  advierto^ 
que   en  vano   se    compone 
lo    que   de  suyo  es  feo. 
No    obstante.  Fahio,    al    modo 
de    anatómico  diestro, 
que    un    esqueleto    forma 
de   carcomidos  huesos: 
De    la   misma   manera 
por    solo   tus  preceptos, 
hice  este    como  Libro, 
de  mis  mohosos    versos. 
Hacerte   yo    quema 
un  ramillete  ameno, 
del    monte  de  las  musas^ 
con  floridos  conceptos: 
Pero,  ¡vanas    fatigas 
de   inútiles  deseos, 


3- 

si  Apolo   no   me   inflama 
con  su  divino   fuego! 

En  juveniles    años, 
y    alegres  pasatiempos, 
el    amor  fué  mi  mimen: 
¿cuales  serán    mis  versos? 

Pero  debo  advertirte, 

que  de  su    blando  plectro 
no    siempre  me    he    valido 
en    algún    propio    empeño. 

Las  mas  veces  instado  . 
de  la  amistad   y  el  ruego, 
en  ágenos  amores 
canté  agradables  metros. 

De  aquí  nace    la    especie 
de  nombres  tan  diversos, 
Filis^  Doris^  Clorila^ 
y  otros  mil  sobrepuestos. 

En  todoSj  ya  supongO;, 

por  todos  SUS   aspectos    ''"* 
la  falta  del  adorno,     -^'''\^^ 
y  también  del  ingenioJ  ^^ 


4. 

Pejro  tií,  bien  lo  sabes; 
el  alcázar   supremo 
de    las   ciencias    no   he  visto 
sino    muy    á    lo    lejos. 

Por   eso  rae   disfrazo 
en   simple  zagalejo, 
y  en  humildes  cabanas 
las  mas    veces   me   sueño. 

Por    eso    a  mis   muchachas 
por   los    campos  las    llevo, 
ya   tejiendo  guirnaldas, 
ya    guardando  corderos. 

Por    eso pero   basta 

de    por   esto  y  aquello: 
cada   cual  reproduce 
el    carácter  del  genio. 

Por   ultimo,    te    encargo, 
que  no   pongas  mis  versos 
donde  malignos  momos 
tal  vez  puedan  morderlos. 

Después  mas  que  descuides 
de  ratones   perversos^^ 


5- 

de  crueles   polillas, 

y  otros  animalejos. 
Aquellos  son  peores, 

porque   aunque  estos,  es  cierto, 

que  devoran  las  hojas; 

pero   el  honor  aquellos. 
Y  en  este    caso,    estaban 

mejor  mis  pobres  versos, 

como  en  triste  sepulcro, 

en  un  estante    viejo. 


6. 
PRÓLOGO 

INGElfnO. 

Dirá    quien  mis  versos  lea 
tal  vez    sin  ningún    primor; 
Vayase   el    rudo  pastor 

á    cantar   allá    á   su   aldea. 
Mas  para    cuando  así  sea^ 

desde  ahora  mi  musa  acuerda 

decirle,    pues  que   discuerda 

con   su  oido  mi  estilo  llano: 

Vaya   el   necio   ciudadano 

con   su  crítica   á   la   mí — 

ré — fá — sol — lá.  Esto   es   á   co* 

mer   con   música^    que   son   dos 

gustos  á    un   tiempo. 


7- 
LAS  FLORES  DE   CLORILJ 

DEDICADAS   Á     FILENO. 

PRÓLOGO, 


¿Quaeris  unde  mihi  toties  scrihantur  amores? 

¿Unde  meus  veniat  mollis  in  ore  Uber? 
Non  hoc  Caliope^  non  hoc  mihi  cantal  Apollo^ 

Ingenium  nobis  ipsa  puella  facit. 

PROPER.    lib.    2?  eleg.    i? 

Traducción   libre. 

¿Preguntarás  acaso ^ 

lector,  si  en  mis  acentos 
tienen  parte  los    dioses 
que  cuidan  de  los  versos? 

Respondo,  que  ninguna; 
sino  que  el    rostro  bello 
de  una  hermosa  muchacha 
ha    templado  mi  ingenio. 


8. 

Clorila,  sí,  Clorila 
la  pastora  que  quiero 
inflama   mis  versillos 
con  su  amoroso  fuego. 

¿Para  que  son    de    Apolo 
ins^pirantes  reflejos, 
si    me    influye    mas    suave 
la    luz  de  sus  ojuelos? 

¿Pues  que  si  de  sus  labios, 
de  sus    labios    risueños 


la   sonrisa  imagino?. 


Heliconas   no    quiero. 
Lejos    de    mí  el  Parnaso, 
que  ya    para  hacer   versos, 
sí,  lector  mió,    a  Clorila, 
á    Clorila  me    atengo. 

ODA      I? 

Los   versillos  sabrosos 
que  cantaba  a  Clorila, 
7>agala   del    ameno 
valle  de  las  olivas: 


9- 
Alegres  producciones 

fueron  de  aquellos   días, 

que  entre  gustos    se    pasan 

cual  sombras    fugitivas. 

Hoy  á  su  rudo  labio 
mi  musa    campesina 
los  vuelvcj,    acompañados 
de  su   avena  festiva. 

Escucha  pues.    Fileno,, 
en  dulces  cancioncillas, 
amores  inocentes 
d3    Silvio  y  su    Clorila. 

Como    en  un  ramillete 
advierte  en  esta  obrilla, 
las   mas   preciosas  flores 
que  los  tiempos  marchitan. 

¡Ay    edad    halagüeña! 
huyeron  tus  delicias, 
sin  dejarme  otros  frutos 
que    punzantes  espinas. 

Espinas^  ¡ay.    Fileno! 
que  en    la  restante  vida^ 

2 


I  o. 

el   corazón  me  pasan, 

y   el    contento  me   quitan. 

¡Ay  agradables  ratos, 
cuando  á  la  verde  orilla 
de  una  fuente   risueña 
estaba    con    Clorila! 

¡Cuando  á  la    fresca  sombra 
de    robustas  encinas, 
cantábamos  iguales 
mil    amorosas  dichas! 

¡Ay,  hermosa    muchacha: 
la  memoria  afligida 
esprime   por  los   ojos 
estas    tristes  reliquias! 

Como  quiera   que  sean 
estas   flores,  ó  espinas, 
á  tus  aras,  Fileno, 
mi  afecto  las  dedica. 

Allí  estarán  honrando 
nuestra  amistad   antigua, 
que  durará,  no  hay  duda, 
mas  allá   de   la  vida. 


II. 

ODA     2? 

Como  yo  ciu^ndo   canto 

del    pueblo   me   retiro 

al  silencioso  bosque 
de   cedros  y  de    pinos: 

O    á  la    orilla    agradable 
de    los    sonoros    rios: 
d  al  valle    donde  pacen 
mis   mansos  corderillos: 

Seguro  me  contemplo 
de   censores  malignos, 
que  por   las    propias    obras 
juzgan    ágenos   dichos. 

Heme  de  holgar  ahora 
con    algunos    versitos, 
que  á  Clorila   cantaba 
allá  cuando  era  niño. 
Sus  flores,  d   sus   gracias, 
que   todas  son    lo    mismo, 
cantar  quiero.  Tu  flauta 
me  presta,   ó   Cupidillo. 


12. 

Síj    Cupidillo  tierno, 

miiv    mole^  muy  blandito 
me   inspira,  que  no  me  oyen 
los  censores  malignos. 

Así   te  ofrezcan   dones  . 
Chipre,  Amatunta,  Gnido, 
todo  el  mundo:  ¿pues  donde 
no  te    hacen  sacrificios? 

Ni    el  joven  floreciente, 
ni   el   anciano  marchito, 
se  desdeñan  de   darte 
culto  no   merecido. 

A  los  ardientes  sopíos 

de  tu  madre,  yo   he    visto 
que  en   tus   aras   se    queman... 
rubor    rae  da  el  decirlo. 

Basta,  amor:  lo  que  importa 
es,   que    con  blando    estilo 
me  inspires,    que   no  me  oyen 
los   censores  malignos. 

Despierta  en   mi  memoria 
los  sabrosos   versillos, 


13- 
que  á   Clorila  cantaba 

allá  cuando    era   niño. 

Mas  de  modo,   que   siendo 

de  mi  Clorila  dignos, 

lo   sean  también  de    todos 

los   honestos  oídos. 

ODA     3? 

Por   la  margen  de  un  rio 
que  mansamente    corre^ 
la    zagala   Clorila 
cogiendo   estaba  flores. 

Una  le  pido,  y  ella 
tan  inocente    entonces, 
á   escoger  de   las    que    echa 
en  sus   faldas  me  pone. 

Su  confianza  respeto; 
mas  entre  tanto  didme 
palabra  de  ser  mia 
en    lícitos   amores, 

Paso    el   verano:    vino 
el  otoño;  y  conformes 


fueron    siempre  los  frutos 
á    sus    honestas  flores* 
Aprended,  zagalejas, 
y   vosotros  pastores, 
á    disfrutar  placeres, 
que  no  son  los   de  Dione. 

ODA    4? 

ün  grupo  delicioso, 
por  natural  milagro, 
de  entretegidas  flores 
formo   el   ameno  prado. 

Entróse  allí  Cupido 
á  descansar  un  rato, 
de  aquellas   travesuras 
agenas  de   un  muchacho. 

De    los    pequeños   hombros 
baja    el  carcax  dorado, 
y   en   el   florido   lecho 
se   entrega    al   sueño   blando. 

Como   otras  ocasiones 
salid  Clorila  al   campo. 


í5- 

á  engalanar  su  frente 

con  lo    mejor   del    mayo. 

Echa  mano  del  grupo, 
dcoide    dormido  acaso 
estaba  el    hijo  hermoso 
de    Venus  muy  amado. 

¡Quien    creyera!    ya   fuese 
por  voluntad  del    hado, 
ó    por   otra  cualquiera 
hechura    del    acaso: 

Entre    claveles   rojos, 
y  entre  jazmines  albos, 
no  sé   como^  enredóse 
el    diosezuelo   incauto. 

Las    alas  temblorosas 
bate    el    rapaz    cuitado, 
para    quedar  asido 
mas  y  mas  con   los   lazos. 

Admirada  Clorila, 

suspensa    estuvo  un   rato; 
pero  luego  entretege 
al  amor  con  los   ramos. 


i6. 

A   su    frente  lo  lleva, 
y   el   amor,    mas  ufano 
que  si    la  misma  Venus 
lo    pusiera    en    sus   brazos. 

Desde  allí  á    los  pastores 
que    coge   descuidados] 
les  dispara  sus  flechas, 
que   son  ardientes   rayos. 

Pues    yo,    que   á   tu  guií'nalda 
la   estoy    siempre   mirando, 
y  vengo  á  ser  por  esto 
de  amor   el   mismo  blanco: 

¿Como   tendré   este  pecho, 
Clorila?    Con   mil  dardos 
lo  siento:    sí,  Clorila, 
lo    siento  atravesado. 

¡Ay!    suelta   al  picarillo, 
y  á  la  alma    Venus  dalo, 
que  menos  que  en    tus    flores 
hará   en  su  seno  daños. 

¡Ay!   suéltalo,  Clorila, 
que  viejos  y  muchachos 


i7- 

se  quejan  en  la  aldea 
de   su  fogoso  estrago. 


ODA    5? 


Calle    la  fama    ahora 

de  Chipre,   y  no   me  diga 
que  sus  alegres    huertos 

ofrecen  mil    delicias. 

El  huerto  compendiado 
de    mi    bella  Clorila^ 
contiene   menos    flores; 
pero   de  mas  estima. 

Cuando    estoy    asaltado 
de  negra    hipocondría^ 
me    brinda    mil    placeres 
en   estas  flores   mismas. 

Claveles    en    sus   labios 
de    purpura    encendida^ 
en    sus  ojuelos  yedras, 
rosas  en    sus    mejillas. 


i8. 

¿Que  dioesj    Venus  blanda, 
del    huerto  de   Clorila? 
¿Son    así  d  se    parecen 
tus  chipriotas    delicias? 

¡Que    distancia   tan  grande, 
o'    Venus,   se  divisa 
entre   una3    y  otras  flores, 
aunque   tií   lo  resistas! 
,  AquelJUs  aparecen 
con  agudas  espinas; 
pero   estas,  aunque   gratas, 
son    de  honestas    delicias. 

Sí,    Venus:    y    te   juro 

que   á  pesar  de    tu  envidia, 
no  se    ajarán  las  flores 
de  mi  amada   Clorila. 


ODA    6? 


Con  otras   zagaleja?, 
un  dia   de  verano, 


^9- 

por    modo    de   paseo^ 

salió   Giorila    al  campo. 

Cuando  dabao  la    Vüeka, 
traían  en   las  manos 
hacecillos  curiosos, 
de  flores  matizados. 

Sobre   las   rubias    trenzas, 
que   el   aire    iba    soplando, 
se  ostentaban  las    rosas 
que    habían  entrelazado. 

Dispuso  la    fortuna 

que   yo  saliera  al  paso: 
Clorila     diome    luego 
un   muy   gracioso  ramo. 

Ramo    que  había    sido 
lisonja    del  olfato, 
émulo   de   los  otros, 
y    honor  ya   de    mi    mano. 

Algunos  pastorcillos 
que    supieron   el  caso, 
su  inocencia   y    mi  dicha 
gruñeron   y  ladraron. 


Mas  yo  digo    á    Clorila: 
¿cuando    vuelves  al  campo 
con  otras  zagalejas 
un   día  de    verano? 

ODA     7? 

Esas    que    los   zagales 
llamamos  chupa-rosas, 
tras    tu  guirnada   vuelan^ 
Clorilaj   á  todas    horas. 

Algunos   pastorcillos 
émulos    de   mí   gloría, 
andan   también  como    ellas 
al    olor  de  sus  rosas. 

A  todos    los  desprecia; 
porque   estos  y  las   otras, 
son    por  rumbos   opuestos 
hambrientas  chupa-rosas. 


21, 

ODA      8? 

De  su   guirnalda  mismas 
y  con  su  misma  mano, 
Clorila  en  mi    sombrero 
puso  el  mas    bello  ramo. 

Traía   acaso   entonces 
un   hermoso   durazno, 
agradable   primicia 
del   huerto  que   yo   labro. 

Díselo;   y   ella  luego 
lo    echo    en    su   seno  blando, 
en  .señal   cariñosa 
de  merecer   su   agrado. 

De  este  modo    Clorila 
advierte   que   su  mano 
no    cultiva  la  tierra 
de  algún    estéril  campo. 

No   faltó  quien  dijera, 
que    los  lances  trocamos; 
pero   si    bien  lo   dijo, 
no  lo  se,  ni  lo  indago. 


2». 

Solo  sé  que  en  mi  pecho 
sentí  un  placer  estraño; 
pero  tan  dulce  y  vivo 
que no   podré  esplicarlo. 

Por   esto  á   mi   Clorila 
le   digo  cada    rato: 
dame    flores,    Clorila. 
y   te    daré    duraznos. 

ODA    9? 

Sobre    la   blanda    yerba 
de    una  selva    florida, 
sus  párpados    al    sueño 
entregaba  Clorila. 

La   celestial    fragrancia 
de    su  cara    divina, 
un  enjambre  de  abejas 
convoca  á    toda  prisa. 

Cual   se  pega   á    los   labios, 
y  quien  á    las    mejillas, 
por   dar  á    sus  colmenas 
de  tan   sabroso   almíbar. 


Clorila  que    despierta: 
y  tantas  abejítas 
fueron    luego  despojo 
de  sus  divinas  iras. 

Á  vista    del  suceso, 
que    á   todos    intimida, 
en   rüscicas    zamponas 
no    hay  zagal    que   no  diga: 

Que    el    amor   liba   solo 
las  flores    de    Clorila; 
y  para    Silvio^    y    no   otro^ 
sus  panales  fabrica. 

ODA     I  o? 

En  pos  de  tu  guirnalda 
estoy,  Clorila,  viendo 
mil  simples  mariposas, 
mil  tiernos  zagalejos. 

¿Cual    es  mayor,  discurre 
por  contrarios  estremos, 
si    de  aquellas  lo  incauto,    " 
ó  la  malicia  de  estos? 


2  i. 

Si  respuesta    acertada 
me    dieres,   te    prometo 
mi   cabrito  manchado, 
que   aun  no    asom^a  los  cuernos. 


Ajar    las   tiernas  flores 
de    mi    dulce     zagala 
quieren    pastores    necios 
con   malicio^    instancia: 

Pero    aunque    ellos    parecen 
pajarracos    que  graznan, 
cuando  viles    no   ensucian 
las    flores  .  que     intentaban. 

Y05    como    centinela 
de    sus   flores    amadas, 
advierto    que    su   dueño 
con    recato   las   guarda. 

Y    al  instante  cogiendo 
la  honda  necesaria, 
á  los  pájaros  bobos 
les    tiro  esta  pediada. 


25- 

Aves   de   mal   agüero^ 
mil   veces   mal   os  haya; 
y    que  os  sean    como    espinas 
las  flores   de  mi   amada. 

ODA       12? 

Un    sueño    misterioso, 
dulce    Clorila,    atiende, 
me    lleva    por    un    prado 
de    flores    muy   recientes. 

Hacer   una   guirnalda 
allí  se  me    previene, 
mas  ¡ay!    que  un  áspid    sale 
de    entre    el  florido  albergue. 

Grito,    corro;    y  el   susto 
del   letargo    me    vuelve: 
y   ya  despierto,    acaso 
será  bien   que  te  ruegue: 

Que    no    me    des   motivo 
jamas  porque  me    queje 
de   los   sueños^  que  pintan 
entre  flores  serpientes. 
3 


20. 

'ó' 

Vn   ramíllo    de    flores 

lleva    en    su    peclio    blanco 

la    zagala  que  adoro, 

muchacha   de    quince    años. 
Al    olor    que  despiden 

las  joyuelas   del    mayo, 

siguenla   los    pastores 

que    encuentra    por  el  campo. 
Cercanía    como   avej^is, 

pero,    vamos   al  caso, 

todos  íiuelen    las    flores; 

mas    nadie    lleva    el   ram©^ 
Yo,    que   detras  de    todos 

me  divierto    mirando, 

al    enjambre    inespeito 

este     versillo    canto: 
Apartaos^   zagalejos^ 

Clorila    me    ha  contado^ 

que    á    sus  flores    no   llegan 

in  sol  entes    muchachos. 


27 
ODA       1 4? 

Como   nunca  de  hermosa 
la   zagala  Cloriía 
se     presenta    á   mis    ojos 
haciendo   florecitas. 

Ya   construye   una    rosa 
que    emula    sus    mejillas: 
ya    una  blanca    azucena 
que    su   candor     imita. 

Ya    un    clavel    cuyas    hojaSj, 
seg^un    SU  roja   tiutaj 
parece   que   salieron 
de  sus   labios  teñidas. 

El    azul    de    sus    ojcs 

en    una   yedra    tira 

Yo   creo   que  mi    zagala 
se    retrata   á   sí  misma. 

Así  que    ha    comple!adD 
su    producción   florida, 
de   su  rubia    madeja 
se    desata    una    cinta. 


28. 

Una   guirnalda    teje, 

y    con    su    mano    misma 
cine    mi  alegre  frente, 
por   coronar  mis  dichas. 

En  la    estación   risueña 
no  sale  á    las    campiñas 
mas    galán  el   verano 
á    espensas   de  su   ninfa, 

Como    yo,    zagalejos, 
me   presento    á   la    vista 
de    toda    la  cabana, 
por   mi  amada    Clorila. 

Ayudadme,    pastores, 
á   celebrar  mis  dichas, 
y    al    son    de    nuestras   flautas 
conmigo  todos  digan; 

¡Ay   zagaleja    hermosal 
tu  Silvio    te    suplica^ 
que    con    tus   bellas  flores 
otra  frente   no  ciñas. 


«9. 

ODA      15? 

ün   niño    pequeñuelo 
con  inocente   mano 
jugaba  con   las  flores 
de    un  delicioso   prado: 

Así    se  divertía, 

y  con    gorgeos   blandos 
engañaba  del    tiempo 
algunos    tristes   ratos. 

Mas   ¡ay!  furiosos    vientos 
que  corren   desatados, 
deshojando  las   flores 
lo   privan    de    su   encanto. 

Llora    el  niño y   entonces 

viendo  que  es  un  retrato 
dé  amor,  delicia,  ofensa, 
todo  lo   que   ha   pasado: 

Te    ruego^    mi    Clorila^ 

que   de  algún  fiero    agravio 

no  deshojadas  sean 

las  flores    que   yo   canto. 


30- 

ODA       I 6? 

Auséntase  Clorila, 

y  en   este  mismo   instante 
que    es  de    todas  mis  dichas 
el   triste   ultimo    vale: 

Mi  corazón,    si   puedo 

de  este   modo   espliceinne,     ' 
como   el  campo  se    queda 
cuando   el   verano  sale. 

A  DioSy  digo,    Clorila: 
y  pues    contigo  parten 
las  flores    que    conmigo 
no  permiten   quedarse: 

Te  pido    las    defiendas 
del  invierno   cjue    sahes^ 
no    con  un  torpe  yelo 
vayan    á    marchitarse. 

Ella  me    lo    asegura 
con  aquellos    modales, 
que  su    dulce  inocencia, 
tiene   para  t^os  lances. 


51- 

Y  mientras  que  no  vuelva» 

las   flores   de  mi  amante^ 
estése  mi  cañuela 
pendiente  de    eí^te  sauce. 

Y  el   hijuelo  de   Venus 
que   dictó   estos  cantares^ 
la  mas  amarga  ausencia 
4  llorar   me    acompaííe. 


33- 
LJ   INOCENCIA. 


DEDICADA 

J  LA  ARCADIA    MEXICANA.  (  i  ) 


DEDICATORIA. 

¿Con    qué    podrá  mi  musa, 

ARCADIA      MEXICANA, 

darte    por  tanto  elogio 
las   mas  debidas  gracias? 


(  I  )  Hallándose  el  autor  de  misionero  en  la  villa  de 
S.  Antonio  de  Tula,  colonia  del  nuevo  Santander, 
en  el  año  de  1H07,  dedicó  las  diez  siguientes  Odas 
á  los  poetas  cuyas  producciones  saüan  entonces  en 
los  diarios  de  México:  á  quienes  habla  en  la  si- 
guiente Dedicatoria,  bajo  de  aí^ueilos  nombres  que 
ellos   daban  á  sus   versos,     E. 


34. 
¡Oh    tií,    Quebrara  amable, 
que   epj  producciones    tantas 
la  suave  esencia  quinta 
de  las  Piendes  sacas: 

Y  tu,  melifluo   Mopso^ 
que  de    tu  lira    blanda 
privaste   á   los  que   atentos 
sus  tonos    escuchaban. 

Y  tu,    fogoso   Arezi^ 

á  quien  la  edad    no  apaga 
con  sus    escarchas  frias 
de   amor  la  ardiente  llama. 

Y  tu,  que   tras   las  hijas 
del   gran  Júpiter  andas. 
Aplicado^    travieso 

en  las  discretas    chanzas. 
Y,   tu,  que   misterioso 

en  cuatro  letras    guardas  (  2  ) 


(2 )  J.   M.  R,    C.   Asi   se    firnaaba     uno    en    el 
diario.    £. 


35- 
un    nombre   que    merece 

lo  publique   la    fama. 
Y  tiíj   Can-azul  diestro, 

que    la   discordia  espantas, 

al  son   de    las  cañuelas 

que   te  dieron    las    gracias. 
Uribe   Deoquin todos 

los    que    en   el  diario   se   hallan., 

tejiéndole  á   mi    musa 

diferentes  guirnaldas: 
Con    ellas    ha   subido 

á   la    cumbre  elevada 

de   xipoloj   y  hoy  se   mira 

entre  las   nueve  hermanas. 
Allá   en  felice  vuelo 

de  vuestras  grandes  alas 

subid ¡milagros   todo$ 

de    vuestras    alabanzas! 
¿Con   qué    podrá,    pues,   ella 

coiTCspondéros  grata, 

sino  con  repetiros 

lo  mismo  que    os  agrada? 


36. 

Vosotros   lo  habéis  dicho; 
y    así  estas  Odas  vayan^ 
que    alaban  la  inocencia 
de  una    simple   muchacha» 

Ellas  son  5    en  algunas 
horas    desocupadas, 
á  manera  de  alivio 
de  mi  tristeza  amarga. 

Mi    musa  las   entona, 
y  estas   altas    montañas 
de  la  villa  de  Tula 
repiten  sus    tonadas. 

Los  pastores  en  ellas 

aprenden    como   se    ama; 
y    á   serles  siempre   íieles 
se   enseñan  sus   zagalas. 

Escuchadlas,   paslores 

de   la  moderna    Arcadia: 
escuchadlas   benignos, 
y  perdonad  sus  faltas* 


37- 


ODA      I? 


INTRODUCCIÓN. 


Cantar  de  la  inocencia 
los  amables  candores, 
será    el  mas    propio    asunto 
de  mi  campestre  albogue. 

Musa,    la    que  desdeñas 
á   los  sublimes   hombres, 
que   se    van    a  las    nubes 
en  sus  grandes   transportes: 

Y  que  solo  te  dignas 
animar   los  cantores, 
que  entonan   agradables 
sus    humildes    canciones. 

Tu,    que   á  mi  ruego  fácil 
por  estos  densos  bosques 
me  acompañas  algunas 
felices  ocasiones: 

Ahora  mas  que    nunca 
benigna  me  socorre, 


38. 
porque  de  la  inocencia 
quiero   cantar    loores. 
Loores,   que  soberbios 
allá   en   algunas    cortes, 
desprecian   los  que  ciegos 
su  objeto  no  conocen. 

Y  tu,    virtud   del   cielo: 
alma   inocencia:    acorre, 
vuela    y   dale   á   mi   musa 
tu   merced   y    favores. 

Preséntale   tu    imagen 

bajo    el   rostro    y   colores 
de   la  candida  Anarda, 
zagala    de   estos  montes. 

Y  haciendo  este  milagro, 
verás  los  vicios  torpes 
que    arrastrándose    huyen 

y  en  sus   cuevas   se  esconden. 
Verás  en    tus   altares 
las  mas  preciosas  flores 
que   brotan    los    afectos 
de   nuestros  corazones. 


Mientras    que    la  comarca 
te    llama   con    el    nombre 
de    la    diosa    que    influye 
en   los    castos  amores. 

Y  la  fama    alentando 
su    retorcido    bronce^ 
alegre    desparrama 
tus   gracias   por   el   orbe. 

Esto   baste,    inocencia: 
y    que    mi    musa   sopíe^ 
que  ya    mi  albogue  suenSp 
y  las   cabanas  le    oyen. 


ODA      2. 

JjA    zagaleja. 

Erase  en  estos   campos 
una  graciosa   nifía, 
que   nunca   vid    la   cara 
á   la  negra  nialicia. 


4o. 

Llevóla   su    inocencia 

de   acuerdo  con   mi    dicha, 
por   do    estaba   yo   en    vela 
de   mis    pobres   cabritas. 

En    sus   negros    ojuelos 

que    el  dulce    halago  habita;, 
y    en   sus    purpúreos   lábiois 
que    ^    bañan   de   risa. 

Se    asoma  milagrosa 
la    honestidad   sencilla, 
que   si   esperanza  alienta, 
también   temor   inspira. 

•Amor,    que   de    mi   pecho 
su    blanda   cuna    hacía, 
como    yo  la  mirase, 
despierta   á  toda  prisa: 

Y    luego   por    el   aire 
batiendo    sus  alitas, 
se  va    al   tierno    regazo 
de   la  silvestre   ninfa. 

Ella   teme   cobarde 

al    verlo   una   ascua  viva, 


41. 

y  de   su  seno  de   ámbar 
lo    arranca  y   precipita. 

Mas   luego   su  ternura, 

superior  á   lo   esquiva, 
*      del    suelo    lo  levanta, 
y  le   hace  mil  caricias. 

¿No  te  acuerdas,  Anarda, 
de    las  primeras    vistas 
que  tuvimos?  ¡Ay    tiempos 
de    nuestra   alegre   vida! 

Huyeron mas   dejando, 

sin   aguar  nuestras    dichas, 
mil  motivos   gloriosos 
de  inocentes  delicias. 

Porque    ellos    solamente 
lo  caduco   dominan; 
no  la    virtud,  que  el  alma 
sus    bienes  eterniza* 


4d. 

ODA     3? 
LA    SIMPLICIDAD^ 

Cuando   en   la  dulce   Anarda 

cual  por   vidrieras    veo 

aquella  su  agradable 

inocencia  del  pecho: 
Me  acuerdo    lo    que  sabios 

decian   nuestros  viejos 

á    todos  sus  muchachos 

en  pastoriles    versos. 
Al   son  de   sus  zamponas 

cantaban^    que   hubo   un   tiempo 

en   que  bajo    á    los  canxpos 

una  virtud   del   cielo. 
Los   hombres    que   al   mirarla 

nuda  y  de  rostro   bello, 

el   nombre  de   la    amable 

simplicidad   le    dieron. 
Y   que   amada  de    todos 
siempre   estaba  con   ellos, 
4 


48. 

en  sus    selvas  y    chozas, 
en    sus  mesas  y   lechos. 

Y    que   así  como   el   orbe 
se   anima    por  el  fuego; 
así  por  ella  todos 
los    humanales   pechos. 

PcrOj  que   vino  un   dia 
obscuro,   en  que   con    ceño 
doble   la    ^io  el    engaño, 
de   falsedad   cubierto: 

Que  asustóse;  y  turbada, 
dejando  nuestros  techos, 
se  fué  á  las  soledades 
de    los  incultos    cerros, 

A   vivir   con    la    humilde 
yerbecita  del   suelo, 
con    inocentes   aves, 
y    con   mansos  corderos. 

¡Oh  virtud^   que   en  mi  Anarda 
tienes   como   un   espejoi 
así  como   en  la  luna 
el   resplandor  febeo! 


44- 

Tií,   liberal  la   envías 
de   allá   desde   tan  lejos, 
tus   mercedes  y   gracias, 
que   ella   guarda  en   su    seno: 

Donde   yo   cariñoso 
y  rendido^   te   ofrezco^ 
como    en   ara    sagrada, 
mil  sacrificios  tiernos. 

ODA     4? 
LA     CORDERITA. 

Una   mansa    cordera 
tieile   la   dulce  Anarda, 
que    yo   la   di    obsequioso 
de  mi  corta  manada. 

Sonoros    cascabeles 

le    cuelga  en   la    garganta, 
y  un   penacho  le   forma 
de    cintas  coloradas. 

Erase    la  ovejita 

en  lá  verde   campañaj 


45- 

envidia    de   las    otras, 

y  hechizo  de  su  ama. 

Mas   ¡ay!   un  lobo    fiero 
que    en    la   noche  callada 
bajo,  cuando    yacia 
en  sueño   la  cabana: 

Del   hambre   que   le  roe 
el  corazón    y  entrañas 
agitado,    la   embiste, 
y   su  sangre   derrama. 

¿Do',   Pan,   estás  dormido? 
¿Por   qué  tu   ronca    flauta 
con   siete  horrendas  voces 
á    las  fieras  no  espanta? 

Y  no  que  Anarda  triste 
hoy  llora   por  tu  causa^ 
sin    admitir    consuelo, 
mil  lágrimas  amargas. 

Pero  tu  llanto  enjuga, 
tiemísima  zagala, 
que  si  la   oveja  ha   muerto 
aquí  tienes    mi  ahna. 


46. 

Mi  alma  que  te  quiere 
con  un  amor  sin  mancha, 
como   otra  corderita, 
que  te  traeré  mañana. 

Pero,   cuidado,   mira 

que  de   otros   montes  bajan 
otros  lobos,   hambrientos 
de    otras  corderas   mansas. 

Guárdate    siempre   de  ellos 

de   los  hombres  te  guarda, 
que  carnívoros    buscan 
á  las  simples   muchachas. 


ODA      5? 


EL     PREMIO. 

Pídenme   las  zagalas 
que    les   cante   la   bella 
perspectiva  que   forma 
la  alegre  primavera. 


47- 

El  caso    es   venturoso,    . 

pues  su  favor  me   empeñan 

Lesbia,    Lidia,   y   Anarda, 

con    mil   dulces  promesas. 
Rendime,   pues,   gozoso: 

rendime ¿Y    quien   pudiera 

no    rendirse  á    la   instancia 

de   tres   muchachas   tiernas? 
A  su  influjo    suave 

desatóse   la   vena, 

y   espacióse   mi   musa 

por  la   i3Íntada    selva, 
y    así   cantaba   el  como 

y   el   cuando    á  nuestras   tierras 

se  asomaba   la    diosa 

de  la  estación   risueña. 
Y   como    va    sembrando 

sus   flores   por    la   selva, 

que  por  cogerlas    corren     -^ 

las   lindas   zagalejas: 
Mientras    que   los    pastores 

con  blandas  cañucelas 


48. 
mil    amores   las  cantan 
y   sus   gracias   festejan; 

Con   otras    muchas   cosas 
que    llenaron    la  fiesta, 
y   que   aunque   no  son  malas^ 
pero   que    son   ya  viejas^ 
Cantaba:    y  luego    quita 
de   sus    doradas  hebras 
Lesbia   un  listón    moradoj^ 
y  lo  faja    á  mi  trenza» 

Al  dedo  pequeííito 
una   ebiírnea    fineza 
saca    Lidia,  y   al    mió 
lo   hace   entrar  á   fuerza. 

¿Que   hará   entonces    Anarda^ 
la   dulce  muchachuela^ 
que   mi    afecto   se    roba 
con   su   simple  inocencia? 

¿Que  hará,  entonces?   me   mira: 
y    la   cara    cubierta 
del   color    que    le  saca 
la  virginal  modestia; 


.49. 

Se  acerca  titubeando, 

y  una   blanca   azucena 

de  su   albo  pecho   arranca, 

y    la   pone  en  mi  diestra. 

Se   oye  al  pronto  un   zuzurro, 
como  el    que   las   avejas 
en  el   hueco  levantan 
de   la    obscura   colmena: 

Porque  muchos  zagales 

que  están    por  la    pradera, 

discurren como  todos, 

allá  con   sus  cabezaSé 

ünoSj  discretos   votan 
por   el    premio   de   Lesbia, 
y   otros  por  el  de   Lidia 
mil  razones   alegan. 

Yo   que  no  entro  en   disputas, 
huí  de  la  contienda; 
pero   dando   al    de  Anarda 
mi  amor   la  preferencia: 

Porque  en   él   contemplaba 
cifrada   su   inocencia, 


so- 
por la  que   en  estos  campos 

mis  versos  la  celebran. 

Por  elia,  mas    que  á  nadie, 

le  cantaré  la   bella 

perspectiva   que  forma 

la  alegre  primavera. 

ODA     6? 
LA    TORTOLITA. 

lia   tortolilla    tierna 
que    en   jaulita    curiosa 
de   mimbres    delicados 
tema    mi   pastora: 

La   que   huérfana    vino, 
por   suerte   venturosa, 
á   morar  en  su  seno, 
como  en   nido  de  aromas: 

La    misma    que    á    su    dueño 
en  apacibles   horas 
^u  inocencia  divierte, 
y  sus  delicias   forma: 


5í- 

*^^Esfa  mañana^    es  cierto^ 

de  la  frágil    custodia 

r   salióse,    dando    ál  viento 
sus   alas  voladoras. 

Salióse    cuando    en    lo   alto 
de   las   pajizas  chozas 
el   alcon  afilaba 
sus     uñas    trinchadoras. 

Este   la  sigue,    y   ella 
revolando    medrosa, 
huye;  y   por    todas   partes 
las    auras   leves   corta. 

Yo    entonces    preparab'a 
mis  flechas    cazadoras, 
con  que    sigo    á  los   Ciervos, 
los   Pardos,  y   las   Onzas: 

Y    con   certera   mano, 

y  en    nombre    de  la    diosa 
de    los    bosques,    disparo 
nna    jara    sonora. 

Silvd    el   aire:    y    al    punto 
en  presencia    de  todas 


5»- 

las  Napeas  que   iban 
en  séquito  de  Flora, 

Bajo   el  ave  rapante 

envuelta   en  sangre   roja^ 
y   la  tórtola  simple 
con    vida   milagrosa. 

Al   mirar   el   suceso, 
estaba  como   absorta 
Anarda,  y   yo  •  la  dije 
cantándola    esta   copla; 

Anarda^  ten   presente^ 
si    sales    de   tu    choza^ 
la  'malicia   del   mundo ^ 
tu   inocencia^   y   mi   honra. 


ODA    7? 


•EL     HIJO    DE    FE  ÑUS. 

Mirando    la  inocencia 

de  Anarda,  y  lo   sencillas 


53- 

que^  se  muestran  las   gíacias 
que  la   hacen  compañía: 

La  insolencia   presume 
temeraria  sus  dichas, 
en  el    culpable    goce 
de  fáciles  caricias. 

Pero,  ¡cuan  engañada! 
pues   mi   celo    la    avisa 
del  mal    en  que   tropiezan 
las    imprudentes  niñas. 

Por   esto,  aunque  inocente, 
de   las  flechas   se    libra 
que  amor,  hijo   de   Venus, 
le  dispara  encendidas. 

Burlado   este   muchacho, 
emboscábase   un  dia, 
cual    cazador    que   acecha 
incautas    liebrecillas. 

Y   oculto   entre   las   ramas 
de    sus    cautelas  fia 
el   triunfo  á  que   aspiraba 
de  la  inocencia  misma. 


54. 

Como  otras  ocasiones 

tras    sus   corderas  iba^ 
buscando   frescas   sombras 

mi   Anarda   simplecilla: 
Saco   la  cara   entonces 

amor,  y  la  convida 

con  sabrosas  ciruelas, 

que    allí  cortado   había. 
Cuando    ella    advierte    el   riesgo 
.  de  las  redes  que    pisa, 

llama   á  su   honor,   que  acaso 

ya  en  su  zagal  venia. 
Libróse:    y  aquí   es   cuando 

dobladas    las  rodillas, 

el  diosezuelo  astuto 

de   la   chipriota   isla, 
Mirando   á    todas    partes, 

y  juntas  sus   manitas,  • 

mil  puchericos  forma 

que  á  mí   me  hacen  cosquillas. 
Y  llamando   á  los  Faunos 

de  aquellas  serranías, 


55* 
como  testigos  fieles, 

su   amparo    les    suplica. 
Pero   al    fin   de   sus  votos^ 

y   plegaria    infinita^ 

mezclada  con    un  dulce 

torrente    de  mentiras. 
La   merecida   gala 

al    pronto   se   le    aplica 

que    se    da  á  los  muchachos 

por   sus    travesurillas. 
Las   ninfas    de    los    montes 

que    estaban    á  la    vista, 

riendo   á  carcajadas 

la    fiesta   solemnizan. 
y   Cupido  de    entonces 

á    mi    zagala  mira, 

como    gato    escaldado 
•    que    huye    del  agua   fria. 


5^. 

ODA     8? 
LA    FÜENTECILLA. 

En    el   ameno    soto 

do    suelo    entrarme    á   ratos¿> 
á    repasar    memorias 
de   mis   pueriles  años: 

Hay  un   ojito    alegre 

de  agua  pura^  manando 
el  humor  de  algún  rio 
que    corre    subterráneo. 

Jamas    se  le   avecinan 
ios    sedientos    ganados, 
porque   Driadas    verdes 
io  están   siempre   guardando. 

Al    mimen    del    silencio 
parece    consagrado; 
y    un  no    sé  qué    respira 
de    sueños  y    de   encantos* 

Alguno   de    estos   dias 
á  su  orilla   sentado. 


57- 
contemplaba   lo    limpio 

de   sus    cristales    claros. 

Su   linfa  transparente 

mis    ojos   penetrando, 

alcanzaba   la   vista 

los   pececillos   vagos, 

Y   las  pequeñas  guijas, 

que   allá  como    en    letargo 

hundidas  en   el    fondo 

se  advierten   descansando. 

Entonces    á   mi   dueño 

el   símil   apropiando, 

por  su   pecho    sencillo 

que  nada    me   ha  ocultado, 

Escribí  como  pude 

en   el  tronco  de   un  árbol, 

cedro    muy    corpulento, 

estos  versillos  cuatro. 

Anarda^   si    á   este   sitio 

te   tragere    el   acasOj 

en  esas   a^uas   mira 

tu  natural  retrato. 


5?- 

ODA     9? 
tA     VENUS     DE     CHIPRE. 

Vocinglera  la  fama 
cuenta  como   Cupido, 
burlado    por    Anarda, 
ú,    su    madre    lo    dijo. 

Y  como    allá    en   el  bosque, 
entre    espesos  lentiscos 

fué    castigado,    siendo 
tan    tierno   y  tan    bonito. 

Y  que    irritada    Venus 
rasgando  sus   vestidos, 

y    dando   al  suelo   muchos 
de   sus   lucientes  rizos: 

Tres,   cuatro y  muchas  veces 

con    llantos  y    con   gritos, 
juraba  la  venganza 
por    los  lagos   estigios. 

Y  que    subiendo    al   carro, 
y  dejando   los    ciprios 

5 


59- 
lares,    á  nuestras   tierras 

derecha    tomo    el    giro. 

Y  que  en  su    auxilio    vienen 

mil     flecheros    Cupidos, 

como    tordos    que   vagan 

tras    Ceres   por   los    trigos. 

lyias    ¿que   importa,   si   Anarda 

aunque    simple    ha  tenida 

para    todas    sus    huestes 

un     pecho  diamantino? 

El    caso    es    como  sueño; 

mas   en   verdad   yo  he  visto 

un   ejército   grande 

de    alegres    pastoreólos. 

Que    siguen   a   mi  Anarda 

por    los   valles   floridos: 

y    esto  encierra    misterios, 

y  encantoSr    y  prodigios. 

¿Pues  qué?   ¿no   pudo    Venus 

dar    allá    con  hechizos 

la    forma   de    zagales 

á  sus   amores    mismos? 


6o. 

Y   ¿para   qué  todo   csto^ 
tií^   la    reina  de   Gnido, 
y   de    Amatunta^   y    Páfos^ 
y  otros    pueblos    lascivos? 

¿Para    qué    tus    banderas, 
tu    poder   y   dominios, 
se   estienden   hasta  el    campo 
de    honestos     pastorcitos? 

¿Para    qué   tanta    guerra? 
¿para   qué    tantos   tiros 
preparas  a    una  joven 
de   un   pecho    el    mas   sencillo? 
•Pero:    ¿que    me    detengo, 
pastores,    en    deciros 
la   insolencia    de   muchos 
amores    atte vides? 

Una    lóbrega   noche 
cercaron    el   pajizo 
albergue   de    mi    Anarda, 
sus    ojos    ya    dormidos. 

Mas   luego    dispertando, 
y  dando   voces,   dijo: 


6i. 

AnfrisOy   acorre^    vuela ^ 

tu    honor    se   halla   en   peligro. 
Y   ellos,   como    ladrones 

al   trueno    fugitivos, 

con    su   madre   se   fueron 

de    vergüenza   corridos. 
Acompañadme    gratos, 

pastores    mis    amigos, 

y   cantemos   ufanos 

al    son    del    caramillo: 
\Victor\    \0h^    Víctor   grande, 

Anarda^    y    siempre   victor; 

que  aunque  simple  has  triunfado 

de   Venus   y    Cupidol 


ODA 

I  o? 

CONCLUSIOy. 

Todos    cantan 

materias 

según  sus 

facultades. 

ayudados   del   gusto 

y   primores 

del  arte. 

62. 

Y  así  cantan   felices 
los  rústicos    zagales, 
las    gracias    de  sus  dueños, 
en   que   atias    sobresalen, 

Fabio    canta   de   Mirla  5 
en    cítara    sonante, 
las   hechiceras    voces 
de    sus    dulces    cantares. 

Floridano,   de    Lisi 
las    figuras   que    sabe 
diestra    forínar   en  todos    . 
los  campesinos    bailes. 

Amin,    de   Aleja    lo    albo 
de   su    mano    tornátil , 
cuando    las    cuerdas    de    oro 
de   su  vihuela    tañe. 

También    de   su    Dorila 
los    ojuelos     vivaces 
canta  el  sabio  Fileno, 
en  metros  agradables. 
Nicandro,  de    Rosenda 
el   aliento  suave 


63. 

de    olorosos  claveles, 

cuando  la    boca   abre. 
Nemoroso,  de  Tírsa 
el  cuello,   comparable 
á    la  nieve,    que    adorna 
con    saltas   de     corales. 

Todos    cantan    discretos 

según  su  ingenio,  y  hacen 
de  este  modo  tí  sus  dueños 
sugetos  memorables. 

Yo  empero   cuitadillo, 
en    humilde    lenguaje 
canté   de   Ja   inocencia 
los   dones   singulares. 

Cántelos   como    pude, 

bajo    el  propio    semblante 
de  Anarda,   que   es  el   dueño 
que   por  suerte   me  cabe. 

Si   acerté    en   los   colores 
que   presentan  la    imagen 
de   la    virtud,    que  es   propia 
de     genios   cehstiahs^ 


^4. 

No  importa  que   tu    nombre 
se  quede    en   estos    valles, 
Anarda,    y   que   el   silencio 
para  siempre    lo  guarde. 

Toma  mi   albogue    humilde, 
y   en    aquel  árbol  grande 
que    hace   fresca    tu    choza, 
que    penda    en    adelante. 

Allí  estará  á   tus   ojos, 
sin  que  otro   amor    alabe, 
que    el  que  nace    de  un    pech« 
sencillo    y   como    de    ángel. 

¡Oh,   si    el   tiempo   quisiera 
los    respetos   guardarle 
que  hacen   vivir  por    siempre 
á     la    virtud    laudable! 

Ento'nces:   él    viviera, 
y  tu    blando    carácter 
aunque   simple,  seria 
ejemplo    cu     las    edades. 

¡Ay!    guárdente    los  cielos 
de  enemigos  falaces. 


65. 

y    tu  alba   frente    ciñan 
laureles  iomórtales.  (  3  ) 


(  3  )  Cuando  en  el  año  de  1807  pasaron  estas  diez 
editas  á  la  censura  del  Sr.  D,  José  Manuel  Sartorio 
para  que  se  imprimieran  en  nuestros  diarios,  comprendió 
tan  respetable  sábÍ3  todo  su  parecer  en  esta  cor- 
ta, pero  enérgica  csclamacion:  iQuien  puede  ne^at 
su  aprobatwn  a  estas  bellezas  tan  dignas  de  sa^ 
lir  al  fúblic(j\'=.S>'.rtoYÍo^ 

De  intento    no  he  querido  poner   esta    nota     has- 
ta el  fin  de   ellas,    porque   no    dudo    que    encantado 
ya  el  lector   con  su   hermosura,   esclamará    también: 
^<'Quien  te  pued^  negar  el  tributo  de  Ja    admiración, 

ó   dulcísimo  NATAKRETE.^     E. 


66. 
LA  MÚSICA 


Quoniam   coHvenimus    ambo 

Tu   calamos   inflare  levesy    e¿o   ditere   tíersus. 

TIRGIL.     EGLOG.      5*. 


Id,  mis  versitos  tiernos, 
á  la  presencia  augusta^ 
á  las  aras    divinas 
de    Celia^  deidad  dura. 

Id  á    sus   manos    albas, 
á   sus  manos  ebúrneas, 
gue    al  jazmin  hacen  negro, 
y  á  la  azucena   obscura. 


Aquellas  manos  sabias, 
que  diestramente  pulsan 
el  órgano    sonoro 
de  las  cantoras  musas. 

Besadlas:   ¡ayí  besadlas 
con  sumisión    profunda, 
á   nombre  del  que  os  manda 
á  tan  sagrada  altura. 

¡Ay!    venturosos  hados 

tengaisj   y   que  os   índuzcaa 
por  sus   muy  castos  ojos 
santo  amor  y  fe  pura. 


ODA 


Canten    otros  poetas 
de    su    objeto    amoroso 
claveles    por    mejillas^ 
y  luceros  por  ojos. 

Mientras  que   en   pequeñuelos 
dulces  versos  yo   entono 


68. 

la    música    suave 

de  la  niña  que  adoro. 

jOh!  préstame,    divino 
VALDES9   tu  laúd   de   oro: 
el    mismo    que    pudiera 
honrar   al   grande  Apolo. 

Comunícame    el  tierno 

aquel    muy    blando    soplo, 
que  fué   para    tus    versos 
como  un   vital  favonio. 

Así  tu    diva  Filis, 

con    recuerdos  gloriosos, 
enjugue    para    siempre 
tus    tan    fúnebres   lloros. 

Entonces    mis    versillos, 
con    son  mas  delicioso, 
que  plácido    murmullo 
de  pequen uelo   arroyo, 

Irán    á   los  oídos 

de    un    simulacro    hermoso, 
duro    á    mí,   como    blando 
i    musicales  tonos. 


69. 

¡Ay,    Celia!    ¡ingrata    Celia! 
acá  tomo  en  un  trono 
en  el    aliíia  te    miro^ 
y    humillado  te  ladoro. 


ODA    3? 


En  éxtasi  el  mas  dulce 
mi  alegre   fantasía 
del   célebre  Parnaso 
llevóme   hasta  la  cima. 

Entre  mil    caprichosas 
cuanto  agradables  ninfas, 
el   alma    me  arrebatan 
la  Música   y  Poesía, 

Estas  dos  bellas  artes, 
como   iRiARTE  decia, 
yo   las    vi   que  tocaban 
en    una    misma   lira. 

Y  Jove,  el    almo  padre 
de    tan   augustas  hijas, 
desde    su  solio    excelso 


70. 
luces   les  comunica, 

Al  paternal  influjo 
estrechamente   unidas, 
una   y   otra   abrazada 
sus  gracias   eternizan. 

Mutuos  sus  sacros  labios, 
las    rosadas    mejillas 
con   ósculos   se    alternan 
en    fraternal  caricia* 

Aquí  vuelvo    del    rapto, 
Celia    del    alma    mia, 
solicitando  el   goce 
de   tu    gracia   benigna: 

Y    que  los  dulces  versos 
de  mí  tierna   poesia 
los  llevara  á  sus  tonos 
tu    música  divina. 

¡Oh,  si   tal   sucediera! 
¿cuanto    mejor    sería 
la    realidad,    que  el  sueño 
de  la    imaginativa? 


71- 

ODA     4? 

¿Que  quieres,  amor   necio, 

si   en    pago  del  cariño 

que   á   Celia  ingrata  tienes, 

ya    su  rigor  has   visto? 
¡Oh,    mas   que    el    bronce    dura 

sí,    mas    que    el    bronce    mismo 

dura,    la  que    maltrata 

á    un    ternezuelo   niño! 
Así    esclamaba,   cuando 

en    mi   triste    retiro, 

dura    Celia,  contemplo 

tu    rigor    escesivo. 
Entonces,    sea    sueño 

que    me   cae     de    improviso, 

ó     fantástico   rapto, 

ó    amoroso    delirio, 
Vi    entrarse  por    la    puerta 

de    este   cuarto   que   habito 


72. 
dando   flébiles  ayes^ 

un   pequeño    infantillo. 
¿Que    tienes?  le  pregunto: 

dímelo   ¿andas    perdido? 

¿eres    huérfano   acaso? 

¡ay!    ¡pobre  muchachito! 
Ya    un   diluvio  de   llanto 

sus   tiernos  cachetitos 

inundaba ,   moviendo 

mi   ánimo   compasivo. 
Y   arrancando    del  alma 

un   blando    suspirillo, 

me  responde;    ^^papá^ 

papá^    yo  soy    tu   hijo, 
¡Ay!  que    ¿no    me    conoces? 

Yo  soy   tu   amor,  el   mismo 

que    en    Celia  rigorosa 

á  mamá  solicito. 
Porque   absorto  en   lifts   gracias 

de  sus  músicos    trinos, 

elevado  me  tiene 

con  sonatas  y   trios. 


73- 
Mas  ella     me    despacha 

en    busca   de  cariños, 

y   madre  que   me    envuelva 

á No    puedo  deciilo.  ^ 

Sí,  ya  te  entiendo  mi   alma, 
le   contesto:     ¡angelito! 
vente   á   mi   pecho,    vente 
á   tu   cuna,  á   tu  abrigo. 

Duénnete;    y  la  esperanza, 
consuelo    de   afligidos, 

que   te   mantenga calla: 

ten   paciencia,    hijo   mió. 


ODA     5? 

Discípula    de    Apolo: 

cuando   yo   te    contemplo 
divertida,  pulsando 
el   sonoro  instrumento: 

Cuando  en   raptos   del    alma 
miro    tus  albos  dedos. 


74. 

honrando  del    teclado 
los   marfiles   muy  tersos: 

Estaba  por  decirte 

que  como  en    grato    sueño 
escucho,    aunque  distante, 
los   acordes  acentos. 

Tu  música   agradable 
con    un   divino  fuego 
alienta,   sí,   no    hay  duda, 
alienta  mi    deseo. 

¡Ay,    Celia,   Celia    hermosa! 
con    sus   alas    soberbio 
sube   a    gozar    las   luces 
de    tu  elevado    cielo. 

Mas    ¡ay!   que  deslumhrado 
tan  loco  pensamiento, 
precipitado   baja; 
pero  en   amarte  ciego. 

Ciego  en    amarte  sigue, 

por  mas    que  tus    intentos 

castigos   le   preparen 

después  de    mil  tropiezos. 
6 


_   75- 
Este  es   amor   constante; 

mas    con    tan   dulce    objeto^ 

las    penas   se   hacen    glorias, 

favores    los    desprecios. 


ODA     6! 

JamáSj    ¡oh  cielo  santol 

la  tentación   tuviera 

de  amar  niñas    que   juntan 

á    la   sabias    lo    serias. 
Mi    voluntad,    medrosa 

en    esta    parte,    era 

virgen,  y  así    tenia 

su   algo    de  recoleta; 
Y   mi    amor,    cauto    niño, 

no   obstante    su    inocencia^ 

hecho    voto    tenia 

de    castidad    perpetua. 
Pero    ¡ay!    que.  al    contemplarte 

aunque  adusta,   discreta. 


76. 
todas    mis  precauciones 

las    echaste  por  tierra. 
Mas  nada   habías   perdido, 

si  por  la   contingencia 

tu  gracia,  Celia  hermosa, 

mi  amor  te   mereciera» 

Podías,    y    yo   lo    digo, 
corresponderle    tierna, 
siquiera    porque    hasta  ahora 
tu 'has  sido   la   primera. 

¡Oh,   Celia:    Celia    ingrata! 
¡ay!   a'mame   siquiera 
'porque  nunca   en    mi   vida 
quise  á    graves  ni  austeras. 

¡Oh,     como    te  cantara, 

y    al    compás    de   tus    cuerdas 
.  te  dijera    mil    dulces 
mil    cancioncillas   tiernas! 


ODA    7? 

¡Oh,  dichosos   mil    veces 
músicos   celebrados: 


ttí.  Pleyel   espresivo^ 
tú,    Háiden   soberano! 

¡Dichosos!  SÍ5    por    vuestras 
obras  de  ingenio   raro, 
qvie    acaso    la    hábil   Celia 
ahora  está    estudiando. 

Esto    03  hace,   no  hay    duda, 
aun    mas    afortunados: 
¿para   qué   mayor  gloria? 
¿para   qué    mejor   lauro? 

Yo  no  le  trocarla 
por   el   eterno  ramo 
que    en     su    dorada    frente 
ostenta    Apolo  ufanó. 

Vuestras   composiciones 
por   virtud,   d    milagro, 
hagan    su  alma   mas    dulce, 
y  su    genio  mas    blando. 

Susciten  en   su    pecho, 

en    su    pecho   mas    blanco 
que   la  candida  nieve, 
y  el  bruñido    alabastro, 


78. 

Aquellos    sentimientos 

divinos,   mas  que   huflaanos, 
que    presumen  de    tioraos, 
sin    desmentir    lo    castos. 

El  mismo    amor   ^e  ep.  éla. 
tiempo   ha    que    estoy  ^buscando, 
por  lisonja    á  lo    menos 
del    gusto    con  que  la   amo. 

ODA     8? 

Inconsolable  estaba 

el  niño    amorj    y    dicen 

que    á   su    madre    la   diosa 

así   le   llora  triste: 
59  ¡Ay,   madre!    no   sé   como, 

no    sé  como   decirte, 

que    Celia    inexorable 

no    quiere   recibirme. 
Esta   deidad   me   agravia, 

cuando    es   que   no   me  admite, 

porque   intereses  bajos 

son   mis   línicos  fines. 


79- 
¿Qué   dices^  madre,  de  eso? 

"     alma  madre,    ¿qué  dice3? 

pues   yo    ¿para    qué   quiero 

lost  dones    contentibles? 
Aunque  muchacho,   no    ando 

con    empeños    pueriles; 

ni   hago    el  trato   un  comercio 

que  me  desacredite. 
Yo  busco   los    halagos 

en    tonos  apacibles, 

como  niño  criada 

con    tus    tiernos  melindres, 
Estos   son  en   mis  pascuas 

en    mis  pascuas    felices 

mi  turrón  de    alicante^ 

y  también   mis    confites. 
¿Y    qué   cuando  se    llegan 

mis  cumple-años?    me   sirven^ 

sí,    los    dulces   halagos. 

de    muy   preciosos  diges.  ^' 
Entonces  Venus  blanda 

risueña  esque   le  dice: 


8o. 
5,  anda,    cuitado,  aprende  ^ 
las    chanzas  femeniles. 

y    á  la    deidad   que  nombras, 
y    en   gracias    me  compite, 
dile:   que  eres  muchacho 
digno  que    te    acaricien. 

Que  te  quiera,   que   te  ame, 
que    te    adore,  y   estime, 
que    á    su   seno   te    lleve, 
y  que    en    él  te    eternice. " 


ODA     9? 

A   ti.    Fama    gloriosa 
de    la    divina    Celia, 
que   sus  gracia   publicas 
con    cien  bocas  parleras: 

A   tí  que   le   das   todo 
un    cumulo  de  prendas, 
á  tí    me    quejo,    Fama, 
pues    tú  me    haces   quererla. 


8i. 

Si  es  tan  tierna    que   admite 
el  símil    de   la   cera^ 
cuando   dócil  se    ablanda 
á     la   llama  febea: 

¿Como  dura  resiste 

cual   diamantina    piedra^ 
al    fuego  de   un    amante, 
que    ansioso  la    desea? 

N09   Fama,  cuando  alabes 
tanta  beldad,   espresa, 
su   ingratitud,   cual   mancha 
de  toda  su  belleza. 

O    así  como  la  sombra 
al  claro  sol    opuesta, 
d  en  candida    mañana 
como    una   nube  negra. 

Y  tenga  Celia    ingrata 

el  nombre  de  discreta, 

y  de  hermosa,    y  de  sabia, 

y  otras  mil  cosas   buenas: 

Y  sobre  todas  cuantas 
te  tmsi€a   se  lleva 


82. 

alabanss^s  «ublimíés, 
publífquese   iftaestra; 

JPero    el  honor  mas  grande 
de  la  naturaleza, 
el  título  de  dulce^ 
no,  Fama,  no   lo  tenga: 

Hasta  qnte    á    mis    amores 
no   haya  dado  las  pruebas 
que    las   kyes  imponen 
de   ia   correspondencia. 


ODA       10. 

Estas    son,  ¡oh   sagrado,     • 
escelso,  sabio  mimen! 
1«8  sílabas  postr€«ras 
de  mis   versillos  dulces. 

Sí,  Apolo,    para  siempre 
de    ta   elevada  cumbre 
me  despido,    llorando 
ei  Tubor  que  me  cubre» 


83. 
Porque    dime,  ¿si   Celia 

como   un    empeño  iniítil 

había   de    leer  mis   versos^ 

por  qué  suave   le   influyes? 
¿Por  qué   su  alma    dispones 

con   todas  las  virtudes 

de  músicos  encantos, 

aunque    el    verso  no   escuche? 
La  música,   y  poesia, 

por  tus    hijas  las  tüve^ 

y    en    armónicos   lazos 

las  hiciste  insolubles. 
¡Ea!   vaya,  Apolo,    dile 

que    con  su   hermana   junte 

4   mi   poesia  tierna; 

por  mas  .que  la   repugne. 
Que  es   paternal  precepto, 

y   es  fuerza   se    ejecute, 

que    un  pmito  no  se   apárteu 

las    hijas  de  tu  numen. 
¡Oh,   si  tal  sucediera! 

yo  en    métricas   laudes. 


84. 
Stt  ch^e  elevaría 
á  esos  cielos    azules. 
Para  que   allí   brillara 
como   la  lira  ilustre 
del  milagroso .  Orféo, 
entre  las   claras  luces. 


ODA       11^ 

¿Conque    puedo  entregarme 
al    consuelo?   ¡dichosas 
de   amor  las  dulces  flecha^ 
que  cuentan  mil    victorias! 

Jja  mayor  fué  vencerte: 

,    sí,  Celia,    y  mas  que  todas 
al   amor  acredita 
de    fuerza    poderosa. 

Todo   el  amor   lo    vence; 
y    por  el   alma    toda 
se    me  entra   y  me  consume 
su   tea  abrasadora. 


«5- 

PerOj   ¡qué  dulce!  ¡ay,   Celia! 
¡ay,  Celia   muy  hermosa! 
¿la  sientes   tu?   pues   deja, 
deja    abrasarte    toda. 

jOh,  blandos  cupidillos! 
con    alas  vagorosas 
volad:   venid:   tejednos 
bellísimas    coronas. 

Quemad  indensos  suaves: 
esparcid  frescas  rosas: 
cantadnos  dulces  himnos 
con  gargantas  sonoras: 

Y  repetid  alegres 

de  amor    la    gran  victoria; 
si  Celia   con  su    clave ^ 
Fidelio  con  sus   odas. 


En  la  siguiente  composición  imitó  ve^ 
llámente  el  autor  á  D.  Juan  Melen- 
dez  Valdes,  en  la  Paloma  de  Filis.  ¡Gran 
privilegio  de  los  poetas:  transmitir  á  la 
posteridad  aun  las  mínimas  cosas  de  sus 
dueñosl     E. 


LA  POLLITA 

DE  CLORL 


Si  el    suave   pajarillo 

que   á  Lesbia  fué  embeleso 
dio    materia    á   catülo 
para  tonos  funestos: 

Y  si  VALDES  divino, 
inspirado    de   Febo, 
la  Paloma   de  Filis 
canto  en  graciosos    méttosí 

Favor,    d   blandas  musas, 
hoy  sea,   pues   os    lo   ruegOj 
la    Pollita    de    Clori, 
asunto  de   mÍ3  versos* 


87. 

ODA     2? 

En    el   dulce  regazó 
de  mi    Clori   halagüeña 
una    alegre   esperanza 
cumpliame  mil    promesas: 

Cuando  de  su  morada 
éntrase   por   la    puerta 
dando    llorosas   piadas 
mía    pollita  tierna. 

Del  cascarón  entonces 
había  salido  apenaSj 
porque    eran  sus   plumillas 
como    de    blanda    seda. 

Al   instante  mi  Clori 
á  su  falda  la  lleva, 
ya  en  su   seno    la  pone, 
ya   la     saca   y    la    besa* 

Tente,    Clori,    y  te    guarda 
de    prodigar  finezas, 
que  á  mí   se   deben   solo 
tus  espresiones  tiernas. 


88. 

ODA     3? 

Ya  en  el  seno  de  Clorí 
se  arrolla  su  pollita, 
y   al  calorcillo    blando 
se   queda  ya  dormida. 

¡Venturosa   poUuela, 
que   te   ves  soconida 
no    bajo    de   unas   alas 
de  plumas   mal   mullidas; 

Sino  en    el    mismo  seno 
de  Clorij  donde  anidan 
el    amor   delicado, 
las  gracias,    las   delicias! 

¿Qué  importa  que  los  hados 
te    hiciesen  peregrina, 
si    tu  suerte  otras  aves 
como  gloriosa,   envidian? 

Sigue,  sigue    en    el  seno 
do    gozas  mil  caricias, 
coi^   gusto  4e  tu   dueño, 
y  con  envidia  mia. 


ODA      4* 

;Qué  tiernos  tus  oficios, 
qué  graciosos,  qué  humanos, 
la  huérfana  pollita 
debe,  Clori,  á  tu   mano! 

Ya  de    arroz   le    presenta 
los  pequefiueíos   granos, 
o   ya  el  trigo  que  quiebras 
con  tus  dientitos   albos. 

No  sé    que   siento,  Clori. 
Tu  genio  es   ya  mas   blando, 
que    cuando    yo   gemia 
eq  busca   de  tu    agrado. 

Mí   tierno  amor  entonces 
tratabas   con  agravio^ 
no    obstante    que    te   hacia 
mil    dulces    agasajos. 

Pero,  si  ya  rae  quieres.*,... 
Glori,  ¿di    si  me    engaño? — 
No.—   Pues  á  Dios   memorias 
de   tiempos  ya  pasados. 
7 


90. 


ODA      5? 


De    Clori  la  pollita 

ha   cresido  ya    un   poco, 
de    suerte  que   ya    puede 
subírsele    liíiBta  el  hombro. 

Desde    allí  solicita 

abrigo  de  algún  modo^ 
entre  las  rubias  hebras 
de  su     madeja    de    oro. 

Tal    vez  alarga   el  cuello, 
y  sit  piquilío    corvo 
á    besar    se   dirige 
del  labio   el   clavel  rojo» 

El   aljófar   menudo 

de    sus  dientitos   cortos, 
pica;*   y  su  engaño  espresa 
allá   en    su    feble    tono. 
Vqto   ya   se   consuela 

con    néctar   mas    sabroso 
que  el  que  á   Júpiter   sirven 
fin   su  alto   consistorio. 


91- 

ODA     6? 

Cuando   al   hombro  te   subes 
de    mi  querido   dueño, 
parece  que    platican 
las   dos  algún   secreto. 

Ya   llegas  á  su  oído 
el   pico    vocinglero, 
y   ella    volviendo    el    rostro 
te    truena   un   dulce    beso. 

¿Le    llevas   por  ventura 
recado    de   algún   necio? 

¡Si    así   fuera! al   instante 

te   torciera  el    pescuezo. 

Y   en    el  caso,  ¿qué    dice? 
¿le  pagará  su    afecto? 

¿Olvidará   que  la    amo? 

Tu    callas..^...  yo    recelo. 

Dile,    dile  que    á  nadie 

mire  con   ojos  tierno^,^ 


92- 

que    su    afición    yo    solo, 

yo    solo    la   merezco. 
Dícelo:   así    los    dioses 

te  libren    de   a  Icón   fiero^ 

y   lo    que   es    mas,    gozando 

delicias    de  su  seno: 
Hasta    que   hayas    crecido, 

y    de   tus   miamos   huevos 

saques    unas   pollitas 

que    te     sirvan,  de    espejo. 


ODA    7? 


Los    luharcitos    negros 

que    en   su    carita     blanca 

tiene  mi  Clori  bella 

con   que    aumenta  su   gracia.. 
Con    blandos   piquetillos 

5u    polluela    le    halaga, 

como  que  solicita 

comérselos   incauta. 
Así    lo  he    presumido, 

porque    en  esta  mañana 


93- 
que  Clori    la    tenía 

*  calentanda  en    sif   falda, 

¥a  que   Glori    dormía, 
la    avecilla   itísensata 
al  mas  principal   de.  ellos 
da   muy    recia    picada. 

Abre   los    ojos    Clori, 
y    adolorida    palpa 
sobre    el   puntito    obscuro 
sangrienta    pincelada. 

En  esta  ocasión,  se  une 
al  marfil  de  su  cara, 
sobre  azabache  negro, 
roja  esmalte    de    grana. 

Que   á  su   mucha,  inocencia 
dé   la   polla    ipil   gracias; 
si   no,   asada  esta  noche 
yo   la   diera  la   gala, 

ODA   8? 

Pollita    afortjunada, 
.  ^ji^  guando    mas   crescas 


94- 
de   tí  se  prende  un  pollo 
que  te  haga   bien  la    rueda. 

Que  cuando    al    hombro    suba} 
de  mi    adorada    prenda, 
le    digas^    que    no    le   haga 
traición   a   mis    finezas. 

Dile^  que  si    tan  solo 
el  temof  de  la  ofensa 
es   agudo  cuchillo 
que  el  pecho  me    atraviesa: 

Cuando    de    un  duro   agravio 
ia  reahdad  sintiera, 
¿qué  seri^?    ¡Ay!  díle,    dile, 
dile  mil   cosas    de   estas. 

¡Ay!  dícelas.   pollita: 
asi    cuando  mas   Grescas 
de   tí  se   prende   un  pollo^ 
que    te    haga    bien    la  rueda. 

ODA      9? 

jQue   bello   raaridage, 

polluela,   hacexi  tus  plumw 


95- 
realzando  cada   día 

mas   y  mas   tu  hermosura! 

Sabia    naturaleza,  .  * 
en  dos   colores  junta 
cuanto  cabe  de   lindo 
en  las  pollas   mas    chulas. 

¡Qué  alba    se   me  presenta 
la   plumosa    pechuga, 
que  del    sol  á    los  rajaos 
como   nieve    relumbra! 

El  evano   se   visten 

las  alas    puntiagudas, 

y   en  lo    deñías    del  cuerpo 
los    dos  colores    luchan.  . 
Tal  vez    formar    pretenden 

de  jaspes  la   figura: 

tal   vez  una    llovisna^ 

de*  pringuitas   menudas. 

Vete,  vete  á    presencia 

de    Clori    que  te    influya, 

porque   a  sus   ojos    debes 

tu  hechicera  hermosura. 


0d« 


OPA      10? 


La   pollita   de    Clori, 

de   catarro    maligno 

se  ha   enfermado,  y    no  valen 

remedios  á   su  alivio. 
ha   plumilla    erizada^ 

lo  clavado   del  pico, 

los  soñolientos   ojos 

gon  de  su  muerte  indicioc 
jA}!    que  tierna  mi  Clori 

los    médicos   oficios 

hace  con   la  polluela 

imán  de   sus  cariños. 
Ya   con   aceite    la  unta, 

y  ya  la  abre  el  piquillo, 

instándola   á  que    pase 

algunos   bocaditos. 
Ya   en   su  amoroso  seno 

le   solicita  abrigo: 


97- 
y^„.^  pero  p^da   valq 
contra  su  mü  nocivo» 

Ya  ^1  estortQr  le  h4  entrada, 
succede  el  parasismo, 
y   su  vit4  aliento 
manda  á  los  aires  frioa. 

Y   pues   la  pena  pasa 
del    pobre  anímalito 
^  tí^   mi    Clori  tierna, 
¡mal  haya  el  romadizo! 

ODA       II? 

Sí  la  difunta  polla 
no  tien^  ya  remedio, 
tanta  copia  de  llanto 
¿para   qué  das    al  suelo? 

¿Para^quá  el. llanto  turbio 
enipaíía  unos   ojuelos 
tan  graciosos,  tan  lindos, 
tan  sin  límite  bellos? 

Ya  se  quedan  sia  rosa^ 
tus  cachetitos   tiernos, 


9*- 
como  prados  que  arrazaft 

algunos  an'oyuelos. 

lAy,   Clori!   que  se  eclipsan 
de  tu  gracioso  cielo 
dos  soles,    cujas  lumbres 
encendieron   mí  pecho 

Qué  ¿aun   lloras?  ¿Nada  valen 
de   tu  Silvio  los  ruegos?.... 
Sí,   Clori,   otro  semblante 
ya   se   te  va   poniendo. 

La   tormenta  ha   pasado: 
me  parece  que    veo 
del   cielo  con  la  lluvia 
bañado   el  rostro   bello. 

¿Conque   estas    consolada? 
Pues  déjame,  te  ruego, 
echar  mi  amante  braao 
sobre   tu  blanco    cuello. 

¡Qué  dulzura!   no  cabe 
en  mi  amoroso  pecho. 
Ahom  te  suplico 
con  todos  mis  afectos, 


99- 
Que   no  tengas  mas  pollas 
de  tan    subido  precio, 
que  cuesten  á   tus    ojos 
iágrimasj  y  á  mi  versos. 


ADVERTENCIA  DEL  EDITOR. 

Distribuyó  el  P.  Na^^arrctc  la  traducíon  siguiente  en 
cinco  QDAS^  evitando  así  ia  monotonía,  que  hubiera 
forzosamente  resultado  por  la  uniformidad  de  la  asonan 
'  cia,  colocándola  en  una  sola,  la  que  siendo  muy  larga,  no 
hubiera  podido  dejar  de  incomodar  al  oído  menos  deli- 
cado.  A  todaí  ellas  les  formó  su  remate  para  que 
quedasen  perfectas.  A  fin  de  que  estos  puedan  distin* 
guir^e  de  la  traiduccion^  van  colocados  etitre  estrellas* 


TRADUCCIÓN 

Bfi  unos  versos  de 

BN    CINCO    ODAS    ANACREÓNTICAS. 


ODA     I? 


¡Oh  niña!  mas   suave 
que  el  tierno  gazapillo, 
y  mas  que  el    conejuelo. 
que   está    recien   nacido. 

Mas  blanda  que  la  tela 
que  en   Cea  se  ha  tejido^ 
y   mas  que   tenue  pluma 
de   nuevos   anzarillos, 

¡Oh,  niña  bulliciosa, 

aun   mas  que  el   gorrioncillo 
cuando  vuela  en  verano 
por  los  ramos  floridos! 


A 


ÍOI. 

También  mas  juguetona 
que  peqüeñuelo  ardillo 
cuando   la   virgen  blanda 
le    da   en    su   seno   abrigo; 

¡Oh  niña,   muy    mas   dulce 
que   los   panales   mismos 
de   Hiblea,   y  que  de   azúcar 
Cándidos   fragmentillos! 

Mas   blanca  que   la  leché, 
y  también   mas  que  el  lirio, 
y  que    nieve  formando 
sus   primeros   armiños* 

¡Oh  niña !♦•.*..  *   pero   basta 
de  estos^  asonantillos: 
vengan  otros,  porque  esfta 
me  quiebran  ya  el  oído. 

Pero  vengan   con    tragos 
de  generoso  vino, 
que   los    brios  de    Baco  :. 
son  también  de  Cupido.  * 


102. 


No  puede    Lieo,   niña, 
remedar    tus  cabellos, 
ni  aquel    pastor   Anfriso^ 
por    amor  jornalero. 

Anfriso,  que  con    gracia, 
del  uno   al   otro  extremo, 
de   la   frente    le    bajan 
dorados    hilos    crespos. 

Los  que  con    nudos    de   oro^ 
aunque  se  hallan  sujetos, 
hacen   vagar  las  almas'    . 
de   cupidos   traviesos. 

Mil    anillos   se  forman 
que    con  .rocío    bello, 
y   con    olor  de   mirra 
se  llevan    los    afectos. 

jOh,  nina   muy  preciosa! 
cuyos  blandos  ojuelos^ 
son   teas,  luminosas 
del  interior  incendio. 


I03. 

Yo   no  puedo  mirarlos 
de   cerca  ni  de   lejos, 
porque   con  llama   oculta 
no  se  entren  en  mis  huesos* 

No,  no   parecen   ojos 
esos  Jas   ojos  bellos, 
sino  UamaSj   y  Uanias 
de   un  amoroso   fuego. 

Las  que   Venus   atiza 
con  soplo   lisonjero, 
y     mantiene   la  gracia 
de   tu  mirar  risueño. 

*   Dame,   dame   otra   taza; 
mas  gústala   primero, 
si  quieres  que  me  salga 
tu  retrato   perfecto.  * 


ODA     3? 

Tu  nariz   y  mejillas 
de  estilo  dulce  y   blando, 


io4* 

¿como  el   lirio   y  la  rosa 
Uamarélas   acaso? 

Tus  labidcitos  rojos, 
de   claveles    formados^ 
¿diré    que  resplandecen 
cual    coral   encarnado? 

¿Diré   que  margaritas 
son   tus   dientitos  blancos? 
Y   de    tu    lengua  dulce 
¿qué   seguiré   pintando? 


¿Qué  diré  del  oyuelo 
de  tu   barba,    torneado^ 
y    de    tu   blando   cuello 
como   la   nieve   blanco? 


105. 
¡Oh  qué    brazos  tan   dulces! 
¡oh    que  agradables    manosJ 
estas  son    de    la    aurora, 
si  de  Juno    los   brazos» 


Tus    pies,    que   me  parecen 
los    de   Tetis,  ¡qué   pasos 
tan  nobles!    ¡qué    posturas, 
ya   quietos,  ya  danzando! 

*  ¡Oh!  dame,   dame,  niña, 
dame,    dame   otro    vaso, 
y  que   siga    la   fiesta 
entre  Venus  y  Baco.    * 


ODA     4? 

¡Oh    niña!    ¡qué  agradables! 

¡qué   agudos!    ¡qué  jocosos 
8 


io6. 
^on   tus  chistes  freciienteSj 
con    gracia   y  con    adorno! 

¡Qué  dulces    consonancias 
las    de    tus  versos  todos, 
que    salen     de    tus    labios 
como  ámbar  oloroso! 

Ni   la    blanda  Talía, 

ni    el  mismo   sabio  Apolo, 
que  hacen    vuelvan    los    rios 
su    curso   presuroso: 

Que  ablandan   á  las   fieras, 
y   atraen   peñascos  broncos, 
igualan  á  lo    dulce 
de    tus  festivos    tonos. 

Todas   tus  cosas  tienen 
mil  hechiceros  modos: 
son  dulces,  son  alegres 
en    su    trato    amoroso. 

Tienen    mil  juguetillos 
venales   en  un    todo: 
tií   sola    en   tí   reúnes 
lo  decente    y   lo    hermoso. 


107. 

¡Oh,  poderosa  niña! 
tu  compostura  abono; 
mas    ¡ay!    para   agradarme 
no    has  menester    adorno. 

^  Echa  vino,    muchacha, 

que   aunque    ya    estoy   beodo^ 

quiero quiero  mas  tragos, 

quiero   morir    á    sorbos.  ^' 


¿Qué  dios    no    te    me   envidia? 

ni   ¿qué    valor   te    basta 

para  dejarme   ahora 

beUísima  muchacha? 
Mas,    ¿donde   te   me    ausentag? 

¿a   donde  huyes,   ingrata^ 

alegrando    los   cielos 

con  tu  risueña  cara? 
Mi  placer,   mi   dulzura, 

mi    corazón,    mi  amada^ 


io8. 

mas  que   el    oro  y   las   piedras^ 

y   que    la  rica   grana. 
Mas  ¿que   digo   que  el    oro, 

que  piedras,  ni  que   grana? 

También    mas   que   mi    vida, 

muchachita   del    alma. 
Haz    memoria,    te    ruego, 

haz   memoria  y   repasa^ 

el     amor    halagüeño, 

y  sus    cadenas  blandas: 
Desde    la   edad  mas  tierna 

á    mí  y  á    tí    nos  atan 

mas    ¡ay!  riendo  Venus, 

se  burla    de    mis    ansias. 
*  La  postrer   copa    quiero: 

¡ay!     dámela,   muchacha 

¿Ya  ni  esto   me  concedes? 

pues,  vete   enhoramala.  ^ 
lí 


log. 

ODAS 

á  diversos  asuntos. 


ODA      I? 


De  '  Dorofila. 

Que   en  mediecítos  nuevos 
yo  diera    á   Doroíila 
diez   pesos,   era    fuerza 
de   la  imaginativa. 

Pero   ¿quien  pone  duda? 
pues  los   labios  de  risa 
no    son  como  los   serios 

r 

que  dicen  mil   mentiras. 
¿Conque    diez  pesos    fueron? 
¿y  en  medios   de  carita? 
¡oh   qué  prodigo    me  hacen 
las  muchachas   bonitas! 


lio. 

Y  que  ¿sin  otra  causa, 

que   por  sus   caras  lindas? 

pero  vaya,   si  es  fuerza 

de   la   imaginativa. 
¡Oh  cuantas  honras   me   hace 

la   bella   Dorofila! 

sin  duda   que  en    su  obsequio 

mi   deseo  adivina. 
Pues  vaya   recibiendo 

esta    graciosa  nina, 

no  tan  solo  diez  pesos, 

que  estas  son    raterías: 
Ciento,    mil,    un  millón, 

y  la    moneda  misma, 

mi  alma,  y   mi  vida,  y  toda 

en    medios  de  carita. 
¡Mas  ají!    mi   amor,  no  obstante 

que  entre  chanzas  se  esplica^ 

de  veras   á    sus  aras 

grato  se  sacrifica. 

Y  esto,    ni   yo,  ni  Fabio, 
ni  Dorofila  misma 


•II. 

podrá  decir  que  es  fuerza 
de  la  imaginativa. 


De   la   misma. 

Después  de    leer  los    versos 
de   una    discreta  niña  5 
me  acostaba  pensando 
¿qué   le   contestaría? 

Batid   el   mimen   del    sueño 
sus    alaSj    y    á    la  cima 
del    parnaso    arrebata 
mi   dócil    fantasía. 

Entre    la  sabia   turba 
de  las  canoras    ninfas, 
sobresale   en    el   canto 
una    beldad    divina. 

Pregunto   por   su  nombre; 
y  el   genio  de   la   risa 
que    inspira  en   aquel  monte 
las   canciones   festivas. 


11^. 

Abre  su    alegre  labio, 
cuyo  aliento  suaviza 
el    aire,  como    el  ámbar 
que   las    flores    respiran. 

Y  en  un  tono  brillante, 
cual  de  una  sinfonia, 

me    responde:    es  la  bella, 
la  musa   Dorofila. 

Desde  que  en  dulces   ocios 
esta   preciosa    niña 
entre  las  nueve   hermanas 
su  grata  voz    anima, 

Parece  que    con  nueva 
alegre    lozanía 
florecen  las    alturas 
de  esta  mansión   benigna. 

Y  Apolo el  mismo   Apolo 

de   sus   manos  confia 

su    cítara   de  oro. 
¿Quien  será  Dorofila? 
Yo  dije    entonces:   Vaya; 
pero  esas  gracias  mismas. 


si  amor  no  las  da  el   temple, 
no   lo  hará  bien  la   niña. 

Yo  le  canté  unos  versos 
de  amor,    como    por  trisca, 
versos  que  nada    tienen 
de  la   imaginativa. 

Mas  ella   se    hizo  sorda: 
y   mientras  la  Taha 
del   blando   amor  no  escuche, 
no  lo   hará    bien    la    niña, 

¡Ea!  vamos:    tií  que  puedes 
influirle    con  tu    risa, 
con    tu  risa  agradable 
en  mi  favor  mil   dichas: 

Tu  que   tan   bien    te  hermanas 
de  amor   con  las   caricias, 
y   cantas  como  á  düo 
en   acordes    capillas: 

Dile,  que    entone    amores, 
y    que   una  cancioncilla 
mis    afectos   la  deban, 
y  lo   hará   bien   la  niña. 


ti4f 

:  i  Entonces   despertando 

hallé   en   el  alma  mía 

un  retrato  muy    bello 

no  hay    duda,  de   ella    misma.. 
Ojos,  como  unos  soles, 

como  rosas,    mejillas, 

labios,   como  claveles: 

¡qué  hermosa  me   la  pintan! 
-  Viva,  pues,   en  mi    pecho: 

amor  la    haga    que   viva; 

aunque  diga  que  es  fuerza 

de  ardiente  fantasía. 
Esto  contesto   ahora 

que   el  blando  amor  me   inspira, 

después  de  leer  los  versos 

de  una  discreta  niña. 


S15. 

ODA      3? 

El    triunfo   del   amor, 

dirigida    al     autor   de    unos    versos  de 

nuestro  diario^  que  se    quejaba   de   la    ausen^ 

da   del   sueño^   causada    por  unos    celos    que 

le    daba    Anarda. 

Hiñe    tibi  cum   magna   laude  triumphus  eat. 


En    alas  de  la   noche, 
baja    del    alto   cielo, 
baja  tranquilo  y  suave, 
almo  numen  del   sueño. 

Y   al  lecho   del  amante, 
que  con  su  triste  ruego 
invoca   tus  favores, 
llega  con   paso  lento. 

Llega,  y    unge   piadoso 
'SUS  fatigados  miembros 


|i6. 
del  bálsamo   agradable 
que    refrigera    el    cuerpo. 

Preséntale  á    sus  ojos 
la  imagen  de  su  dueíío, 
la  imagen    cariñosa 
que    tuvo  en  otro   tiempo. 

Haz,  como  en    un  encanto, 
que   brote  su  albo   seno, 
convertidos  en  flores^ 
agradables   afectos 

Que  luego   la  fortuna 
los  vaya   recogiendo, 
y   trenze    una   guirnalda 
para  su    amante  tierno. 

Después,    que   al  coronarlo 
aparezca    el    dios  ciego 
en  su  triunfante  carro, 
y  á   sus  plantas   los    celos: 

Y  que  mil    cupidillos, 
volando*  por  el   viento, 

digan  victor y  alegre, 

Víctor^   responda  el  eco. 


117. 

Y  al  punto  despertando, 
el  corazón  contento, 
Anarda   le  realice 
lo  que    le  finja    el    sueño, 

Ea,  pues,  niímen   blando, 
al    poder   de   sus    versos 
en   alas  de    la    noche 
baja  del  alto  cielo. 


ODA     4? 

A  Fileno. 

Solo,  Fileno,    solo 
el   pastor   de    Dorila, 
de  la    escuela   de   amores 
sacó  grande    doctrina. 

Apenas  de    sus   ojos 

se    le   fueron  sus   dichas, 


fli8. 

cuando    lógico    infiere 
por   sus  penas    las   mias. 

Desata   el   triste   pecho, 
y  al   son    de    una   flautilla, 
cual    pájaro  que   llama 
á   su    ausente     avecita, 

Entre  los     muchos   ayes 
que    de    su    alma    salían, 
los   montes  repitieron 
estas    clausulas    mismas. 

rEsta   mañana    al    campo 
5?  salid    mi   bella  ninfa, 
9^á    tiempo    que    pudiera 
59  dar   á   la  aurora  envidia. 

59  Ya  la    noche   ha   llegado, 
59 y    aun    no   viene    Dorila..*^. 
59  anda,   Dorila,    corre, 
59  que   muero    sin   tu   vista. 

59  Dioses,    si   esta  es   la    pena, 
59  que    cruel   me    martiriza, 
59  ¿cual  será    la  que  siente 
59  Silvio  por   su  Clorila? 


^^Clorila  ha  muchos  tiempos 
99  que    dejo   estas   campiñas  ^ 
99  donde   Silvio    la   llama 
99  llorando    noche   y    dia.... 

99  Mas  Dorila   no   viene: 

99  dioses,   traedme    á    Dorila: 
99  y    á    Silvio    también    tráedle 
99  su    tan    deseada  ninfa. 

99  Venid5    bellas    muchachas^ 
9í  muchachas    tiernecitas^ 
99  que  no   sufren  los  que  amaa 
99  ausencias   tan   prolijas.'* 

Así  que   hubo   cantado, 
alterno   la   voz  mia: 
99  viva   el    zagal   Fileno 
99  al    lado    de  Dorila. 

99  Y   el   numencillo   tierno, 
99  amor,  que   así   le    inspira, 
9r>cele  que  no  le   paguen 
99  ofensas  por   caricias  • 

99  Antes    bien,    su    graciosa 
5^  y  hom*ada  pastorcita, 


f20., 

59  de  atrevidos   amantes 
09  siempre   se  burle   altiva.'' 


ODA     5? 


A  una  inconstancia. 

Suspende,    fuentesilla, 
tu    ligera    corriente, 
mientras   que    triste  lloro 
mis   ya    perdidos   bienes. 

¿Cuantas  veces,  estando 
en  tus    orillas   verdes, 
Lisi  me   aseguraba 
su  amor    hasta  la   muerte? 

Aquí    su  diestra  mano, 
mas   blanca    que    la    nieve, 
en  esta  arena  frágil 
escribid   muchas   veces: 


9í  Primero  ha  de  tornarle 
99  el   curso   de   esta   fuente, 
99  que  el  corazón   de  Lisi, 
99  que   á   su    Salicio  quiere. " 

Mas  tus  promesas,  Lisi, 
no   han  sido  menos   Ie\^es 
que   el    papel   que    escogias 
para  firmarlas  siempre. 

Las   letras    se   borraron 
por  los  soplos  mas  tenues 
del   viento,    y  tus  promesas 
por  lo   que  tú  quisieres. 

¡Ay  contentos  soñados 
de  prometidos   bienes! 
¡ay   inconstancia    propia 
de  fáciles  mugeres. 


S22. 


ODA      $? 


A  Lisi   cantando. 

Salid    la    hermosa    Lisi 
con    las  demás    zagalas 
á  cantar   dulcemente 
en  la    nupcial   cabana. 

Desata    el    suave  pecho, 

y   al    compás   de   sus   gracias 
con    angélicas    voces 
á    todas    aventaja. 

Su   enamorado   Alejo, 

que  está  á   corta   distancia, 

gustoso   la    dirige 

las  siguientes    palabras: 

5^  Así,    divina    Lisi, 
5^  haces  de   tu  garganta 
^un  órgano    viviente 
w  que  cautiva  las   almas,  " 


ODA     7? 

A  Clorila^ 
con  unas  frutitas   de  pasta» 

Estos  pequeños   dones 

que   la     industria   fabrica, 

son  frutitas  pintadas 
,  con  que  juegan  las  niñas. 
Por   lo   mismo  á   tus   aras, 

graciosa   muchachita, 

tu   amante    zagalejo 

hoy  te  las  sacrifica. 
Recíbelas  gustosa, 

que   aunque   engañan    la    vista, 

son    lisonja    del    gusto 

con   la  miel    que   destilan. 
Llévalas    á    tu    boca: 

á    tu   boca   de   almibar, 

donde    su   ser   acaben 

con   no    pequeña  dicha. 


«24^ 

Agua   se   me  está   haciendo 
la  boca,    mi  Clorila, 
contemplando  en  la  tuya 
las    pintadas   frutitas. 

¡Qué    besitos  tan  moles! 
¡Qué  blandas  mordiditas! 
A    la    verdad,   me    siento 
(¥>ñ    la    mas    dulce    envidia. 

¡Oh  si  fuesen   mis   labios 
há  *  pintadas   frutitas! 
trasformacion  que  pende 
de    solas  tus  caricias. 

¡Ay!    hazme    este  milagro, 
que   por  tu    boca  misma 
juro  traerte   otra   ofrenda 
de    pintadas  frutitas. 


ODA      8? 

A  unos  cabellos  de    Celia. 

Lucientes  hilos   de  oro, 

que    como    hermosos    rayos 
fuisteis   en    otro   tiempo 
del   sol    en   que   me  abraso. 

Ahora  por  efecto 

de   amor  atáis  mis   manos 
como  blandas    cadenas, 
d   como    dulces    lazos. 

Dejadme  una  y   mil    veces 
cual  cautivo    besaros, 
y  adoraros    rendido 
dichoso   amante  atado. 

¡Oh!   quiera    el   alto   cielo 
que    interminables     años 
duren    estas   prisiones, 
en  que   alegre  me  hallo. 


126. 

¡Oh   cortísima   vida 

para   un  amor  tan  largo! 
¡ay!    ámame,  mi  Celia, 
ámame,    como   te  amo. 


ODA    9? 


En  celebridad  de  unos  días. 

Este  don  pequeñuelo 

que   ofrezco  a  tus   altares 

es  prueba  de    mi  afecto 

y    de   mis   cortedades. 
Por    ofrenda  amorosa 

solo   puede  aceptarse, 

pues  mas  que  el    oro   (i)    aprecian 

el   amor  las   deidades. 


C  í  )  Se  alude   í  una  bujería  de  oro,     A. 


t2f; 

Recíbelo^   no  tenga 
amor   de  que   quejarse^ 
y    el   gusto   de   tu    dia 
se    le  vuelva     en   pesares. 

Entre  tanto,    los  cielos 
con   influjos   suaves 
en  el  abril   risueño 
que   hoy  junta  tus   edades, 

Hagan   luzcan    tus    prendas 
y   gracias    naturales, 
pimpollos    que    el    invierno 
de   la   vejez   no    dañe: 

¡Ay!    guárdente  los   cielos: 
¡ay!    para  mí   te  guarden; 
si   acaso  te    merece 
tu  mas  rendido  amante. 


't«8. 


ODA      10? 


El  día   de   Clara. 


Dando  vueltas  los  cielos,  llego  el  dia 
De   la   zagala  hermosa, 

A  quien   de  Clara  el  nombre  convenia. 
¡Oh   mil    veces  dichosa 
La  edad    que   la    merece, 

y   que  á  sus  blandas  luces  resplandece! 

Salve,   ninfa,    y    la   tierra    enternecida, 
Que    con  tus   plantas   huellas, 

Mil   guirnaldas   te   ofrezca  agradecida, 
Para  tus    sienes    bellas; 
Desparramando   olores 

A   la   que  es   como   reina  de  las  flores- 


Salve,  mil    veces,  y  el   alegre    coro 

De   voladoras  avésf 
Repitan  con  el   canto  mas   sonoro 

Mi  amor  y  metros  suaves; 

Saludando  á    la   aurora, 
En   la  que   es    por   sus   gracias   mi  señora. 

Salve,  vuelvo    á   decir,  y  á  mi   deseo 

Corresponde  constante 
En   los   amables   lazos   de    himeneo. 

¡Oh   venturoso   instante! 

Llega,  que  tu  alegría 
Me  hará  de  Clara  mas  glorioso  el  día. 


tSP- 


ODA     12* 


A   Clori  en    el   lecho* 


, — -<g:^í>. 


Deja   tu    lecho,  zagaleja   mia, 
Tu    dulce    lecho  do   en  quietud  reposa 
El   albo  cuerpo  como  suave  rosa^ 
Que   embalsama  la  fértil    pradería. 

Ya   que   empiezan   sus   varias   tonadillas 

Las  avecillas, 
Y    embia  el    cielo 
Su    luz    al    suelo, 
Tu    lecho     deja, 
Mí    zagaleja, 

Por   venir    á  coger   tempranas  flores 
Al  Jado  del  ^gal,    que  es  tus  amores. 


131. 

Sus  alas  agradables   manso   el  sueño 
Levante  de   tus  párpados  preciosos, 

Y  brillen  tus  ojuelos   luminosos 
Como   la   luz   del  dia  mas  risueño. 

Tu   boca   de   claveles    carmesies, 

O   de    alelíes 
Bosteze,    dando 
Aliento   blando: 
Así  la  rosa 
Muy   olorosa. 

Abre  su  copa  de    encendida    grana 
Al  despertar  con  risa  en  la  mañana. 

Tu   mano   me    darás,  que   la    floresta 
Te  aguarda  ansiosa,  desparciendo  olores, 

Y  una   turba   de.   pájaros  cantores 
Ofrece  a  tu  llegada  alegre  fiesta. 

Saldrán  del    rio   por  besar   tus  huellas 

Náyades    bellas. 
Napeas    hermosas. 


t3». 

*^- 
Tirando  rosas 
Irán  delante: 
Y   en  el   instante 

Que  llegues  al  umbral  del  bosque  denso 
Las  Dríadas  quemarán  sagrado  incienso. 

Mas   ¡ay,  mi  zagaleja!  ¿por  qué  tardas? 
¿Por  qué  tardas?  ¡ay!   dímelo.  ¿No  vienes? 
¿Por   qué  causa  enemiga  te    detienes? 
¿Mi  lado  no  te  ofrezco?  Pues  ¿qué  aguardas? 

¡Ay  zagaleja,    como  piedra,  dura 

A  mi    ternura! 
Ya  desespero: 
Saco   primero 
El  sol  su  cara, 
Que    me   alumbrara, 

Siquiera  para  alivio  á  mis   enojos, 
La  alegre   luz  de  tus   risueños  ojos. 


t3> 


ODA      13? 

EL  VERANO. 


¡Oh  que  alegre  estación   la  del   Verano, 
Que   brinda   flores    por  el   verde    llano!. 

Se  fué  el   invierno 
áspero    y  triste, 
sus    galas  viste 
el    campo   tierno: 

Los   mansos   vientos 
soplan   suaves, 
cantan  las  aves 
dulces  acentos: 


»34- 

Las  fuentecillas 
vienen    corriendo 
salen  riendo 
las    florecillas. 

¡Tierra   dichosa! 
si   á  tí   viniere 
Anarda,    y   viere 
tu   pompa  hermosa, 

Pon   en  su  frente 
ramo   vistoso, 
el   mas  gracioso, 
y    floreciente. 

¡Oh  si   viniera 
al    verde  llano! 
dulce   verano, 
la  persuadiera 
A  sentarse    en   la    alfombra   de    estas  flores 
Al    lado  del   zagal,    que  es    sus  amores. 


»35- 


ODA       1 4? 

EL   ESTÍO. 


De    doradas  espigas  coronado 
El   Estío  se  asoma  en  el  sembrado. 

Ya  se  preparan 
las  labradoras, 
haces  empuñan, 
1^  mieses  cortan. 

De  la  alma  Ceres 
que   el   campo   adora 
tiran  los  bueyes 
grandes   carrozas: 


§36. 

Alegre   eanta 
la   vega  toda^ 
salve  le   dice, 
con   voz  sonora» 


m 


-Trojes    se    llenan 
eras  se   colman, 
y  huyen  las    hambres 
de  nuestras   chozas. 

Anarda,    Anarda, 
bajo  estas   sombras 
á  Pan  le    deja 
tus  cabras  gordas 

Mientras   que    al    baile 
vamos  ahora 
de  la  cosecha: 
verás  que   gloria. 
Verás  los  ricos  granos  con    que  el  cielo 
Ha    socorrido    al    miserable   suelo. 


^37 


ODA       15, 

EL  OTOÑO. 


Mira,  Anarda,    al   Otoño,  que  cargado 
De  frutos  viene  á   nuestro   suelo  amado* 

Aquí,  te  sienta, 
zagala    mia, 
úó  alfombra   te   hacen 
las    yerbecitas. 

Mira,  ya    vienen 

las   gratas  ninfas, 

que  de   Pomona 

el    huerto  aliñan. 
10 


¡Cuan    aseadas 
j^c^  siíis    canastiíla3 
i  "f  colmadas  traen 
,  y^  dp    frutas   ricas! 

Uvas    ¡qué    gruesas! 
peras    ¡qué    lindas! 
mira    ¡qué    hermosas    . 
están  las  guindas! 

¡Eli!   ¡qué    manzanas 
tan  encendidas! 
y    ¡qué  naranjas 
tan   amarillas! 

Gustemos  ambos 
sabrosas  dichas, 
que    en   tantos  dones 
el   cielo   envía: 
Y  nuestra  voz  se   eleve  al  niíraeñ  í?anta^ 
Que   en  el   Otoño  nos  regala   tanto. 


^39^ 


©DA     I  b . 

EL   INFIERNO. 


Llega   del    año    la    estación  severaj, 
Y   de  la  tierra  toda   se  apodera. 

Nublado    el    cielo^ 
mudas  las  aves, 
ios  hielos   graves, 
y    mustio  el  suelo: 

Nuestro  ganado 
de  temor  lleno, 
busca    entre   el  heno 
su  abrigo   amado. 


1 4o. 

¡Que    poco,    Anarda, 
el  gusto   dura, 
pues  la   amargura 
tras   él    no   tarda! 

¿Do   están  las    flores 
de    primavera? 
¿do   la  ligera 
edad    de  amores? 

Nada   resiste 

la    ley   del    tiempo, 
ni  el   contratiempo 
del    hado  triste. 

¿Pues    qué  esperanza 

ahora  abrigamos, 

por   si    llegamos 

á    tal  mudanza? 
La   virtud   solamente,    Anarda  mia, 
Puede  valemos  en    la   vejez    fria. 


I4i. 

LETRILLA* 

A  los  amaritos  de   Liñ. 


Pues  la    bella  Lisi 
os   lleva    el  compás, 
tiernos    canarítos^ 
alegres  cantad: 

Cantad,  y  en  su  escuela 
os    aprovechad: 
¿donde  habréis    fortuna 
al    intento    igual? 

Su   albo    pecho   tiene 
voz   angelical, 
que  siempre    divierte; 
y  cansa  jamás. 

Ya   un  himno  le  diga 
al   ciego  rapaz, 
ya   zelos,  ya  ausencia 
se  ponga   a  cantar. 


i42. 
Ya  en   modulo  alegre 

de  fiesta    nupcial, 
ya  en    fiínebre  tono 
que  incite    á  llorar^ 

Como    quiera  suena 
su  voz   celestial, 
que  siempre   divierte; 
y  cansa    jamás. 

Cuando   á    la   jaulilla 
do    alegres    estáis 
cautivos,    se   acerca, 
y   lección   os  da, 

Otros   pajárillos 
quisieran    trocar 
por  prisión  tan   dulce 
toda    libertad. 

Y    así,    canarillos, 
alegres    cantad, 
pues  la   bella  Lisi 
os  lleva  el  compás. 


143* 

LETRILLA. 

A   Lesbia. 


Idj,    vercillos   dulces^ 
á  las   manos   albas 
de   la   nifía    Lesbia, 
que  gustosa  os  llama. 

Daros   cS  que    quiere 
tonadillas   blandas 
en   órgano   ebúrneo, 
tal  es  su  garganta. 

Cuando    esto  sucede 
entonces  habladla: 
decidla   que   tenga 
compasión  de  mi  alma. 

¿Y  si   esto  la    irrita? 
¡buena  va    la  danza! 
¿que  importa   que  os  eche 
muy   enhoramala? 


i44- 

Si  ella  fuera   prieta, 
coja,  tuerta,   d  manca; 
pero  si   es  bonita.... 
que  no    os  pese:    basta. 


Tres  juguetillos    á  Clorila. 

JUGÜETÍLLO    I? 


Arroyuelo, 
que   caminas 
á  la   aldea 
de  Clorila: 

Corre,  corre, 
dila,    dila, 
que  la  adora 
la  alma    mia. 

Esté    ahora 
en    su   orilla, 
tras  sus  I>1  ancas 
corderitas, 


145- 
O  cortando 

clavellinas 

con   las  otras^ 

pastorcitas, 

O    asomando 
sus    mejillas 
en   tus   aguas 
cristalinas: 

Corre,  corre, 
dila,    dila, 
que  la   adora 
la    alma  mia. 


JUGUETILLO    2? 


¡Ay  Clorila! 
tus   ojuelos 
son    imanen 
de  mi  afecto: 

Son  estrellas 
de  tu    cielo. 


146. 
que  me  envían 

dulce  fuego: 
Son    antorchas 

de  amor  tierno, 

que  se   ceban 

en    mi  pecho: 
Son   divinos 

tus    ojuelos: 

son    imanes 

de   mi    afecto. 
Si  están   tristes 

son   muy   tiernos; 

y    si  alegres 

muy  risueños: 
Si  se    enojan 

son   severos: 

si  acarician 

halagüeños. 
Son  graciosos: 

son    parleros: 

son    imanes 

de  mi  afecto. 


147- 


JÜGÜETIJLI/O    3? 


Mira,    Clorí, 

dos  amantes 

inocentes 

tiernas   aves: 
En   la  copa 

de  aquel    sauce 

mil  cariños 

ya    se    hacen. 
Con    piquillos 

muy    suaves 

ya   se  inclinan 

á   besarse. 
Mas   ¡ay,    Clori! 

que  esta    imagen 

á    los    ojos 

agradable. 
El    veneno 

nos   persuade 


148- 
con  instancias 
amigables. 

¡Ay!  huyamos 
de   este   valle, 
no  su    incendio 
nos   alcance: 

Y  en  nosotros 
sea  culpable 
la  inocencia 
de    hs   aves. 


De   esto,  Clori, 
no    se    hable, 
que   eres   niña, 
y    esto   baste. 

A   Dios,  Clori, 
que  la    tarde 
ya   me    obliga 
á  .  deiarte. 


149- 

CERTAMEN 

SOBRE   UN  LIMÓN, 

Para    que    eanteñ    las    niñas 
CELIA,  Y  LISL 


CELIA. 

Dame  el   limón  que    ha    sido 
del    dueño    que  amo, 
los  olores   son  suyos, 
mas    no  los  agrios. 

No  me   lo    niegues, 
pues  los  zelos   conoces 
de    las  mugeres. 


150. 

I/ISI. 

Alejo  el   zagal    mió 
lo    dio    á    mis  aras, 
como    holocausto    tierno 
de  toda  su   alma: 

Y  no  se    pueden 
enagenar   las   cosas 
del    que  se   quiere. 


CELIA. 

El    linion  fué  primero 
del    bien  que  estimo,    . 
y   aunque   el   uso  concedo, 
mas  no  el  dominio: 

Yo    sola  puedo 

dominar  en  las  cosas 
del  bien   que    quiero. 


151. 

lilSI. 

Toma  el   limón,  y  advierte 

que    es     amarillo, 

color   que    simboliza 

fatal    olvido: 
Cosas    lio    quiero 

que   olvidos  me    predigan 

del  dulce  Alejo, 


CELIA, 

Dácalo,    Lisi:  y  mira 

como  resalta  . 

entre  amarillo  de  oro^ 

verde   esperanza: 
¡Oh,  dulces  prendas, 

que  de   Fidelio   dicen 

tanta  firmeza! 


152. 

LAS     DOS. 

Celia   y  Lisi  tengamos 
de    amor  por  triunfo: 
tií,    el    uso  del   derecho, 
yo,    el   uso-fructo:  ^ 

Solo    amor  puede 
para   contiendas  tales 
darnos   sus  leyes. 


Varios    versos    boleros. 
I. 

No   pases  por  los  campos 
•     del   amor,   niña, 

porque  mas  que   las  rosas 

son  las  espinas:     • 
Espinas   crueles, 

que  punzan  en   el  alma 

de  quien   bien  <juiere. 


153- 
11. 

Siento  dentro   del  alma, 

cuando    te  miro, 

del  niño  mas   travieso 

saltos   y  brincos: 
Amor   te   tengo^ 

y    aunque  lo  pongo  en  juicio 

es    muy .  travieso. 


IIL 

ün  Cupídillo  tengo, 

que  sí   te  miro, 

al    instante  me  llora 

por  ir  contigo: 
Su   llanto  enjuga, 

y    de   tu    blando  pecho 

hazle   la  cuna. 


^/y^%^\.^^^ 


II 


154- 
IV. 

Dorados   alfileres 
Celia   me   ha  dado, 
y   me  afianza   con  ellos 
como   con    clavos: 

Mi  alma  los  sufre, 
como    suaves  arpones, 
d  flechas   dulces. 


V. 

Al   ceñirte   la    frente 

de   flores   varias, 

los  pájaros  alegres 

te    saludaban: 
No    de    otra  suerte 

que   al    alba   cuando    asoma 

por  el    oriente. 


155- 
VI. 

Alegranse    los    campos 

cuando    se    asoma 

al  balcón  del  oriente 

la    blanca  aurora: 
Así   se  alegran 

mis   ojos    cuando   asomas 

tu   cara    bella. 


A^>rf%.'V^i'W 


VIL 


Cuando    el    sol   con    su  manto 

la    noche   cubre, 

lloran  tristes    los   campos 

sus   bellas  luces: 
Del  mismo   modo 

lloro   cuando    se    ausentan 

tus    bellos  ojos. 


VIIL      ^ 

De    un   desden   se  quejaba 

el  amor   tierno; 

pero  hallo   en  tus   cariños 

dulce    remedio: 
¡Divina   mano 

la  de    Celia!   parece 

que  hace  milagros. 


^^V/V^V^VM 


IX. 

En   el  crisol   ardiente 
de    tus    enojos, 
mi    cariño    se    prueba 
cual    suele   el   oro: 

Propio    es  de    amantes 
apreciar  el   cariño 
por  los   quilates. 


'57- 

Un   amante    que   en   sueños 

tiene    sus  gozos, 

diga  qile  lo    mantienen 

consuelos    bobos: 
¡Triste   del   dueño 

que  me   sueña  en   sus  brazos! 

¡qué  verde    está  eso! 


fVX'W^í^ 


XL 


Cuando    creiome    Celia 

que   yo  la  amaba, 

tuvo  la  fantasía 

muy    inflamada: 
Como   la    novia 

que    sueña    estar   en    cinta, 

y  no   hay    tal   cosa. 


158. 
XII. 

Ciertos  amantes   rondan 
á    una  doncella: 
me   parece    una    rosa 
llena   de    avejas: 

Dentro  de  breve 

la    dejarán    marchita, 
como    hacen  siempre* 


XIII. 

A  Venus   se    ha   escapado 

su    hermoso   niño, 

y  de  hallazgo    tres    besos 

ha  prometido: 
Aquí    en    mi   pecho 

lo  hallarás,    Venus:  dame, 

dame    los    besos. 


'59- 
XIV. 

Entre   chanzas  me  tira 

amor    sus  flechas: 

si   tales  son   sus  chanzas 

reniego  de   ellas. 
Aparta,    aparta, 

porque   tus  chanzas,   niño, 

son    muy   pesadas. 


XV. 

Dame  flores    que    á    Venus 

se    le   dedican; 

pero  mira    no    tengan 

ninguna  espina. 
Milagro  fuera, 

cuando  siempre  han   estado 

de  espinas  llenas. 


1 6o. 
XVI. 

Cuando  miro  dos   niñas 

que    se   cortejan, 

me   parece  que   miro 

farsa   chinesca: 
Donde    las  sombras 

hacen  veces    de   amantes 

unas  con  otras. 

XVIL 


El  amor  me   halagaba 
como   por  trisca, 
me    halagaba    con  florea 
llenas    de    espinas: 

Y  desde  entonces, 

herido    de    sus   puntas^ 
ao  quiero  flores.        ^ 


i6í. 
XVIIL 

Enfermdsele    a  Venus 
de    ético  su   hijo; 
pero   mientras    mas  mama, 
mas    llora  el   chico: 

Venus    entonces 

le  dice;   mama,   mi  alma^ 
mama  y   no   llores. 


XIX. 

Cierta  niña   rodeada 

de   mil  cortejos, 

es   carne   en    garabato 

segura   de    ellos: 
Donde,    si     acaso 

la   huelen,   no   la    comen 

los   pobres  gatos. 


l62. 

XX. 

El  amor  disfrazada 

en  tierno   niño, 

pidióme  que   en    mi  pecho 

le   diera   abrigo: 
Luego    se   torna 

en   una   como    llama 

que   me    devora. 


XXI. 

Niña,    tu   flor   esconde 

de  amor  astuto, 

mira  que    tras  las   flores 

quiere    los  frutos: 
Y  con  el  tiempo 

ni   estos  le   satisfacen, 

que  es   mal  contento. 


163. 

XXIL 

Al  amor    ya    no  pintan 

de   ojos   vendados, 

carcax  sobre   los  hombros, 

flecha    en  las  manos: 
Ahora   lo   pintan 

ofreciendo   á   las  damas 

lazos  y  cintas. 


XXIIL 

La    miiger    me  parece, 

en  ocasiones, 

gato    que    en    casa    agena 

busca   ratones: 
Sin   otra   causa 

que   porque    á   nadie   gusta 

lo  de  su   casa. 


i64- 

CUARTETAS^ 

Retrato   de  Celia, 


Por   milagro  del  amor 

que    á  tu    beldad  me  sujeta, 
Celia   hermosa  5  ya  de  poeta 
me  he  transformado    en  pintón 

Copiaré^    pues,  tu    belleza 
en  cuanto   esté  de  mi  parte, 
consultando    mas    que  al   arte 
á    la  fiel    naturaleza. 

Lo   apacible  de    la   luna, 
cuando   sus  cóncavos   llena, 
para  tu   frente   serena 
es   cosa   muy   oportuna* 

Con    risueños    arreboles, 
y  coa  luz   graciosa  y  clara, 


165. 

en   el   cielo    de    tu    cara 
por   ojos  pinto   dos   soles. 

Pongo   en    tus  tiernas  mejillas, 
de    carmín    tirio    bafíadas, 
con  azucenas    mezcladas 
encendidas    maravillas. 

Tus    labios    como    rubies 

ya    dibujo;    aunque    contemplo 
que   hacen    mas  vivo    el   ejemplo 
los    claveles    carmesíes. 

Tu    cuello. mas   la    pintura 

dejo  aquí,  por  preguntarte 
¿como,  si  puedo  pintarte, 
no   conozco   tu   hermosura? 

Dame    respuesta:  y   yo    fiel 
en    tan    precioso   diseño, 
ejerceré,    dulce    dueño, 
lo  que   le  resta   al  pinceL 


í66. 

Continuación. 

Sigo  pintando   tu  hennosa 
imagen,    divino    dueño, 
por   ser   de    tu   gusto    empeño 
de   ocupación    tan   gloriosa. 

Ya    de  tu  cuello   reclama 
al   pincel    tanta    blancura, 
que  ponga    en   él    nieve    pura, 
donde   amor  temple  su   llama. 

El    mismo  amor,    si   reflejas, 
verás  que    cual   otro  Marte, 
arcos   y   flechas   reparte 
entre   pestañas  y    cejas. 

Recta  la  nariz   sutil 

defiende  á  tus   dulces  ojos 
de  no    medidos   arrojos, 
cual  muralla   de   marfil. 

Tus    manos,  cada    una   de   ellas, 
para    poder    figurarla, 


167. 
es  necesario   pintarla 
con    cinco   azucenas   bellas. 

Tu    pecho   lo   he  de   pintar 
templo,  en   que  los  corazones 
ofrecen    sus   libaciones 
de  amor   en  el    sacro    altar. 

Lo   que    me  falta    prometo; 
esto  es,  la   alma    del   retrato: 
la   pintaré   en    otro    rato 
que   lo  permita   su    objeto. 

Ahora   parece   que  no, 

porque  al   dar  honesto  un  beso 
á  imagen   tanta,   confieso 
que  no  sé  como   me  vid. 


Conclusión. 

A  la   imagen  corporal, 
que   retorico   el    pincel 
ha  trasladado    al    papel, 
se   sigue  la  espiritual. 


i68. 
Con  esta  noble  porción 

tu   retrato   concluiré, 

y  de    todo   sacaré 

motivos    de    adoración. 
De    Sil    infinito    tesoro 

pródiga   naturaleza 

dio   gracias  á   tu  belleza 

esmaltadas   de   decoro. 
Memoria    dio    á  tu    beldad, 

didla  un    claro  entendimiento, 

la   dio   un   blando    sentimiento 
.  en   su    tierna   voluntad. 
¡Oh,    cuan   grande   es  tu  hermosura 

con    tan  inmenso    caudal! 

¡oh    precioso    original, 

que  ha   copiado    mi    pintura! 
Bien,    d   mal  concluido  estás, 

¡ó  retrato!    por   espejo 

ve    á  mi   dueño,   aunque  reflejo 

lo    muy    deforme   que    vas. 
Mas    le    lleva   un  dulce    beso, 

y  otro,  y  otro,  y  ciento,  y  mil: 


169. 

|ay!  no   me  culpes  de   vil 
por    un   amoroso    esceso. 
¿Te   ofendo,    mi   dueño?  ¿di? 

¿te  hago  injuria?  ¿te  hago  agravio? 
¡ay!    sacrilego   mi   labio 
me  saca   fuera  de  mí. 


ít;^'^'> 


ROMANCE. 

Carta  amorosa. 

Regalado  Naramío 

tu  carta   recibí,   á   tiempo 
que   en  visita   ayer    estaba 
cierto  bicho   algo  travieso. 

Comuniquéle    su    asunto, 

con   todo   lo   mas  secreto 
12 


170. 
de  este  triste  coraiíonj 
do  cual   ídolo   te   tengo. 

Y  él,  como    á   las  musas   trata, 
que  en    amorosos   em}3eños 
son    oráculos  de  aman  Les, 
é   intérpretes  de  cortejos. 

Prometióme   invocaría 
á   todo  el    coro   noveno, 
para  responder   tu    carta 
en    estos  que  él    llama    versos: 

Conque   en    breve   instante    didmc 
la   fortuna   un  gran  sujeto, 
un    secretario   versista, 
6    lo  que  llaman    tercero. 

Impuesto   ya    en    el    asunto, 
dice    por  mí,    como   el   eco 
de    mi  voz,    cuantas  cosillas 
mi  boca  le  fué    diciendo; 

¡Ay    ausente    Naramío! 

¿qué    importa,    querido    dueño, 
que    el    destino    nos    separe 
con   mil   mundos  de   por  medio? 


171. 

¿Qué   importa,  si    nuestras  almas, 
con    vínculo    el    mas    estrecho 
unieron   á    par  ^de   amantes 
sus    recíprocos    afectos? 

En   vano    el    terrestre   globo 
se   opone   al   rayo    febeo, 
pues   en   la  luna   miramos 
sus   apacibles    reflejos: 

En   vano  pues  se   interpone 
la   ausencia,    cuando    contemplo 
en  mi    memoria    el   retrato 
del    sol    hermoso   que    quiero; 

y  dulcemente    inflamada 

con    mil  gloriosos   recuerdos, 
te    estoy    viendo   Naramío, 
acá    en    lo   mejor  del    pecho. 

Acá,    donde   arde   la    llama 

del   casto    amor    que  te   tengo; 
sagrada    llama   que    atiza 
la    esperanza  de  himeneo. 

Acá, pero    Naramío, 

¿qué  dices,    mi   bien?    ¿qué  es  esto? 


172. 

¿á  donde   me  lleva,   á  donde 
me    arrebata    mi    deseo? 

Desde  que  el  ciego  destino 
me  trajo  por  un  desierto 
á  esta  ciudad  de  Celaya, 
que    vo   nombro  mi   destierro: 

Desde   que   no  me  reclino 
en   esos  tus  brazos  tiernos: 
desde  que   no   te    hace   un   blando 
reclinatorio   mi    pecho: 

Desde    que   tu  voz   no    escucho, 
cual   la  .  de   grato    instrumento 
animado   al  suave  impulso 
de  algún    profesor   maestro: 

Desde   que  yo   no  te    arrollo, 
cual   á   un   albo    pichonzuelo 
la   candida   palomilla, 
haciéndote  mil    est remos: 

¡Ay!    no  sé  como  esplicarte 
las   congojas  que    te   ofrezco, 
los    suspiros    que    te   mando, 
las  lágrimas  que  te    vierto. 


173- 

¡Oh!  asi   paso    el  claro  día, 
y    cuando   el    nocturno    velo 
cubre    el    orbe,    y  los  mortales 
se  dan  al    triste    silencio, 

Entonces  crecen   mis  ansias, 
crece   entonces    mi    tormento, 
lev'antando   de   mis    ojos 
sus    blandas    alas  el  sueño. 

Tal  vez  entonces  te  miro 
en  un  fantástico  vuelo, 
haciéndome  mil  cariaos 
que   te   correspondo    luego. 

Tal  vez    que    de  mí   olvidado 
vas    en  pos  de    otros   luceros, 

y  que pero   luego  apago 

las   llamaradas    del    celo: 

Que   como   yo  no  te    olvido, 
por  un   imposible    tengo 
que  desprecies  mis  caricias 
por    halagos   de  otro  ducñ.o. 

Se  va  la   noche,   y  el  alba 
me  levanta  de   mi    lecho, 


174. 
dejando   en   él   las   reliquias 
de    mi    llanto,  que   es  eterno. 

Esta  es  mi     vida,    entretanto 
ausente    estoy    de   mi  cielo: 
¡Qué   distinta    á  la   que    tuve 
pendiente  de    tu   albo  cuello! 

¡Oh   gracioso  Naramío! 
correspdndele  su    afecto 

á  tu    Rosena   infelice 

¿qué  mas?  basta,  que  no  hay  tiempo. 

A  mas  de    que  el  secretario 
dice,   que  ya    suena    hueco 
el    órgano    de   su  musa, 
y   podrá   cascarse    presto: 

Pues   pulsada  cada  instante 
la  tecla   de  amor,   primero 
le  habian  de    faltar   las   flautas, 
que   á  las   mugeres   requiebros. 


«75- 

ROMANCE. 

A    los    dias     de    un    amizo^ 


Para  celebrar    los   días 

del    amigo    que   mas  quiero, 
préstame    tu   lira,    Apolo, 
y   díctame   hermosos    versos. 
Vamos^   comiénzame  á    dar 
una  luz  de   tanto    fuego; 
así  de    Daíii3   consigas 
de    tus   amores    el    premio. 
Qué   ¿no  lo    haces?   pues   permit^t 
Júpiter   que  en   el  Panéo 
para    tus    sienes   no   halles 
ni  siquiera   un    ramo  seco. 
De  esta   suerte,   amigo  mio^ 
habí©  coa   el    dio»  de  Delfoi^ 


17^. 
y   al  fin  de  todo,  no  valen 
ni  maldiciones,  ni   ruegos. 

Sin  duda    que  no  me   hallo, 
para  >el  caso  bien  dispuesto: 
esto  es.^    con    la    fantasia 
templada   al    uso   del  tiempo: 

Que  produjera  mil    flores, 
quemando   vanos    inciensos, 
y   ofreciera    en   tus   altares 
la  lisonja   y  fingimiento. 

Mas  ¿qué   importa,    dulce    amigo, 
el  que  Apolo  me  haga  gestos? 

¿sabes  tii  que  yo  te  estimo? '. 

pues  á  Dios,  que  todo  está  hecho. 


177- 

DESPEDIDA. 

Me  voy^   me   aparto^   me  ausentoi 
ya   te  lo  dice   mi  llanto: 
te  quedas^   lo  siento:  \ay  cuantoi 
]ay  cuanto^  mi  bien,  lo  sientol 


GLOSA. 

Me    salgo  fuera   de    mi 
al    reflexionar    llego 
el   día  en  que   el   hado   falW, 
que    me    apartase   de    tí: 

Mas    si   lo    dispuso    así, 

¿por    qué    resistirme    in'ento? 
¿no  hay  remedio?  pues   aliento, 
á  Dios,    á  Dios,    ahucí   mia, 
que    ya   de  tu   compafíia 
me  voy^  me  aparto^  me  ausento^ 


El   amor   en  tal  estrecho 
qué    hacer    confuso   no   sabe, 
y    el    dolor  apenas    calDe 
en     los  h'mites   del   pecho. 

Ejemplo    de    males,  hecho 
á  los  golpes  del  quebranto, 
siento  el   ausentarme   tanto 
de    tus  luces    refulgentes, 
cuanto  en    idiomas    corrientes 
^a   te    lo  dice  mi  llanto. 

Á  Dios....  mas  ¡ay!  ¡qué  tormento! 
de   nuevo    el    miedo    me  asalta: 
me  falta  el  valor,    me    falta 
para  ausentanne    el   aliento. 

CadaVer  vivo  me   siento: 

mas  ¿qué    mucho?  no   me   espanto, 

si    dejo  en  tí   gusto  tanto, 

tanto    bien   y  tanta    gloria, 

que  aunque    vas   en    mi    memoria, 

te   quedas:   lo   siento:    ¡ay  cuantol 


179- 

Pero  til  ¿que   lloras?  no 
eclipses   astros   tan   bello», 
que  no   es  justo  paguen  ellos 
lo   que  es  fuerza    sienta   yo; 

Mas   si  el   amor   nos  unid 
con  su  propio  ligamento, 
nuestro    duro   apartamiento 
es  bien  sientas    por   tu    parte, 
que  yo   también   el  dejarte 
\ay   cuanto^  mi  bien^  lo  sientol 


1 8o. 

BÍCIMA8. 

/  Fila 
en  el  campo,  ^i) 


Oye,   Filis,   lo   sonoro 
de    melodiosas   cadencias 
que    en  acordes   competencias 
trina   ya  el    volante   coro: 

Cada    pájaro   canoro 

parece  que   está    apostando, 

y   su  piquillo  variando 

va    con   tan   grato   primor, 

que    un   órgano   volador 

se    está    en  el    aire   escuchando. 

(  I.  )  Ki  ^'-'e  llegare  á  ieer  qsías  décimas,  tendrá 
mucho  de  que  reír;  pero  el  viejo  Góngora  me  las 
agradecerá.     No  es  malo  el  cocsuclo.     A. 


i8i. 

Mira  tantos  nacimientos 

de   arfoyuelos,  cuya    plata 

zuzurraiido    se    desata 

por    esos    valles   sedientos: 
Con    uniformes    acentos, 

y    compases   distribuidos, 

van  quedando    suspendidos 

de    sus    músicos    rumores, 

hasta   que  en   cama   de   flores 

se    quedan   como  dormidos. 

Mira   la    hermosa  arboleda 
de  verde   pompa  vestida, 
y   como    que    nos  convida 
á  pasear  por    su   alameda: 

Alegre   el   ánimo    queda 
respirando    la    frescura 
con   que   brinda    la    espesura 
de    los    árboles,  que    son, 
ya   un   toldo,  ya   un    pabellón 
á    tu  divina  hermosura. 


l82. 

Mira    cuantos    animales, 
en    cuyas    pintadas    pieles 
se    esmeraron   los    pinceles 
y    dibujos   naturales: 

Tras   de   ellos    van  los  zagales 
tañendo  y  cantando  amores: 
así   tienen   por   mejores 
su  liberl:ad,  su  cabana, 
que   aquel   fausto    que  acompaña 
á   las   ciudades     mayores. 

Mira    la    selva  vestida 

de    un   verde    que   por  los    ojos 
se   entra   a  quitar   los   enojos 
de  la  alma    mas   aflijida: 

En  ella  la   comalida 
oveja  puede  encontrar 
cuanto  tenga   que   desear: 
la    mesa  para    comer, 
el  campo  para  correr, 
lecho  para  descansar. 


183. 

¡Dichoso   yo,  que    á  tu  lado 
ando  el  campo  y  sus    florestas 
en   las    mañanas  y    siestas 
libre    de  todo   cuidado! 

Ahora  siéntate   en  el  prado, 
á   la  orilla  de  esta    fuente: 
aquí.    Filis,   mutuamente 
nos   haremos  mil  amores, 
y  con   guirnaldas    de    flores 
nos  ceñiremos  la  frente. 


1 84- 

r  DÉCIMAS. 

En  la    destriftcion 
de  unos  papeles    amatorios. 


¿De  qué  me    sin-e,    papeles, 
hijos    de   un    bastardo    amor, 
veros   con  tanto   favor, 
si  vosotros    sois    crueles? 

Ingratos  sois,   sois   infieles, 
heredando  el    ser  tiranos; 
mas  yo  haré   que   vuestros   vanos 
y  falsos   prometimientos 
sean  en   menudos  fragmentos 
el  despojo   de   mis   manos. 


i85- 

Confieso  fuisteis   amigos 
en   amorosos  cuidados; 
mas  ya  del   todo   volteados 
sois  tenaces  enemigos: 

De   mi   deshonra  testigos, 
vergüenza    me    da  teneros, 
pues  mirándome  severos, 
sin   que  el    corazón   resista, 
me  hacéis  gustar  por  la   vista 
los   acíbares   mas   fieros. 

Asi,    pues,  os  he   de  hacer 
pedazos,    porque    á   mis   ojos 
no   sois    mas  que   unos   despojos 
de   un    ingrato  proceder 

Mas  no    esto  solo  ha    de   ser: 
aun    mas  tenéis   que    sufrir...» 
al    fuego,  al  fuego  habéis  de   ir, 
que   pues   fuego    el  ser  os  dio, 
fuego   ha  de  ser,  y   no  yo, 
el    que  os  ha  de   consumir, 
13 


i86. 

Ya  ardéis,  y    al  punto  ¡que   horror! 

de  vuestras  llamas   las   lenguas 

al  padecer   tantas   menguas 

dicen  ser  fuego    de  amor: 
Cuyo   escaso   resplandor 

como  un   dia  viene   á  ser, 

con  que    yo  consigo  ver 

mi   oscuridad    disipada , 

y   que  en   breve  instante   es  nada 

el    amor   de  una   muger. 

Ceniza   os  contemplo   ya, 

y    aunque   tan  yerta   y  tan   fria, 

mañana,    d  en    otro  dia, 

tal    vez   resucitará: 
Mas  no,    que  el   viento  será 

vuestra    total   destniccion...,. 

en   alas    del    aquilón 

volad,  pues,   y    que    el   os   lleve 

á  cubriros   con   la  nieve 

de   la  mas    cruda  región. 


187. 

Y  mientras    de    mi  presencia 
su    furor  os  arrebata, 
la   memoria  que  os  combata 
con  golpes   de  la  esperiencia: 

Que   aun  en   tan   frágil    potencia 
teneros    no    es  permitido, 
y  es  remedio  conocido 
para  un    amoroso  daño, 
que    lo  lleve  el   desengaño 
al    sepulcro   del   olvido. 


1 88. 


DÉCIMAS. 


A  una  Señorita  que  cogió  la    mania 
de   pedir  versos  al  autor. 


¿Versos  quieres?   un  pie   está: 
no  tiene    el    segundo   pero: 
¡qué  fluido  salió   el    tercerol 
cata   una    cuarteta    ya. 

Este  es  el   quinto:    alia  va 
brincando  el    sesto:    ¿qué    tal? 
no   salid  el   séptimo   mal: 
este  es   el   octavo:   ahora 
sobre  el  nono   vé,    señora, 
una    décima    cabal. 


189. 

¿Quieres   otra  mejor  que   esta? 

¿y  de  qué  saldrá  mejor? 

¿quiéresla,    mi  bien,    de    amort 

sin   tí  no  se  hará   la    fiesta. 
¿De  zelosl  pero   me  cuesta 

muy  caro    este   mal  por    tí. 

Vaya  de   ausencia  ¡ay  de  mí! 

que    me  dá  tantos   enojos, 

porque   no   miro  tus    ojos: 

cata  otra  décima   aquí. 

Vaya    de  amor^   porque    toda 

el   alma    tó  sacrifica, 

cuando  entre  chanzas  te   esplica 

que  entre  veras    me   acomoda. 
Desde    luego  que  la    boda 

no   permitirá   tardanzas, 

si  á   las  dulces  esperanzas 

< 

propicia    correspondieras, 

haciéndose   amor  de    veras 

el  amor   que  anda  con  chanzas. 


1 90. 

En   fin,  cuando  el   verso  acabo, 
hallo   por  modos   diversos, 
que  es  muy  facíl    hacer   versos 
de    estos,  de  que  no  me  alabo. 

De  ser    tu   amoroso  esclavo 
sin  duda  me  alabaría: 
y   creo  te  parecería, 
si  no    me    engaño,    mejor 
el   acento   de  mi  amor, 
que  la  voz  de  mi    Talía, 


DÉCIMAS. 

A  mi   corazón. 

Corazón,    corazón,  di 

¿qué    sientes,  di,    corazón, 
que    con  recia  pulsación 
'^alirte   quieres  de  mí? 


Mas  ya  la   causa   advertí, 
y  creo  no  ser  desacierto, 
porque   quedando  yo  yerto 
de  una  pena   tan  tirana, 
tií   por  irte   con   Rosana 
salir   quieres    vivo   ó   muerto. 

Razón   tienes,   corazou, 

que   supuesto    ella    es   tu   dueño, 
procuras  el   desempeño 
de   tu   dulce  obligación: 

Ve  pues,    dile  la    ocasión 

tan    penosa   en   que  me    ves, 
y  te  encargo   que  después 
á  sus  pies  sirvas    de   peana, 
porque     es   justo   qnc    Rosana 
tal    peana   tenga   á   sus    pies. 


i9«. 

DÉCIMA. 

A  Lisi 
por   el  fuego  que   le  salió  á    la  boca. 


Ese  fuego  es  prueba  clara, 
que  ya  de  tu  amor  tenemos, 
¡ay  Lisi!   y   por   lo  que  vemos 
siempre  el  mal    sale  á  la  cara: 

Y  cuando   á   todos  declara 
de  tu  interior    la    pasión, 
se  convence   la   razón, 
con  atención   á   que  vale 
decir,   que   á  los  lábics  sale 
lo   que   está  en  el  corazón. 


DÉCIMA.     (l) 

A    unos    ojos. 


Cuando  mis  ojos  miraron 
de  tu  cielo   los   dos   soles, 
vieron   tales   arreboles 
que  sin  vista    se   quedaron: 

Mas  por   ciegos  no   dejaron 
de  seguir  por  sus  destellos, 
por  lo  que  duélete   de  ellos, 
que   aunque  te   causen  enojos, 
son  girasoles  mis  ojos 
de  tus  ojos   soles  bellos. 


(  I.  )  Esta  produccloncllla  fué  el    primer  gorgco 
de  mi   musa.     A. 


194- 

péciMA» 

En  una   ausencia^ 


Las   lífgrímas  que   encerráis 
¿para  cuando,    ojos,   queréis? 
Si   á   vuestra   Filis    no  veis, 
ojos,  ¿por   qué   no   lloráis? 

Mas   ya  el  descargo  me  dais 
formando   copiosos   ríos: 
lloradj    pues,  tantos  desvios, 
llorad    ausencias  fatales, 
llorad,  llorad   tantos  males, 
llorad,  llorad,   ojos  míos. 


195-  * 

DÉCIMAS» 

El  amor  Carmelita. 


Empeñado    en   la    hermosura 

de  Nise,    el  amor    un  día 

su   retrato    disponía 

en    retorica  pintura. 
Mudar   quiso    de   figura 

para   la  vez   de  pintor, 

y   por  singular  favor 

con  su   madre    solicita 

lo    transforme    en   Carmelita. 

¡Qué   lindo    que    está    el  amor! 

¿Conque  á    mas  de  niño,    loco? 
pues    si  se    viera   á  un  espejo, 
sin    tener   trazas  de  viejo 
él  mismo   se  hiciera  el   Coco: 


J96. 

Cuando  su  capricho  toco, 
en   discursos  me    desvelo, 
preguntando  al   diosezuelo 
¿que   hado   siniestro   le  apura, 
á   que    pinte  la  hermosura 
vistiéndose  de    Carmelo? 

Pues   qué,   ¿el  pintar  con  esmero 
una  belleza   sin    par, 
es  lo  mismo  que  jugar 
á   las   damas   del   tablero? 

O   ¿qué  piensa   el  dios   certero, 
que    esa  tu   cara   divina, 
miniatura    peregrina 
de  raros   modos   y  nuevos, 
es  arroz,    pescado,  huevos, 
tí  otro  embrodio  de  cocina? 

Nada  vale.   Se  presenta 
el  amor  en  su  aparato. 
¡Qué  lindo  salió  el  retrato! 
de  su  original^  afreqta. 


^97* 

¿Y  así  Nise   está  contenta?.... 
Esto   es  lo  que   mas  me  irrita. 
Por    tu  cara   tan  bonita, 
Nise,  ruégale  al  amor, 
que    cuando  haga  de    pintor 
no  se  meta  á  Carmelita. 


QUINTILLAS. 

Duda   amorosa. 


Si   por   una   cosa  rara 
dos  corazones   tuviera, 
en  uno  Filis   entrara, 
en   otro    á   Ddris   pusiera, 
y   así  á  las  dos  contentara. 


Pero   si   uno  solo  tengo 
no   podré  darlo    á  ninguna, 
porque  luego  me    detengo 
en  que   si   lo   doy  á   la    una, 
al  rigor   de   la    otra    vengo. 

Darlo  á  las    dos   es   buscar, 
si    se  examina   despacio, 
guerra  en  que  siempre  han  de   estar; 
porque   en  un   solo  palacio 

.     dos  no  pueden  gobernar. 

Que  hacer   en    tal  confusión 
no   alcanzo;    mas    si   supieraj 
que    no    habia    de    haber  cuestión, 
sin  duda  á    cada  una    diera 
la  mitad  del  corazón. 

Así   una   vez   discurria: 

y    amor    que    en    mi  pecho  estaba, 
en   lo   interior  me  decía: 
que   si   á    dos   darlo  pensaba, 
á  ninguna  lo  daría. 

Que  es  ley    la    mas   oportuna; 
aunque    de   ua   tan   ciego  dios, 


Í99- 
que  se  quiera  á   sola   una; 

porque    aquel    que   quiere  á   dos 

no   quiere  bien   á  ninguna. 

Luego   el  corazón    le   di 

á   Ddris;   y    mal    pagado, 

al    punto  me   arrepentí, 

de  que   no   le    hubiera   dado 

á  Filis;    ¡Triste   de    mí! 

ENDECHAS     REALES. 

A    un    canarito    de   Celia* 


¡Ay,   pobre    canarito^ 
Que   con    flébiles  ayes 
Llamas    al  dulce   dueño 
Que  te  llevo  la  muerte   inexorable! 

¡Ay   triste,  y    como  llenas 
De  suspiros  los  aires 
Que  volverte  no   pueden 
A  nueva  vida  la    consorte   amante! 


200. 

jAy!  como  representan 
Tus  lúgubres   cantares 
El   amor  que    perdiste, 
Amor   difunto   que  en  la   nada  yace. 

Suspende  de  tus  quejas 
Los  fúnebres  compaces, 
Con    que  á    llanto  provocas 
Al  coro  alegre   de  las  dulces  aves. 

Parece    que   refieren 
Los    sabrosos    instantes 
Que  en  el   mullido  lecho 
Son  premio  dulce   de  desvelo   amante. 

Procura  ¡ay!  sí,  procura 
De  tu   dueño  olvidarte, 
Y  sea  total   remedia 
Para  tanto   dolor  un  nuevo  enlace. 

Ya  de  la  hermosa    Celia, 
Movida  á  tus    pesares 
La    ternura,  se   empeña 
Para    que  en  otro  amor   alegre  cantes. 


!JOI. 

Págale  sus  oficios. 
Sus   oficios    tan    grandes 
De  ternura,  con  quiebros 
Que  trinas   á  la   aurora    cuando  sale# 

¡Que  bella   pajarita 
Te  presenta!   ¡Qué   talle! 
¡Qué  ebúrneo    su   piquillo! 
¡Qué  pintado,  y  qué  muelle  su  plumage! 

Llévala  al  dulce    nido. 
Que   puedo   asegurarte 
Que   todos   serán  gustos, 
Pues  de  los  muertos  no  hace  aprecio  nadie. 


a 


202. 

DOS  TRADUCCIONES 

DE    UNOS    VERSOS    DE    GALO. 

PRIMERA.      ■ 

Lidia  bella,   muchachita  blanca 
Mas  que    leche   y   que    candido  lirio; 
Mas  que  rosa,    que  es  alba  entre   rubia^ 

Y  que   indianos    marfiles    bruñidos. 
Muchachita,  desata,  desata 

El   trenzado  de  esos  cabellitos 
Para    ver  en  tus   candidos    hombros 
Hilos  de    oro  luciente    esparcidos. 
Sus  estrellas  me    muestren  tus   ojos, 

Y  sus  cejas  en  forma    de  arquiíos; 

Y  también  tus  mejillas  me    muestra, 
Que  se    bañan  con  grana  de  Tiro. 


203-  . 
Llega  acá  con   tus  labios  corales, 
!  Y  me  da  cual   paloma  besitos: 
Una  parte  de   mi  alma   te   llevas: 
Hasta  el  pecho  tu  boca   he  sentido. 

¿Por  qué   agotas  mí  sangre  que   aun  corre? 

Tapa,  tapa  tu    blanco    pechito: 

Ese    pecho,    muchachita,    cubre,  f 

Que   se  enyema  del  néctar  ungido. 

Cinamomo   se   esparce  en   tu  seno: 
El    placer   se  suscita  contigo: 
Tapa,   tapa    tu  pecho   amoroso 
Que  me     tiene   dulcemente   herido. 

Qué    ¿no  ves    cuando  enfermo   me  quejo 
Mis  amores?   cruel    eres  conmigo. 
Muchachita,  qué   ¿así  me  abandonas    .^ 
Casi  muerto,    y  á  tus  pies  rendido? 


%^ 


::o4. 


SEGüNDAt 


•^CD'^ 


Lidia    hermosa,'  mas  alha 
que    la    leche   y  que   el  lirio, 
líias  que  la  rosa  que  une 
lo  blanco  y  lo  encendido. 

Mas  que    el   iríarñl  que   aprecian 
los   orieniales   indios, 
y    que    por  diestra   mano 
resplandece  bruñido. 

Esparce,  niña,  esparce 
tus   rubios   cabellitos, 
y  que  en   tus   hombros    vaguen 
como  dorados  hilos. 

Denme   luz    las    estrellas 
de  tus   ojos  divinos, 
y  de  tus  cejas  negras 
me  muestra  los  arquitos. 


205. 

Tus  mejillas  rosadas, 

que  en  purpura  de   Tiro 
recibieron  lo   rojo, 
déjame    ver,    te    pido. 

Llega    acá    coa    tus    labios, 
tus    labios    coralinos, 
y   dame  cual    paloma 
muy  sabrosos  besitos. 

Una  parte  de   mi  alma 
te   llevas;  y    percibo 
al   tiempo  xfue  me  besas, 
el    corazón  herido. 

¿Por  (¡ué,   por   qué  me   dejas 
de    este  modo^  bien   mió? 
Ese  pccliito  esconde 
de  néctar  comprimido. 

En  tu  seno  conducejj , 
cinamomo    esparcido, 
y    manan    de*  onde   quiera 
los   placeres    contigo. 

Esconde,  niña,  esconde,^,-^ 
tu  nevado,  pechito, 


806. 

porqué   todo  me  quemo 
con    cuanto   en  este  miro. 
Qué  ¿no  ves   lo  que  paso? 
tirana    eres    conmigo. 
¿Casi  muerto  me  dejas, 
cuando  por  tí  suspiro? 

EPIGRAMA 

Del  Amor    arando. 

Traducido    del   idioma   griego  al  latino^  y  di 

[este  al  castellano. 


El  rapaz   cujiidillo 

dejando   el  arco  de   oro, 

pone    oportunamente 

la  alforja  sobre  el   hombro* 


207. 

Arroja   la   hacha  ardiente, 
coge  el  callado  corvo, 
y  unce  los  mansos  bueyes 
bajo  del  yugo   tosco. 

Con  mala  íe  a  la  tierra 
da    la  semilla,   y    pronto 
dijo,    alzando    la   vista 
al    estrellado    polo: 

Haz,    d    Júpiter    sumo, 
este   campo  abundoso; 
si    no   liare     que    bajando 
de    tu    luciente    trono, 

Lleves    el   yugo   infame, 
(otra  vez    como    toro) 
de  Europa,    que    sin   duda 
es   yugo  el  mas   gravoso. 


205. 


PARÁFRASIS 


Del  mismo   Epigrama. 

De    los    candidos  hombros    abajaba 
El    dorado   carcax  amor  un    dia, 

Y  en    su  lugar    ponia 

La  alforja    que   á  proposito  llevaba. 
Ygualmente    arrojaba 
La   abrasadora    tea 

Y  el   grosero  cayado  apercibia. 

Y  á  los  uncidos  bueyes  dilijente 
Para   que   abran    el    sulco    aguijonea: 
Ya   esparce  la  semilla    conveniente 
En    el   fecuiido.  preparado  suelo, 

Y  dice:    (levantando  al    claro. cielo 
Sus   ojos)    haz,    ¡d  Júpiter!    que   vea 
Jja  siembra  acrecentarse  en  mi  decoro; 


200. 

:  Si   no   quieres   que    sea 
Tu  deidad  convertida  en   manso  toro: 
Y    te    veas  obligado 
Por  quien  otra    ocasión  hacerlo  pudo, 
A  llevar   aquel   yugo  tan  pesado 
De  Europa,  con   infamia    de  cornudo» 

^^' ^Sí^&i 


A  Clori 
con   una  calandrita. 

Clori,    Clori,    restaure   mi    aliento 
De    tus    ojos  la  dulce    alegria, 
Tu   presencia    mas   suave  que   la  alba 
¡Ay,    zagala!    me   dé    nueva    vida. 

Humedece  con  lágrimas  tiernas 
El   cadáver  de  esta  calandrita 


210. 

Que  del  nido  materno    robaba 
Para  traer  á  tus   aras   divinas. 

A  tu  influjo  esperaba   creciera. 
Descubriendo  la    pluma    amarilla, 
Que    con  negra  formara  un  ropage 
Mas  galán  que  la  tela   mas  rica, 

Pareciame   escuchar    los    gorgeos. 
Que    á  tu   voz  hechicera  aprendía, 
Cuando    jaula  de   mimbres  delgados 
Defendiera   de  aleones  su  vida. 

Pero  en  medio  de    imágenes  gratas, 
Empujando  con  alas  blanditas 
De  mi  mano  se  sale,    y  se  sube 
De  un   arbustos  en  las   verdes  ramillas. 

Fiero    can,  que  la  sigue,  la  coje; 
De  sus   fauces  mis   ansias  la  quitan, 
¿Pero  como,   mi   Clori?    exhalando 
Mi    esperanza   halagüeña  en   su   vida. 

Los    zagales    al  son  de    sus    flautas 
Su  tragedia    cantando,   repitan: 
Avecillas  que   libres   se    pierden, 
Es   mejor   que  se  logrea  cautivas. 


A  Clori 
eotí  unos  pichoncitos. 

A  estos    dos  ipichoncítos  que  en  dulce 
Y  amoroso  concurso   tuvieron 
Dos  amantes  fecundas  palomas 
Nuestra   choza    destinan   los   cielos. 
A  la   escuela  de   amores   felices 
Defenderse   podía  que  vinieron, 
Si  los  dos  con  empeño    tomamos 
Su  enseñanza  en  los  dulces   estremos. 

Aprended,  palomillos   dichosos, 
Las   lecciones    que    dicta   el    afecto: 
Ved  en    Clori  inocentes   halagos, 
Y    en  su   Silvio  cariños    honestos. 

¡Ay!   no  quiera  la   diosa  de   Chipre 
Que  su  carro  tiréis  con   el  tiempo, 


2If. 

Que  aunque  sois  de  tan   candidas  plumas 
Quedareis  maculados  muy  presto. 

¡Cuanto^   Clori,    cuanto    nos    amamos! 
Pues  atados  con  vínculo   estrech^o^ 
Me  parece   que    vienen  las   av^es 
A    tomar  de   nosotros    ejemplo. 

Alegraos,    alegraos,    pasíorcillas, 
Y  tocad    los  festivos  panderos, 
Mientras  cantan   alegres  las  aves 
Al  amor,  que   nos  hace  maestros.. 

Cloriy  y  Silvio 
comiendo    duraznos.. 

Mientras  pacen  las  blancas    corderas 
Verde    grama    y  tomillo  oloroso, 
Comeremos,   zagala^  estos    frutos 
A  la  sombra  que  ofrecen  los  olmos* 


¡Que   durazno!  parece  que    muerdo.. •/• 

Un     carrillo    del  dueño    que    adoro 

De  mi    Cíori....  de    tí,    por  quien  vivo 
Encantado  en  los   valles   y   sotos. 

Dame  tú  ese  que  ya  has   comenzado..... 
Toma  tú  este....  ¿cual  es  mas  sabroso? 
El  que'  tiene,    mi    Clori,    el   almibar 
Que   destilan  tus   claveles  rojos. 
.    Bendigamos  al   numen    que    manda 
La   estación  del   fructífero   otoño, 
Y    los' gustos  cantemos    del   campo, 
Que  no  tienen   los  poblados   todos. 

ROMANCE    ENDECx'lSíLABO. 

A    los    ojos     de    Clori. 

Grabiosas  luces  de   la    Clori   mia, 
Estrellas  claras  de   esplendores    tiernoSj 
Albas  risueñas,  soles   agraciados. 
Ojos  divinos   que  me    veis  serenos: 


214. 

Como  las   montes    se   estremecen  cuanda 
Rayos    fulminan  los    airados  cielos. 
Así   mi  pecho,   que  se  siente    herido 
Sin   causa   alguna,  del     enojo    vuestro. 

¿Hasta  cuando    esas  niñas  cariñosas 
No   me  vuelven    á   ver   como  riendo? 
Tomad   al  gusto  con    que    me   mirabais, 
Risueñas  niñas,   en   alegres  tiempos. 

Miradas  dulces   sobre    el   triste    Silvio 
Benignos  esparcid,    habladme    tiernos, 
Habladme   tiernos,    como  siempre  fuisteis: 
Volved    á    vuestro   amor,   ojos  parleros. 

Tiernos,   y  alegres,   y  blandos,    y    dulces, 
Divinos    ojos   de  amoroso  fuego. 
Convertid  vuestras   iras  formidables 
En   calma    cel^tial,  ojos  serenos. 

Así  los  dioses  a    mañana    y  tarde 
Lücir   os    hagan    en   lugar   de  Venus, 
Y    así    hs    misas  os  compongan   himnes 
Que  cante    Silvio    vuestro   zagalejo. 


315. 

ROMANCE      ENDECASÍLABO. 

En  la  muerte 
de  un  Lorito. 

Psittacus  Eois  immitatrix    oles   ab   Indis^ 
Occidit.   Exequias  ite  frequenter^   aves. 

Ite^   piae  vólucres'^    et  plangite  pectora  pennis\ 
Et   rígido   teñeras    ungue  nótate   genas. 

Hórrida  pro   moestis   lanietur  pluma    capilüs: 
Pro  longá  résonent    carmina  vestra   tuba. 

OVID.    LIB.     2?    AIVIOR.    ELEG.     6? 


La  muerte  de   un   gracioso    pajarillo- 
Llortí    CATULO   con   dulzura   tanta 
Como  que    era    el  que   hacia    las  delicias 
Y  el   recreo   todo  de  su  Lesbia  amada. 

Recuerda   con   ternura    y   sentimiento 
Sus  gracias  todas  que  eficaz  retrata, 


£l6. 

Y  aquellos    movimientos   inocentes 

Con   que  á  sn  hermosa  Lesbia  tanto  agrada. 
De  su  hechicero  seno    á    un  lado  y   otro 
El    tierno    animalito    se    volaba. 
Cuidando   siempre  de    volv^er  gozoso 

Y  nunca  tarde   a   su   envidiable   estancia. 
Lloro  también   el  dulce   y  suave   ovidío 

De  un   perico    la  muerte  desdichada, 
Manso,  hermoso,    locuaz  y  lleno  todo 
De   encantadoras  y   sublimes   gracias. 

El  fué    de  una  inocente    tortolilla 
Anáigo  íieL,   sin   que  jamas    notara 
Ninguno    en  ellos  la  mas  leve   riña; 
Cosa  en   sus  semejantes   bien  entraña.    . 

El  fué  parco   y  frugal,  pues    solamente 
Vivid  de  comer   nueces    y 'alguna  agua: 
Tan   amoroso  y  tierno,   que  hasía,.de.esío. 
Si  le  hablaban    de  amores,  se  olvidaba. 

El    en  fia  mereció   y    logro    la  dicha 
De  agradar  á    Corina,  y    su  palabra 
Ultima    fué   un  funesto    y   triste   vale 
Con   que  su  alma  sensible    le   tiaspasa.       ^ 


217. 
¿De  qué  te   sirvió   cliine,    esclama   Ovidio, 
La  fe  á  tu  tortolilla    tan    guardada? 
¿De   qué  tu  hermosa   variedad  de  plumas, 

Y  la  dulzura    de  tu  graciosa  habla? 
¿Qué    te   aprovecha   el   don   inestimable 

De  agradar    á    Corina?   ¡oh  suerte   infausta! 
¡Ay!    yaces     infeliz^  funesta    gloria 

De    cuantos   pueblan  las  regiones  aéreas 

Asi  sigue,   señora,    lamentando 
El  genio  dulce  la  fatal  desgracia, 

Y  así  de  vuestro  amado  periquito 
Quisiera  cantar  yo,    y  os  agradara. 

Pero   tan  incapaz  me   reconozco 
De    esto,  que  solo  quiere  mi  ignorancia 
Remedar  la  esprcsion    y   los  acentos 
De  la  lira  mejor   de  las  romanas. 

Venid  piadosas,    tiernas  avecillas, 
A  llorar    sobre    la    urna   desdichada 
Del  mas  gracioso  loro   que  ser  pudo 
Despojo  triste    de  la  horrible  parca. 

Romped   vuestro   plumaje    hermoso  y  ricot 
Herios    los  pechos,   azotad   las  alas, 
15 


/ 


2l8, 

Y  Óiganse     vuestras  quejas   y    lamentos 
En   la  región  que  esté   mas  apartada. 

Llorad  zenzontles,   y    canarios    suaves, 
Tórtolas.  gorrioaciíloSj    y  calandrias, 
Llorad  la  muerte   del    perico    amable 
Que  se  ha    robado  Láchesis  avara. 

¿Tanto  importaba,  muerte,  á  vuestros  triunfos 
Esta  avecita    que  Joaquina    amaba? 
¿TNo   tienes    allá  tantos    que  publiquen 
Tu  gran    poder  y  fuerza  ilimitada? 

¿El  rico   Creso,   el  elocuente  Tulio, 
El  valiente  Scipion,  mi  hermosa  Clara, 
No    te  dan  todavía  bastante  gloria? 
?Aun  no  demuestran  tu   fiereza  y  saña? 

Pues  ¿por  qué   á  esa  ave  amable  é  inocente 
Haz  hecho   triste    objeto   de    tu  rabia? 
¿Quisiste    acaso    castigar  su  dueño 
Por  la   ternura   fiel  con   que   la   amaba? 

Pero  sea    lo  que   fuere,    ya  no  existe, 

Y  dentro   de  muy  breve  será  nada: 
Gravemos  pues   por  ultimo  en  su  losa 

Lo  que  Ovidio  hm  eu  h  del  otíOj  y  ba,sta, 


219-. 
EPITAFIO. 

Desde    este  triste  leteo 

que  es  propia  imagen  del  suefíOj 
agradarán    á    mi    dueño 
mis   canciones  y  gorgeo: 

Supuesto  ,  pues,  que  aun  poseo 
aquella   dulce  armonía 
y  admirable    melodía 
del  ave  mas  docta  en  canto, 
y   así  convierta  su  llanto 
en   la  mayor  alegría. 


LA    MAÑANA. 


Ya  se  asoma  la  candida    mañana 
Con  su   rostro  apacible:  el   horizonte 
Se  baña  de  una  luz  resplandeciente, 
Que  hace  brillar  h  cara  de  los  cielo3# 


220. 

Huyen  como  azoradas   las  tinieblas 
A  la    parte  contraria.  Nuestro  globo. 
Que  estaba  al  parecer   como    suspenso 
Por  la  pesada    mano  de  la  noche, 
Sobre  sus  firmes    ejes  me  parece 
Que   le   siento  rodar.    En  un   instante 
Se  derrama   el  placer  por  todo  el  m.undo. 

¡Agradable  espectáculo!   ¿Qué  pecho 
No   se  siente    agitado,  si   contempla 
La  milagrosa  luz  dei    almo   día? 
Ya  comienza  á   volar    el   aire  fresco, 

Y  á  sus  vitales  soplos    se   restauran 
Todos   los  seres  que  hermosean    la    tierra. 
El   ámbar   de  las  flores  ya  se   exhala 

Y  suaviza    la    atmosfera:    las  plantas 
Reviven  todas  en  el  verde    valle 
Con    el  jugo  sutil    que    les  discurre 
Por  sus  secretas  delicadas  venas. 
Alegre    la  feraz   naturaleza 

Se  levanta  risueña  v   ao;radable: 
Parece    cuando  empieza   su  ejercicio, 
Que  una   mano  invisible  la   despierta. 


2  21. 

Retumban  los  collados  con  las  voces 
De  las   cantoras  inocentes  aves: 
Susurran    las  frondosas  arboledas, 

Y  el  arroyuelo   brinca,   y  mueve  un  ronco 
Pero    alegre   murmullo  entre   las   piedras. 
¡Qué  horas    tan  saludables   en  el    campo 
Son  estas  de    la    luz  madrugadora, 

Que  los   lánguidos  miembros  vigorizan, 

Y  que  malogran    en    mullidos   lechos 
Los  pálidos   y   entecos  ciudadanos! 
Todo  escita    en   el  alma  un  placer  vivo, 
Que  con  secreto  impulso  la  levanta 

A   grandes   y  sublimes  pensamientos. 
Todo  lleva  el  carácter   estampado 
De    su  hacedor  eterno.   Allá  á  su  modo 
Parecen  alabar   todos  los  entes 
La  mano    liberal  que    los  produce. 
Todo   se  pone   en  pronto  movimiento: 
Cada   cual  de  los   simples   habitantes 
Comienza  su   ejercicio  con    el  dia. 
Tras    su    manada  de   corderas  blancas 
Leda    la  pastorcilla    se   entretiene, 


222. 

Tejiendo  una  guirnalda,  que   matiza 
De   varias   flores    para  su  alba  frente. 
El   baquero   gobierna   su  ganado. 
Que  se  dilata   en  el  hermoso  ejido. 
El  labrador    robusto   se  dispone 
Para  el  cultivo  del  terreno  fértil. 
Vóime   al   sembrado    que  la  providencia 
Con    su    invisible  diestra    me  señala: 
Sufriré  el  sol    ardiente;    pero  alegre 
Con  los  frutos  sazones    y   abundantes 
Que  los  sulcos    me  dan    que   beneficio* 
Apagado  el   bochorno  de  la  tarde. 
Me  volveré  á   mi    choza    apetecible, 
Morada    de  la    paz   y  de  los    gustos, 
Donde  mi    esposa  dulce   ya  me  espera 
Con   sus  brazos  abiertos:   mis    hijitos, 
Después  de  recibirme  con  mil  fiestas^ 
Penderán   de  mi    cuello:    ciertamente 
Que  vendré   á  ser    entonces  como  el  árbol 
De   que  cuelgan  racimos  los  mas  dulces. 
¿Y    he  de  trocar  entonces  mi  cabana. 
Aunque  estrecha  y  humilde,  por  el  gifandé 


223. 

Y  soberbio  palacio,  donde  brilla 
sComo  el  sol  en  su  esfera  im  señor  rico, 
Pisando  alfombras    con  relieves    de   oro? 
Nada  menos.   Tampoco    este   instrumento, 
Este  instrumento   rustico  y  grosero. 
Bienhechor,   que  me    da  lo   necesario 
En  todas    las  urgencias  de  mi    vida. 
Por  el  cetro  brillante    que    un    monarca 
Empuña   con  su    diesira    poderosa. 
No   cabe  el  gozo  dentro    de    mi    pecho; 
Ni  de   alabar  me    canso  en  la   mañana 
Al    padre   universal  de  las   criaturas. 
Que  miro    en  e:va   luz   madrugadora. 
Sin  dejarlo  de   ver   en  las   restantes 
Producciones    tan  gnindcs    de  su  seno. 
¡Oh  cuantas!    ¡cuales   son!   ¡y  qué  admirables! 
Pero   ninguna  como  el  alba    hermosa, 
Que  parece   que  á  todos  les   da   vida, 
Embiándolcs    la    luz    de    su   semblante. 
¡Oh,    risa  de   los  cielos,    y   alcgria 
De    estos    campos  felices!    Precursora 
De  los   rayos    del  soK    yo  te  saludo. 


2S4. 

Las  frescas   sombras,    las  campiñas  verdes, 
Las   fuentes    claras,   los    favonios  blandos, 
Las   aves  dulces,   y  las    flores   tiernas, 
Te  saludan  también    allá   á  su    modo. 
Su   faz    hermosa    la    naturaleza 
Sacar  parece  del  sepulcro    ahora: 
Todos   sus   entes   cobran   nueva  vida 
A   tu  presencia  dulce  y  agradable. 
Corren  las   fieras   á  sus   cuevas  hondas, 
Brincan  las    cabras,  los  corderos   balan, 
Llaman    las    bacas    á    sus  becerrillos. 
Mugen  los  toros,   y   responde   el   eco, 
Que  sale  de    los  montes   retumbando. 
Los  pastorcillos,    y  las  zagalejas, 
Sonoros   himnos   canten  al    eterno 
Autor  que   baña   tu    semblante    hermoso 
De  tan   alegre    luz    por  la  mañana. 


225- 

SUEÑO  ALEGÓRICO. 

CANTO   EN  OCTAVAS, 


Cuando   dormimos  pasamos   á  un   nuevo 
mundo  que   algunas  veces  (siendo    todo   ideal^ 
y   una  simple  representación    del  que  habita-- 
mos)   nos   ofrece  nuevas  ocasiones  de   reflexio- 
nar sólidamente    nuestra   alnia^    que     siempre 

está  en  ejercicio.    Caracciolo  en    el  Goza. 


I.  Ya   que   la   fuerza  de  mi   edad    lozana 
Con  treinta    años   de   peso    se  rendía, 
Hallábame  en   la   corte   Mexicana 
Enfermo  de   mortal   hipocondría: 
Entonces   una  noche  mas  temprana, 
Y   mas    triste   que  nunca,    parecia 
Arrojarme   del   sueño    á  los   umbrales,     » 
Porque  viera   un  enigma   de  mis   males. 


12  6. 

fi.  Entróme  en  unos   huertos  deliciosos^ 
A  quienes  Priapo  ve  con   blando  ceño, 
FrescoSj    alegres,  verdes,  olorosos, 
Y    ultima    prueba   de  su  autor  el  sueño: 
De    sus  bosques   espesos,    pero  hermosos, 
Al  paso    me  salieron,    ¡dulce  empeño! 
Dos   Ninfas   que   me  ponen   en   sus    brazos. 
Cual   incauta    avecilla   en  muchos  lazos. 

m.  Portaba   un  canastillo   la  primera 
De  frutos  los  mas  gratos   y   sazones: 
Brindóme   de  ellos  para   que   comiera 
Con   estilo    que  vence    corazones: 
¿Quien   habrá   que  resista    á   una  hechicera- 
Tan  dulce   en  sus  políticas  funciones? 
Brindóme   ¡ay  cielos!  y   á  la   nueva  instancia. 
De  sus   frutos  comí  con  abundancia. 

IV.  De   rubio    néctar    una   copa  bella 
La  segunda    á   los  labios  me    llegaba; 
Mas  el   influjo  de  benigna  estrella 
Su  poder  y  mi  ruina   me  anunciaba: 


227* 

Temeroso   resístome;  pero  ella 
Como  toda  razón  atropellaba, 
Diome   vino  á   beber,  que  sin  disputdí 
De  mi  vergüenza  fué  letal  cicuta. 

V.  Cuando  por   una   verde    celosía 
Asomase    otra  Ninfa  á    mis    recreos, 
Que    con    el    fuego  que    en    su    rostro  ardia 
Abrasa    la    región  de   los   deseos: 

Sale:    dame  la    mano ¡suerte  mia! 

Este    sí    fué  el  mayor    de    mis  trofeos. 
Pues  la   esplique    mi  amor,  y    en  el  instante 
Se  asomd  la  sonrisa    en   su   semblante. 

VI.  Arroyos   de   cristales   derretidos^ 
Y  cantares  de   dulces  ruiseñores 
Suavemente    embargaban  los    sentidos 
En    lecho  blando  de  mullidas  flores: 
Los  tiempos  lamenta'banse    perdidos, 
Cuando  á  estorbar  de  Venus  los  amores 
Aparécese  un  viejo,    y  dando    un   grito, 
Llena   de  espanto  tQdo  aquel   distrito. 


228. 

VII.  Huyen  las  Circes,  como  del  sembrado 
Se  levantan  las  aves  al  estruendo 
De  la   piedra   que  la  honda  ha  disparado: 
El  risueño  pensil  vuélvese   horrendo: 

Ya  el   anciano  su   brazo   ha    levantado 

Dame   un  golpe^  y  del  éxtasi    volviendo 
Mis  vicios    lloro;   pero  luego   canto 
Lleno    de  gusto  el  desengaño  santo. 


IDILIO. 


La   Zagala   en  el  bosque. 


Frondoso  bosque,  cuya  fresca  sombra 
Mis  perdidos  alientos    restauraba, 
Cuando  de  tierna   grama  en  verde  alfombra 
Un   pérfido  pastor    me   acariciaba, 
Todo  el  tiempo  lo  acaba..,. 


229. 

¡Ay,   Silvio,  Silvio,  Silvio,  ingrato  dueño! 
Puesto  que  ya  sacudo  el    fatal  sueño 
De  prolongados    años 
Que  entretuve   el    amor  en    tus  engaños, 
Es   fuerza    que  despierte, 

Y  que  vea  en  adelante  de  otra  suerte. 
De  este  modo  una  bella  zagaleja, 

Cuando   de  Silvio  cruel   triste  se  queja, 
Del  alma  abre  los    ojos, 

Y  alivia  los   enojos 

De  un   amor   ofendido;    concluyendo 

Con  aquestos  renglones 

Que   en  el  tronco  de  un  árbol  va  escribiendo 

Para  alivio  de  incautos  corazones. 

Zagala,  tu  amor  conten, 
Si  lo  quiere  algún  zagal, 
Pues  si  Silvio  pagd  mal 
¿Quien  habrá  que  pague  bien? 


ÉGLOGAS. 


ADVERTENCIA 


DEL    EDITOR. 


Compuso  el  autor  las  dos  siguiente» 
¿GZOGAS  siendo  muy  joven^  cuando  por  lo 
mismo  aun  no  podia  poseer  todos  aquellos  co" 
cocimientos  que  se  requieren  en  este  ramo 
de  la  poesia:  Asi  lo  espresó  en  un  cuader* 
no  escrito  de  su  puño^  donde  dice:  que  na 
las  estraia  de  ese  lugar,  porque  no  escribía 
para  el  publico;  sino  para  los  amigos  pri- 
vados. Sepa  también  el  lector^  que  la  forma* 
don  de  ellas  fué  obra   de    poquísimo  tiempo^ 


232. 

ÉGLOGA  PRIMERA. 

EL   AMANTE   MAS  FIEL 

DE    LOS    PASTORES. 

DEDICATORIA. 

A  ti,   con    quien   mi    amor  en  algún  dia 
De  mi  albogue  al    compás  triste   cantaba, 
Y    tu  voz  sus  cadencias  alternaba, 
Cual  eco  que  mis  ayes  repetia: 

A   tí,    que  de    mis   penas   la  porfía 
Por  la   estrecha   amistad   que    nos  ligaba, 
De  suerte  el  corazón  te    traspasaba. 
Que  la   llorabas   tuya,   siendo    mia: 

A  tí,    Berardo,   á  tí  justo  es   resuelva 
Dedicar  este    afán,  corto  servicio, 
Porque  así  á  respirar  contigo    vuelva; 

Acepta,  pues,  de  amor  el  sacrificio 
En  versos  que  las  ninfas  de  la  selva 
Escucharon  de    Mopso   y  de  Fenicio. 


233- 

ÉGLOGA. 

POETA,    MOPSO,    FENICIO. 


POETA. 

Ya   las   nocturnas   aves 
Del    monte    horrorizaban   la    espesura 
Con   sus  lamentos    graves, 
Y   el    negro    velo    de   la    noche   oscura 
Bajando    de   la   lóbrega   montaña 
Se   estendia  á   la    rustica  cabana: 
Cuando   Fenicio   herido 
I  Del   acerbo   dotor    que  le   atormenta, 
I  Del   mal    entretejido 
Alvergue    pastoral    triste    se    ausenta, 
Para   dar    sin   medida  á    su    quebranto 
El  infeliz   consuelo  de  su  llanto. 
i6 


234. 
Un    cayado    grosero 
Sli    débil    contestiira   susteirtaba, 
Ei    rostro    lastimero 
Sobre    el  cansado    pecho   reclinaba, 

Y  acia    al    suelo    doblando   su    estatura. 
Un   espectáculo   era    de   ternura. 

En    traza    tan    penosa 
Poco    á   poco  los    pasos    dirijia 
A    la  montaña  umbrosa, 

Y  en   llegando  á  su  espesa   serranía^ 

De  esta  suerte,   sentándose   en  un  tronco^. 
Desato  dé  su  voz  el  eco  ronco. 


í'ENicro. 

¡Oh  noche,  á   mi   tristeza   acomodada! 
'  ¡Asilo   de   mi  grande    sentimiento! 
A    tu  silencio  solo   revelada 
La    causa   puede   ser   de  mi  tormento: 
Diga  pues  mi   dolor  la  voz  cansada, 
y  salga    de  este    pecho  el    mal   que  siento: 


235- 
Siendo    testigos  las   montañas    rudas. 
Las  peñas   sordas,   y  las  selvas   mudas. 

Que   aunque   siempre,  serán  quejas  en  vano. 
Pues   mi   mal  ¡ay  de   mí!  no  tiene   cura; 
No   sé   qué  de  consuelo   el    pecho   humano 
Siente   con  espresar   lo    que  le    apura: 
Hable    pues  de    mi    dueño   que  tirano 
Mi    pena,   mi  dolor,   mi  mal  procura: 
De  Ddris,   sí,    de   Ddris   tanta    mengua 
Que   siente   el   corazón  diga  la  lengua. 

¿Que    motivo    ¡ay  dolor!  ingrata   fiera. 
Pudo    dar    ocasión  á   tal  desvio, 
Que  ofendiendo  mi  amor   y  í'ó  sincera 
Sujetas    á   otro  amante  tu  alvedrio? 
¿Por   ventura  no  soy  el   que  antes  era? 
¿Pues  como  ya  te  enfada    el  amor  mió? 
¿Como  así   con  tan  súbita  mudanza 
Muere    tu  amor,   acaba   mi   esperanza? . 

¿A    donde   está  el   amor  y  la  fé    pura 
Que   en  aras  de  tu  pecho   me   juraste? 
¿A  donde  retiraste    mi  ventura, 
Y  de   mí  tan  cruelmente   la  apartaste? 


236. 

¿A  donde  mi   regalo    y  mi  dulzura, 
Y   en   ellos  mi  alma   y    vida  te  llevaste? 
¿A  donde?  ¿á    donde,    di,    Doris,   á  donde 
Tanto  bien  ¡ay  de  mí!  lu   mal    me  esconde? 

¿Conque  llego    por  fin  tu    atrevimiento, 
Sin   alma,    sin  razón,    sin   fe,   sin   juicio^ 
A   quebrantar   el   mutuo   juramento 
Con  que   al   amor   hicimos  sacrificio? 
Mas    que   fiera    con  tal    procedimiento 
Te   acreditas    ¡ay  Ddris!  con  Fenicio: 
Mas    que  fiera....    sí,    Doris  ¿quien    creyera? 

¡Ay   Ddris,  Ddris Ddris    mas  que  fiera! 

¡Qué   traición!   ¡qué  rigor!  ¡qué  alevosía. 
Ofendiendo   mi    amor,    es    la    que  has  hecho! 
Pues    cuando    el   daño  menos   precavía, 
Porque   estaba,  aunque   mal,  muy  satisfechoj 
Le  robaste  el  contento   á  la  alma    mia, 
Dándole  a  otro   pastor  tu  fácil  pecho: 
Mas    allá  de  la  negra  infamia  toca 
Lo   alevoso  de  tu  hecho,   y  acción  loca. 
¿Quien  creyera  que  ingrata  me  pagaras 
Con  tanta  falsedadj  tanta  vileza. 


237. 
Los  tiernos   holocaustos  que  á  tus  aras 
Ofrecía   cuotidianos  mi  fineza? 
Oa  s¡  tu  culpa    á   conocer  llegaras! 
Quizá  mirando  entonces  tu    bajeza, 
Por  no  manifestar  perdido  el  juicio. 
Amaras  como  de  antes  á  Fenicio. 

Mas   si  apartado  estoy   de    tu    memoria^ 

Y  por  otro    llegaste  á   mal  quererme, 
¿Cuando  podré   gozar  mi  antigua    gloria? 
¿Cuando  podré    en    tus   ojos  complacerme? 
¿Cuando  podré   de    amor   cantar  victoria? 
¿Cuando  en  tus   dulces  brazos  podré  verme? 
¿Cuando  podré?...  ¡ay  de  mí!  no  tienen  cuando 
Los   regalos    de  amor  que    estoy  llorando. 

¡Ay!    que  de    rabia   y   colera    rebiento, 
Mirándome   por    otro  desdeñado: 
El    corazón  del    fiero  sentimiento 
Parte    á  parte  lo    tengo    traspasado: 
Desmáyase    el  valor  y   el  sufrimiento: 

Y  del   remedio  ya  desesperado, 
Para  aplacar  un    tanto  mis  enojos. 
Lloran    hasta   cegar  mis   tristes  ojos. 


238. 


POETA. 


^    Aquí   quedóse    mudo. 

Porque    el    dolor   el  pecho  le  oprimía: 

Y  cuando  ya    no  pudo 

Con   la    lengua  esplicarse,    se  valia 
De   los  0J0S5    que  son  mas  elocuentes 
En  idiomas  de  lágrimas  corrientes. 

Del   tiempo  la    balanza 
Ya   con   iguales  horas  se  movia, 

Y  sin   tener   mudanza 

En  sus   lágrimas    tristes,    parecia 
Que    para   dar    alivio    á    sus   enojos 
El  alma    liquidaba   por   los   ojos. 

Cuando    á    breves  instantes, 
Como  el    cielo  de   nubes  revistiese 
Sus    antorchas   flamantes, 

Y  sus  faldas  el  monte  estremeciese 
De  loé  horrendos  truenos  al  amago. 
Esperando  en  sus  troncos  el  estrago: 


239. 
Como  enojado  el    viento 
Corriese    por   la   sierra^  despojando 
De  su   hojoso   ornamento. 
A  las    plantas   con    que    iba   tropezando: 

Y  quédase    aquel  sitio   de  tal  modo. 
Que    infundiendo  pavof  estaba  todo: 

Enjugando   su    llanto,  • 
Á   la  rotura  de   una    bruta    peña 
Retiróse    entretanto 
El    cíelo  daba  de   sereno   scña^ 
Que   ya^    según  lo  mucho    que   llovía^ 
En   agua  al  parecer  se   deshacía. 

Con  quietud    procuraba 
Mitigar    por   entonces    sus    cougojaS;, 

Y  la    noche  pasaba 

En  el  lecho  fetal  de  ásperas    hojas^ 
Dando   alivio  á    sus  ojos    entre   tanto 
Que  volvía  de   nuevo  al .  triste  llanto. 

En    fin,  ya    el  claro  día 
Daba    para  llegar  pasos   violentos, 

Y  puesto  en    armonía 

El  curso  de  los   bravos  elementos, 


24o. 
Se  asomaba   la  aurora  a    su  ventana 
Alegrando  la  candida  mafíana. 

Entonces  la  caverna 
El  infeliz  pastor   desamparaba, 
Y  á  tierra  mas  interna 
Sus    trabajados    pies    enderezaba; 
Cuando    Mopso    saliéndole  al    camino, 
Los   pasos    le  estorbo  de  su  destino. 

Era   este    un   ganadero 
De    distinta  cabana,   que    habia    sido 
Su    amado  compañero 
En   otro  tiempo,  porque    habian  vivido, 
Teniendo  sus  albergues  inmediatos. 
Probando  su  amistad  con  fieles    tratos. 

Después  que    se    pagaron 
Algunas'  afectuosas  espresiones 
Que   siempre   acostumbraron 
Los    amigos    en   tales  ocasiones, 
A   la   sombra    de    un    roble    se  acogieron, 
Y  principio   á   su    plática  pusieron. 


s4i* 


FENICIO. 


¿Qné  fin  de  tu   cabana  te   ha  sacado 
Quieres  decirme,    amigo  el  mas  querido? 


MOPSO. 


Dorisa,   la    zagala  á   quien   he  dado 
Por  justo  premio   el  corazón  rendido. 


FENICIO. 

Dichoso  aquel  amante  que   pagado 
VivCj  sin  las  ofensas  del    olvido; 
No  así  yoj  Mopso:    escucha   de  mi  historia 
Mil  cosas  que  enternecen  mi  memoria. 

A  tiempo    que  sus   bodas  celebraban 
Dos  amantes  dichosos    cierto   dia, 
A  los   campos  me  fui   donde  se    hallaban 
Con  música  espresando    su  alegría. 


242. 

Acerqueme   curioso  á  donde   estaban 
Las  zagalas,  y    aun  no    bien   recoma 
La  vista  desgraciada,   cuando    luego 
Cual   con  la  luz  del  sol  me  quedé  ciego. 

Era  Ddris,   la  misma  que  al  instante 
En  su   mirar  risueño  prometia 
Ternura   á  mi  cariño  titubeante 
Que   mi  rendido  pecho    la  ofrecia: 
Entonces  parecióme  que  de  amante 
Venturoso  la   suerte   me  seria; 
Pues    saliendo  á  mis  labios  mil    arrojos, 
Se  asomaban  afectos  á   sus   ojos. 

Dieron  fin  á  la   fiesta  los    pastores, 

Y  acompañarla   ofrezco  hasta  su  casa; 
Mas  temiendo  del  vulgo  los   rumores. 
En  admitir  la  oferta  anduvo  escrcsa: 
No  juzgué  sus  reflejas     inferiores, 
Como  que  sé  lo  que  en  el   mundo    pasa; 

Y  así  me  despedí  tocando  ufano 
Albos  jazmines  de  su   blanca  mano. 

A  .mi   alvergue   me  fui;  y  aimque  pudiem 
Facilitar   consuelos  la  esperanza. 


i  243- 

El  carazon^  se   abrasa,  y   una  hoguera 

En    suspiros  de  amor    afuera    lanza: 

La  deidad    de  la  noche  en  su  carrera 

Soñolienta  pasaba  con  tardanza: 

Pero    habiendo  llegado    el  claro  dia, 

I A  la  casa  de  Ddris  me    partia. 

\     De  nuevo  me  enardesco,  y  cuando  intento 

•Aliviar  con  su  vista  mi    quebranto, 

Los  incendios    de  amor  hallan  fomento^ 

jY    los  deseos  crecen  otro   tanto: 

¡Freno    pon^o  á  cualquier  atrevimiento 

ITemiendo  un  disfavor;    mas  entre    tanto 

'No    dejaba  el  amor  de  hacer  conquista, 

Ya  que  no  con  la  boca,   con  la  vista. 

Repito  mis  visitas   obsequioso: 
Y    cual  soldado  en  la   campaña    instruido 
Ya   se  muestra  cobarde,  ya  animoso, 
Ya  triunfante   en  la  lid,   d  ya    vencido: 
De    la  misma    manera   cauteloso, 
Me  hago  ya  despreciado,    d  ya  querido: 
Oportuna  materia    para   luego 
A  la   mina   de  amor   prenderle  fuego* 


244. 

En  este  aunque  amoroso,  triste  estado 
Sujeto  del   honor  á  la  cadena, 
En  la   cárcel  del  pecho  aprisipnad^ 
Lamentaba  el    amor  su    dura   pena. 
Diez  palacios  había   el  sol  dorado, 

Y  la  luna  se  vid    diez  veces  llena, 
Sin   que  diese  por  tímida  la  boca, 
Libertad  á  pasión   que   en   muerte    toca. 

Hasta  que   en  fin,  instable  la  fortuna, 
O  la  misma   desgracia    cautelosa, 
Dispúsome  ocasión   tan  oportuna 
Que  me  fuera  el   callar   sensible  cosa: 
No  corrió  con  mas  fuerza  fuente  alguna. 
Cuando    rompe   los    diques  impetuosa, 
Después  de   largo  tiempo  aprisionada. 
Que   mi   alma  al  espresarse  apasionada. 

Díjela  pues,  del   mal  que    adolecia 
Con  vivas  y  eficaces  espresiones: 

Y  á  la  de  amor  continua  batería 
El  muro  se  rindió  de  sus  razones. 
Conquistado  el   respeto  en  aquel  dia 
Unimos  nuestros   tiernos  corazones, 


«45- 

Y  dándonos  recípi^ocos  abrazos 

Fueron    nudos  estrechos  nuestros  brazos. 

Vigilante  el   amor,   nuevo  cuidado 
En  adelante  puso  á  su  belleza: 

Y  era  tanto   mayor  que   en  lo  pasado 
Cuanto  hasta  entonces  fué  mas  su  fineza: 
Igualmente    oficioso  que  elevajio 

En   empeños   de  toda  su  terneza 
Mis  manos  la  servían,  cuando  á    sus  soleí» 
Eran  siempre  mis  ojos   girasoles. 
Desde  luego  su  afecto  me  obligaba, 

Y  como  ya    otra  Ddris  parecía, 
El    obsequio  futuro  anticipaba 
Cuando  algunos  presentes   la    servia: 
Unas  veces  de  un  modo  la  espresaba, 

Y  otras  de  otro  el   amor  que    la   tenia: 
Acciones  con  que  suelen   los  amantes 
Obligar  a  sus  dueños    á  constantes. 

Luego  que  por  abril    las   blandas   flores 
El   abundoso,  campo  se  vestia, 
A  ejemplo  de  los  mas  tiernos  pastores 
Las  guirnaldas  mas  bellas  le  tejia: 


246. 
Pretendían    acaso   mis  amores 
Agitados  á  impulsos  de  alegría, 
Que  cuando  al    campo   su   hermosura  fuera 
La    adorara  la  misma  primavera. 
El  otoño  conforme   se  asomaba, 

Y  sazonados  frutos  ofrecia. 

Las    primicias  njas  gratas  le  llevaba 
Que    el  cultivado    soto   producía. 
Parece  que  mi  amor  solo  cuidaba 
De    ver  como  á  su   Ddris  complacía, 
Pues  aun  en  tiempos  menos  liberales 
Mis  oficios  se  vieron  siempre  iguales. 

Desde  luego  en   naciendo  el   corderiilo 
Mas  hermoso  y  galán    por   sus  colores^ 
Purificado  en  aguas    de   tomillo 

Y  en  otros  aromáticos   licores, 
Coronado  del  mas  tierno   ramillo, 

Y  salpicado  bien  de  nuevas  flores. 
A  sus  aras  llevaba  en  sacrificio 
Del   amor  y  la  fe  de   su  Fenicio., 

Ocasión  no    faltó   en  que  mis  desvelos, 
Haciéndose  enemigos   de  las  aves, 


247- 
Cogiesen  '  de  sus    nidos  los  polluelos 
Que  diesen  á  mi  Ddris   cantos  suaves: 
Industriosos   acaso  mis  anhelos. 
Pues  querían  tal    vez  que    en  tonos  graves 

Y  dulces,  de   la  miísica  del  alba 
También   hicieran  á  mi    Ddris  salva. 

Así    el  tiempo  pasaba,  y  sin  las  guerras 
De   zelos   se    gloriaban  mis    amores: 
Tres  veces  el  verano   en  nuestras   tierras 
Coronado  salid  de   nuevas  flores; 

Y  otras    tantas   los  montes   y  las    sierras 
Lloraron  dv^l  invierno   los   rigores; 

Sin  que  alter¿ise  el  mar  de  mis  dulzuras 
Ni  el  aire   de  ligeras  desventuras. 

Pero     vino  ¡oh    dolor!   ¡triste   memoria! 
Otro  tiempo  en  que  todo  se  perdiera, 
Tiempo   en   que  diera    fin  toda  mi   gloria, 
Tiempo  en   que  todo  mal  en  mí  se  viera: 
¡Oh  tiempo  en   que  el  laurel  de   mi  victoria 
Secóse    sin  que  yo  lo  mereciera! 
jOh  tiempo!  ¡tiempo,  en  que  quedo  triunfi^nte 
Otro,   si  mas  fehz^  menos  amante! 


248* 
EntdnceSj  Mopso,  cuando  está  mas   viva 
La  llama  de  mi  amor,    cuando  mas  fuerte 
Agita   el  alma^   de  mi  bien  me  priva 
Cruel   influjo    de  mi   mala  suerte: 

Y  entonces  ¡ay  de  mí!   Ddris  esquiva, 
Parece   que  en    mi  ausencia   ve    mi   muerte, 
Pues  violando  el  amor  y  la   fe    pura 
Mancha  con   otro  dueño  su  hermosura. 

Cuando    perdida  advierto  yo  su   gracia, 

Y  el  rigor  á    que    ingrata   me  condena: 

Y  veo  de  mi   amor    la  ineficacia, 

Y  en  otros   brazos   la   contemplo    agena. 
Crece  tanto  el  dolor  de  mi  desgracia, 

Y  de  su    ingratitud   la  grave  pena. 
Que   levanto   la  voz  de  mis  querellas 
Hasta  herir  esa  bóveda   de  estrellas. 

Sí,  Mopso,    cuando  yo  su  mal  recuerdo^ 
Cual  por  el  monte  fiera   embravecida, 
Las  plantas  trozo,  los  peñascos  muerdo,    * 
Procurando  acabar  mi   amarga  vida: 
Me  falta   la  razón,  el  juicio   pierdo: 

Y  enferma   el   ahna  con  mortal  herida^ 


«49- 
No    sé  como    despojo  ele  mi    saña 
No  encuentro  mi  sepulcro  en  la   montaña. 
1;      Pluguiera  al  cielo  que  de  sus   enojos 
(Antes   que   de    mi  Ddris  las  estrellas 
Hubiera    visto  dj    sus    negros   ojos) 
Me  hubiesen  abrazado   las  centellas: 
Pues   ahora  que   contemplo  los  despojos 
Que  el    amor    me   ofreció  en    sus  luces  bellas 

Tan  sin   remedio   en  otro  dueño,    quedo 

Quedo como  esplicarte*  yo   no   puedo. 

MOPSO. 

Ha^^te,  Fenicio  amigo 5   hazte   violencia 
Para  romper  los   lazos  amorosos: 
A  tu    ajruda   se  mira  ya  la  ausencia 
Después  de  largos    tiempos  perezosos: 
Pon  tu  afición  en   otra,  y  la  esperiencia 
¡    Efectos  te  hará  ver  maravillosos: 
I    Estos  son    contra  amor    seguros  medios, 
Y  de   su  mal    los  únicos  remedios. 


17 


250. 


FENICIO/ 


De  mi    pecho  confieso  que  debiera 
Arrancar  su  retrato   soberano; 
Pero  helara  la  alegre   primavera. 
Floreciera  el  invierno  triste  y    cano. 
Ésta   níiontaña  abajo  se   viniera. 
Igualando   sus   cumbres   con   el    llano, 
Antes    que,    de    mi  agravio   satisfecho. 
Sacara  su   retrato  de  mi    pecho. 

Tu   consejo,    no    hay   duda,    atiendo    grato; 
Mas    quererlo  llevar  á  buen  efecto 
Es  imposible,  IMopso,   y   así   trato 
Acabar  á  los  yerros  de  mi  afecto: 
Bruto    soy  en   querer  a  un   dueño    ingrato; 
Aunque   como  hombre   culpo   su   defecto: 
Mas  adorando  á   Ddris,    no    disputo 
Sobre  si  bien  soy  hombre,  ó  bien  soy  bruto* 


251. 


MOPSO. 


Fuerza   será    dejarte   en    tu   locura 
Cuando  el    tirano   amor  te  tiene   ciego: 
No  tienes    ¡ay  de    tí!  no  tienes   cura, 
A  mi  consejo   opuesto,  y  a   mi   ruego: 
Mas  si  algo    te   merece   mi  ternura 
A   mi  cabana  ven  conmigo  luego: 

FENICIO. 

Cuanto  fuere    tu  gusto   á   mi  alma   pide; 
Menos  el  que   de    Doris    cruel  se  olvide. 

Que    aunque    me  aviente   la  fortuna  airada 
A   la  región    ardiente,   d    á  la  fria, 
Y   la  esperanza  llore   retirada 
De    volverla    a  gozar   en   algún   dia, 
En    mi  memoria  siempre  colocada 
El  ídolo   será    de  la   alma  mia: 
Así   Doris   verá   por  mis  amores 
El   amante  mas  fiel   de  los  pastores. 


25«- 


POETA. 


La  caiTOza    clorada 
Del   inflamado    intrépido    Faetonte 
Rodaba  acelerada 

Tras   de  las  cumbres  del  soberbio    monte. 
Sepultando    sus  rayos  carmesíes 
Entre    nubes   de  rosas  y  alelíes: 

Cuando  los   dos    zagales, 
Dejando  del    desierto    la   aspereza, 
Sus  amorosos  males 
Cantaban   por  alivio  á  su  tristeza: 
Costumbre    muy  antigua  en  los  pastores 
En  triste   soledad  cantar  amores. 

Al    alvergue  llegaron 
Habiéndose  ocultado    el    febeo  coche 
Entre  las  que  bajaron 
Oscuras  sombras   de  la   negra  noche, 
Y  entonces   cada   cual   se   recogia 
En   su  pajizo  lecho  hasta   otro   dia. 


»53' 

ÉGLOGA  SEGUNDA. 

LA   PASTORA  MAS  FIEL 

DE    LA    CABaSa, 

DEDICATORIA. 

Fileno,  sabio   pastor, 

si  á   tí   se   quejo    algún  dia, 
como  sé,    la  Doris    mia, 
de    que    olvidaba   su   amor: 

Oye  en  mi  voz   su    dolor; 
mas   sin   hacer  de  esto  juicio, 
pues  si  del  triste    Fenicio 
llega    a  tí   la   voz    confusa, 
es,    porque    quiere  mi    musa 
hacerte    algún    sacrificio. 


254. 
ADVERTENCIA 

DEL    AUTOR. 

Para  poner  de  algún  modo  ínter* 
valo  á  las  tristezas  de  la  vida^  nos  pro" 
pusimos  tres  amigos  el  asunto  de  una  égloga 
que  espresara  los  sentimientos  de  una  muger 
zelosa.  Yo  que  con  bastantes  motivos  juzga^ 
ha  á  cierta  dama^  bajo  el  nombre  de  Z)o- 
risj  con  achaques  de  esta  pasión^  produje  la 
siguiente  piececilla^  que  viene  á  ser  como 
una  respuesta  de    mi  égloga  anterior. 


255- 

ÉGLOGA. 

POETA,    DÓRIS,    FILOMENA. 


POETA. 

Cuando  en  el  horizonte 
Apagada  la  luz,   la    noclie   daba. 
Para   salir    del    monte. 
Acelerados   vuelos,    y    entonaba 
Su    precursora   tropa  tristes   ecos 
Sobre  rudos   peñascos,   troncos  secos: 

Ddris,    la  zagaleja. 
Encanto   de   los   rústicos    pastores. 
De   su  casa   se  aleja 
Llorando   de    Fenicio  los    rigores, 
Sin    tener  de    su    llanto   lastimoso 
Mas   testigo    que  el   bosque   silencioso. 


A  la   margen  se   sienta 
De    un  aiToyuelo,    miísico  del   prado, 
Y    á   su    compás    atenta. 
De  congojas  el    pecho    traspasado, 
El    silencio  rompió,    dando   á  los   vientos 
Estos    de    su  dolor  tristes   acentos. 


DORIS. 

Aquí    la    vez    primera 
Fenicio  me  ofreció   tiernos    amores; 

Y  aquí   la  vez   postrera 

Ha  de  ser  de  mi  vida  y  sus  rigores: 
Que  este  lugar  destina  la  cruel  suerte 
Por  teatro   de   mi    vida,   y    de   mi   muerte. 

Vosotras,  flores    bellas. 
Que   de   Fenicio   visteis    las  caricias, 

Y  vosotras,    estrellas. 

Que   envidiasteis    acaso    mis   delicias, 

¿No  os  mueve  á  compasión  tan  cruel  mudanza 

Que    acaba  con  su  amor  y  mi  esperanza? 


«57- 
Fenicio,  ya  estés   ahora 

Ofreciendo   tu   afecto   en   los  altares 
De  otra   incauta    pastora, 
O  ya    estés    entonándole  cantares, 
Después   de    haber  llevado  sus  ovejas; 
Como  quiera   que  estés,    oye   mis   quejas. 

Si  á   tan    mortal  olvido 
Habías   de    condenarme,    ¿por    qué,    fiero. 
Mostrándote    rendido 
Me   ofreciste    un    amor    tan    lisonjero? 
O    si    es    verdad   que  entonces  me   querias, 
¿Donde  está  aquel    amor   que   me  decias? 

Luego    ya    por   ingrato 
Desde    hoy  en   adelante    he  de    tenerte, 
Pues    tu   engañoso   trato 
No    me  dicta  juzgarte    de    otra    suerte: 
Mas    ¿qué  satisfacción,    qué    recompensa 
Puede    ser   de  mi  mal   y   de    tu    of^^nsa? 

Si   mientras    ofendida 
Yo   te  culpo    de   infiel,    tií    en   otro  ejnpeño 
Acabas    con  mi    vida, 
¿Coma   será   posible,  ingrato    dueño, 


258. 

Que  de   mi  antigua  paz  la  dulce  calma 
Vuelva   á   la  posesión    de    toda  'mi   alma? 

No,   Fenicio,    no    es    dable 
Que    de    mi   pecho   arranque    los    rezelos, 
Con    que    se  hace  implacable 
La  guerra  cruda   de  continuos  zelos: 
Yo  me  siento    morir.,  si  de  mis  males 
No  se  duelen  los   dioses   celestiales. 

¡Cuanto  mejor   me  estaba 
No  haber  correspondido    á  las   finezas 
Con    que    me  señalaba 
Otro   tiempo  tu    amor  entre   bellezas! 
Quizá  no  echara  menos   la    alma    mia 
El  sosiego  que    tuvo  en  algún  dia. 

¡Oh   tiempo   venturoso 
Antes  que   yo  á  Fenicio  conociera! 
¡Tiempo!  ¡tiempo    dichoso 
Que  me  veia   con    cara  placentera, 
Cuando  de  aquel   arroyo  en    las  orillas 
Triscaba  con  las  otras  pastorcillas! 

Mas    hoy   aprisionado 
Mi   desgraciado   amor  se  llora  ciego; 


259- 

Y  en  un   mar  alterado 

Bebiendo    sin   cesar  olas   de  fuego 
Naufraga   la  razón:    ¡cuanto  perjuicio 
El  engaño   me    trajo   de  Fenicio! 

¡Oh   vosotras,    deidades. 
Que  cuidáis   de  estos   páramos  sombríos^ 

Y  de  estas  soledades 
Dedicados   tenéis  los    sacros  rios. 

Si  os  mueven  mi  dolor  y  mis    pesares, 
Sacrificio    seré    a   vuestros    altares. 

Vosotras,    sí,    por    quienes 
Tantas    veces    Fenicio  me  juraba 
Sus  afectuosos  bienes, 
Mirad    que  vuestro   honor  se  menoscaba, 
Si  de  mi  triste    voz  las    grandes  quejas 
No  mueven    á  piedad  vuestras  orejas. 

Y   pues  que   de    Fenicio 
Contra   vos  se    declaran  las  ofensas, 
Recóbrese    mi    juicio, 
Que  el  ingrato  tendrá   las  recompensas 
En  celestiales  iras.    Entretanto 
Cilme  el   dolor,   enjugúese   mi  llanto. 


26o. 
Mas  ¡ay!  almas  deidades, 
Suspended  vuestro   brazo   vengativo; 
No   mis    penalidades 
De  su  desgracia  sean  triste  motivo; 
Mas   antes   pague  yo  vuestros  enojos, 
Y  vuelvan  á  llorar  mis  turbios  ojos. 


POETA. 

Aquí  la    voz  doliente 
Con  los  tiernos  suspiros  se  embargaba; 
Pero  el   llanto   elocuente 
Que  en  sus   mejillas  rojas  derramaba, 
Para  afear  de  Fenicio  los  agravios. 
Hizo  las  veces  de  sus  bellos  labios. 

Clamorosos   gemidos 
Y  lastimosos    ayes  traspasaban. 
Por  el   aire    impelidos, 
Las  débiles   paredes   que   formaban 
Una  cercana  choza  en  que  vivia 
La  amiga  mas  discreta  que  tenia. 


26l. 

Esta   era    Filomena, 
Con  quien  había  otras  veces   conferido 
La   causa   de  su  pena, 

Y  la  que  habiendo  el  eco   conocido 
De    su  amiga,  dejo   la   dulce  cama, 
Llevada  del*  acento  que  la  llama. 

Presa  la  hallo  en  los  lazos 
De  un  violento  desmaj^o,  por  el   suelo: 
Tómala  entre  sus  brazos, 

Y  procurando  darle  algún  consuelo, 
Después    que  ya  del  éxtasi  volvia, 
Así  con  blandas  voces  le  decía: 


FILOMENA. 

¿Hasta  cuando*  tus  ojos 
Dejarán  de  llorar,  Ddris    querida. 
Los  injustos  enojos 

Con    que  Fenicio  cruel  te   tiene    herida? 
¿Hasta  cuando   tendrán  con  tus   Límentos 
Lúgubres  quejas  los  sonoros  vientos? 


26f. 

No  hay    hora  en  que  con  llanto 
No  des  de  tu  dolor   amargas  señas, 
Moviendo    tal   quebranto. 
Que  parece  lo  sienten   aun  las  peñas: 
No  hay  hora  en  que  no   suene  tu  amargura, 
Sea   del   dia   claro,  ó  de  la   noche  oscura. 

Si    esa   corriente    fuera 
De   modo    que  á    Fenicio  caminara, 
No  era  mucho  corriera 
Llevándole   las  rosas    de  tu   cara: 
Esperaras  tal   vez  su  afecto  entonces. 
Si    hay  lágrimas   que  ablanden  á  los  bronces. 

Pero    si  la    fortuna 
Descamina   tu   voz,    y   nada  medras, 
Tu  querella  inportuna 
Quedará   sepultada  entre    estas  piedras. 
Mientras  que  en  otras  aras  tu  Fenicia 
Consmna  de  su  amor   el  sacrificio. 

DÓRIS. 

Nada  menos,  amiga, 
Que  á  los  oidos  de  un  pérfido  me  queje, 


263. 

Y  que  ruegos  le  diga. 

Para   que  vuelva   á  mí,   cuando  á  otra  deje: 

De   ninguna  manera,    porque  haría 

Su   dureza  mayor  la    queja  mia. 

FILOMENA. 

¿Luego  sin  esperanza 
Lamentas,    maltratando  tu   hermosura^ 
De   que  tendrá  mudanza 
Tu  desgraciado  amor,   tu   desventura? 
íQué  poco  juicio   ¡ay  Ddris!   acreditas 
En  tiempo  que  mejor  lo  necesitas! 

^  DÓRIS. 

Sin  esperanza    lloro, 
Es   cierto,   de  ser   ya  dueño  absoluto 
De   lo   que   mas    adoro; 
Mas    cuando    al  suelo  lágrimas  tributo. 
Discurro    ¡ay    triste!    que   en  remedios  tale» 
Una  parte  desahogo  de  mis  males. 


264. 

FILOMENA* 

Llora   pues,     Ddris  mía; 

Pero  treguas  permite  á   tus   querellas: 

Acuérdate    del    dia 

En    que  dando  tu    sol  sus  luces  bellas, 

Alegrabas  los    rústicos    pastores 

Como  el    alba    á  los   dulces  ruiseñores. 
Acuérdate    de   cuando 

Despidiéndote  amor  doradas  flechas, 

Las   ibas   rechazando 

Y   caian    á    tus  pies  luego  deshechas: 
Victorias  que  te  hacian   en  h  cabana 

Honores,    como  á  Diana    en  la   montaña. 

Y  acuérdate  de   aquellos 
Alegres  tiempos,  cuando  en  la  floresta, 
De    ramos  los   mas  bellos. 
Pasando  los  ardores    de   la   siesta, 
Con  coronas   cantábamos  y  pahuas 
La   dulce  libertad  de   nuestras  almas. 


265. 

DÓRIS. 

Antes  con  la  memoria 
De  mi  pasado  bien,  mi  mal  se  aumenta^ 
Y  perdida  mi   gloria, 
Un  infierno  á   los   ojos  se  presenta. 
¿Quien,  Filomena    amiga,   quien  pensara 
Que  mi  gloria  en  infierno  se  trocara? 

FILOMENA. 

Si  de   las   sugestiones 
Del  amor    en  el  pecho    de  quien   ama 
No  triunfan   las   razones; 
Emprendo   inútil   apagar  tu  llama; 
Pero  ya   es   hora  de  buscar  sosiego 
En   nuestras  dulces  camas. 

DÓRIS. 

Vamos   luego. 
18 


V66. 


POETA. 


Con    amorosas    quejas, 
AI  juntarse    la  noche   con   el   día, 
Las    tristes    zagalejas. 
Por   temor  de  la  luz   que  la  alba  envía. 
Se  despidieron   dándose  un   abrazo, 
Poniendo  para  verse  corto  pJazo. 


267. 

ÉGLOGA  TERCERA. 

Despídese  Silvio  de   Clori. 
SILVIO,    POETA. 

POETA. 

Viendo  Silvio    que  Clori   se  ausentaba 
En  fuerza  de    los  hados  rigurosos, 
Al    pecho  la    estrechaba, 
Y  con   suspiros    tiernos   y    amorosos 
Su   dolor  de  esta    suerte  la  espresaba, 

SILVIO. 

¿Te  vas?  ¡ay  Clori!  ¿conque  la   fortuna 
Rompe  los  fuertes  lazos 


268. 

De  lina  estrecha  amistad  mas  que  otra  alguna? 
¿Conque  dejas   por  ultimo  mis  brazos? 
¿Los  dulces  brazos  de  tu    Silvio  dejas? 
¿Dejas  mi  corazón  que  por  la  beca 
Repitiéndote  está    sus  blandas    quejas? 
¿Te  has  transformado   acaso  en   dura    roca, 
Que  dejas  á    tu  Silvio   en   triste    calma 
Sin  su   Clori?  ¿sin  tí?   ¿sin   toda  su  alma? 

Mas   ¡av!    que  si  la  estrella 
De  mis  brazos  te  arranca,  ¿por  qué  lloro 
I\Iotivo3  que  no  das,    mi   Clori  bella? 
La   estrella    me   arrebata  el   bien   que  adoro. 
A  DioB,    Clori,....  ¿te    vas?  sí,  que  la  suerte 

Con  tu   ausencia    procura 

Procura ¡ay!  sí,   procura  darme  muerte. 

Privándome   de    toda  mi  dulcía. 
Y  puesto  que   la    fuerza 

La  incontrastable   fuerza  del   destino 

No  hay   brazo  que   la  tuerza, 

Anda,   mi  Clori,  empieza  tu  camino» 
Mas  no.   Clori,   te  aguarda: 

¿Olvidará*  de  Silvio  la  ternura; 


269. 

Si  acaso  para  verte  el  tiempo  tarda? 

¿Olvidarás  que  ha   sido  tu  hermosura. 

Tantas  dichosas   veces   adorada, 

Ea    lo  mejor  de  su  alma  colocada? 

No   lo   permitas,  Clori,  ¡ay!  ten  presentes 

Del  corazón  m  is    fiel  tantos  amores. 

Que  á  prueba  de  otros  muchos  pretendientes. 

Envidiosos   pastores, 

Me  hicieron  dueño    al  fin    de  tus  favores. 

Sí,  Clori:  que   aunque  ausentes 

Estemos,  y  en  las  tierras  mas  distantes. 

Yo   te   prometo,  por  aquella  gloria 

Que  me  causo  el  triunfar  de  tus  amantes. 

El   que  siempre  estarás   en   mi  memoria 

En  mi  memoria,    siempre   agradecida 

Al  honesto  recato 

De  tu  amoroso  trato; 

Y  muy    reconocida 

A    la  sagrada  fe  comprometida 

Con  juramentos  tantos, 

Que  por  los  dioses  santos 

Hicimos,  cuando  en  mas  dichoso  dia 


270. 
Yo  me   nombre    por  tuyo^    y  tií    por  mia. 

¿Lloras,  mi  Clori?  no,    no  tus    ojuelos, 
Corriendo  en  tus  mejillas, 
Como   dos  arroyuelos, 
Se  arrebaten  las  tiernas  florecillas. 
¡Ay!  véncete   á  mi  ruego: 
No  eclipses   de  tu  cielo  peregrino 
En  cada  niña  un  sol  de  blando   fuego: 
No  llores,  Ciori,  sigue  tu   camino. 


POETA. 


Con  estas  espresiones  de   ternura 
Silvio  de  su  zagala  se  despide. 
Quien    con  llanto  esplicaba   su  amargura, 
Que  á  su  labio  de  rosa    hablar  impide: 
Danse  el  postrer   abrazo; 

Y  desunido  el  amoroso  lazo, 
Los   últimos  á  dioses  se    dijeron 

Con   ayes  tan  del   alma   prorrumpidos, 
Que    las  Driadas  y  Faunos   se   movieron, 

Y  en   ecos  repetidos 

Desde  sus  hondas   cuevas  respr^ndieron. 


ÉGLOGA  CUARTA. 

Llora  Silüio  la  ausencia   de    Clori. 
SILVIO,    POETA. 

POETA. 

Como  suele  el  amante    pajarillo, 
Para  aliviar  su  corazón  doliente. 
Quejarse  sobre  'algún  verde  arbolillo 
A  su   consorte  ausente: 
El  triste  Silvio  sin    su  Clori   amada 
Llora  su  desventura, 
Y  en  el  silencio   de   la    noche    oscura 
De  este  modo  su  pena  fué    espresada. 


272. 


SILVIO. 


La   cara  troco  el  mundo: 

Y  así  como   en  la   noche  oscura    y  triste, 
Un   estrafío     silencio   el  mas    profundo 
Respira  el  campo    desque    tu   te    fuiste. 
Ya  no  alegra  la  luz  que  la  alba  embia, 
Ni  las  aves   canoras 

Su  voz  desatan    ya  con  alegría. 
Tristes  corren  las  fuentes  mas  sonoras, 

Y  aun  las  flores  ya  niegan   su  fragancia. 
Con  razón  la  distancia. 

Que    nos  separa  causa  mis   desvelos. 

¡Oh  si  te   viese  ahora, 

Bellísima    pastora! 

¡Ay!    tráigante  los   cielos, 

Que   muero  por  la    luz    de  tus  ojuelos. 

No    me  cabe  el   dolor   dentro  del  pecho, 
Serranilla    graciosa, 
Cuando  pongo  los  ojos  en  el  techo 


273- 
De  tu  mandra   (i)   dichosaí 
Ya  no  se  ve  blanquear,   como    solía, 
Con   tantas   palomitas   melindrosas: 
Que  como   echaron   menos  tu   presencia, 
Quizá    á  buscar  se    fueron  su    alegria. 
Si   estuviesen,    aun  creo  que  llorosas 
Al    triste   Silvio  hicieran  compañia. 
Date   prisa   á   volver,  zagala  mia. 
¡Ay!    tráigante  los    cielos, 
Que    muero   por  la  luz   de   tus   ojuelos. 

Tus    mansas  inocentes   corderitas 
Ni  se    alegran,    ni   buscan    por    el    prado 
Como  de  antes  las  nuevas  yerbecitas. 
¡Pobrecillo    ¡ay!    sin    tí  de   tu   ganado! 
Y   cuando    llega  la  hora 
Que  del  redil    las    saque  su    pastora, 
La  llaman  con  tristísimos    balidos: 
A   faii  grande  dolor  les  acom]:ai1a 
Coii   ecos  repetidos 


(  I.  )  Mandra^  albergue  pascoral.     A. 


274- 

La  lóbrega  mañana. 

Y  desde   aquel  instante   el   mas  penoso, 

En    que  se  vio  la   pastoril  cabana 
Sin    tu  rostro    precioso, 
Una  noche  sombria 

Parece   que  se    estiende   por  toda    ella, 
Aun  cuando  el   sol   está   en    el    medio  día. 
¡Ay  serranilla    bellaj 
¿Si   volverá    á  este   campo   su   alegría. 
Que  con   ansias   espera   la   alma    mía? 
¡Av!  tráigante  los  cielos, 
Que  muero    por  la  luz    de  tus  ojuelos. 
Admite,  corason,    algún  sosiego, 

Y  aguarda    con  el  tiempo   la  venida 
Da    tu  Clori    querida. 

Que    enjugará   este   llanto  en   que  me  anego. 
Acaba  de  llegar,    alegre    día, 

Y  tendrás,  no  hay    que  hacer,  en  mi   pastora 
Blejor  regazo  que  en  la  blanda  aurora. 

¡Ay,    zagaleja    mia! 

TCuaiito  tus   ojos   tardan 

En   alegrar  los  mios  que  te  aguardan! 


275- 
¡Ay!   tráigante  los  cielos, 
Que  muero  por  la  l\íz  de  tm  ojuelos^. 


Poeta. 

Calló   el    pastor  amante, 
Y  la   pesada    noche  tenebrosa 
Lo  retira    á    su   mandra    silenciosa 
Sin   que   el  dolor  lo   deje   un    solo  instante. 


376. 

ÉGLOGA  QUINTA. 

Celebra  Silvio    la  vuelta  de  Clori. 
SILVIO,   POETA, 

POETA. 

Ya   de   los   montes   el  invierno  cano 

Retirado    se   habia, 

Cuando  Silvio  volvia 

A    ver    de   Clori  el  rostro  soberano. 

De    su   torneada    mano. 

Que  á  la    boca    llevaba    muchas   veces 

Con   gratas  sencilleceSj 

Cariñoso   la    toma: 

Sobre   la  verde  yerba  de  una    loma 

La   sienta,  y   á  su  lado 


277- 
La   requiebra,   cual  suele  en  el  techadd 

Simple   palomo   á   candida  paloma* 


SILVIO. 

Bellísima    serrana. 
Prodigio    celestial,    todo   bien  mió, 
Grata  a    mis   ojos    mas  que  en   la   mañana 
Á   las   sedientas  flores  el    ropo: 
Pasó    la  noche  oscura, 
Que  lloraba    con    lágrimas  eternas: 
El    suave   resplandor,    las  luces  tiernas 
De    tu  blanda  hermosura 
Disipa    mi  tristeza: 
Igual  es    tu   belleza 
A   la  que   tiene   la    rosada   aurora. 
Cuando,   rompiendo    los  nocturnos   velos. 
Alegra   los  espacios  de  los  cielos, 
Y    las  coronas  de    los    montes    dora. 

Pájaros    dulces,    que   en  pajizas   camas 
Gratas  consortes  requebráis  contentos, 


278. 

Salid  alegres  á   las  verdes  rajBas: 
Desatad    vuestros   músicos  aqeitíos, 
Y   esparcid  en   los  vientos 
Vuestra  sonora    plácida  armonía, 
Pues  ha    llegado  la  7/agala  mia. 

Salid  ya  del  establo,    corderillos^ 
Que  en  el    campo   os  espera 
Producción  olorosa    de  tomillos, 
Que  con  Clori  os  envió   la  primavera. 
Subid  al   monte,    bajad  á   la   ribera: 
Dad  saltos  de   alegría, 
Pues  ha  llegado  la    zagala   mia. 

Amantes    zaga'ejas, 
Que  en  el  fértil   sembrado   de  amapolas 
Soléis  cantar  á  solas 

De  un   mal  pagado    amor  las  tiernas  quejas. 
Vuestros  amargos   lloros 
Conviértanse    hoy   en  cánticos    sonoros 
De  alegre   melodía, 
Pues  ha  llegado  la  zagala  mia. 

Templad   los  agradables  caramillos, 
Porque  en  lo   mas  sabroso   de  la  siesta, 


«79- 

Miísicos    pastorcillos, 

Haremos    nuestro    baile  en  la  floresta 
A  la  usanza   de   simple   serranía, 
Pues  ha  llegado  la  zagala   mía. 

POETA. 

A  seguir  iba   Silvio;  pero  viendo 
La  carroza  del  sol,  que  iba    subiendo, 
Se  retira  á  su    albergue    en  compañia 
De    Clori,  y   observando  los  pastores 
Sus    festivos  empeños, 
Se   dispusieron  todos  á  porfía, 
Para  alcanzar    favores 
De  sus   hermosos   dueños: 

Y  á   la  siesta    en  el  campo  se  juntaron, 

Y  la  vuelta  de  Clori  celebraron. 


28o. 


SONETOS. 


28í. 

SONETO   I. 


Influjo   del   amor^     imitando    el   artificio    del 
primer   soneto  de  Don    Tomás  de   Iriarte. 


Célebres  calles  de   la   corte    indiana, 
Grandes   plazas,    soberbios    edificios, 
Templos    de  milagrosos   frontispicios. 
Elevados  torreones   de  arte   ufana* 

Altos  palacios   de  la   gloria    humana, 
Fuentes    de    primorosos  artificios, 
Chapiteles,  pirámides,  hospicios, 
Que    arguyen    la    grandeza  americana: 

¡Oh   México!   sin  duda    yo    gozara 
Del    gusto   que  me    brinda  tu    grande/a, 
Si   cauüa  superior    no  lo  estorbara. 

De  tu   suelo  me  arranca  con  presteza 
El    suave   influjo   de  la  dulce  cara 
De  una    agraciada  rústica   bdkza. 
19 


sSa* 
SONETO  IL 

Recuerdos  tristes. 


Cuando    tu  blarca  frente   yo  cefíia 
De   yedra  azul,    y  de    encarnada   rosa, 
Cuando    en  el   íértil  prado,  y  selva  umbrosa 
Mil  cariños  muy   dulces  te    decia: 

Cuando  de   agreste   flauta    me    servia 
Para   cantar  tu    cara   milagrosa, 
Cuando  en    nuestra   cabana  venturosa 
Me    nombraba  por  tuyo,  y  tú  por  mia: 

Cuando....  mas  no,  no  quieras,  Clori  amada, 
Que  refiera  mas  gustos,  pues   no  intento 
Que    gima  la  memoria  lastimada: 

Iba  á  decirte,   que    en   aquel    momento 
Que  recuerdo  la  vida  ya   pasada, 
Ne  sé  como  no  muero  de  tormento. 


é83. 
SONETO  III. 

A  Clorila    en  tres  meses   de  ausencia. 


Tres  casas   visito,    Clorila   hermosa, 
El    sol  dorado  desde  el    triste  dia 
Que  á  mis    ojos    robaron  su   alegria 
Con   privarlos  de  ver  tu   luz  preciosa. 

Desde  entonces  ¡ay  triste!  no   hallo  cosa 
Que    no   sea  de  dolor  al    alma  mia, 
y  los  males  parece  que  á   porfía 
Me  disponen    la  vida  mas  penosa. 

Mas  si  del)en  hallar  correspondencia, 
Cuando  los  tiempos  entren  en  bonanza, 
Los   males    rigurosos   de    la    ausencia. 

Consuélame,  Clorila,    la    esperanza 
De  que  tu   dulce  y  celestial  presencia 
Sanará   mis  dolencias    sin  tardanza. 


284. 

SONETO  IV, 

El  deseo. 


Con  alas  vuelo   de   íiimortal  deseo 
Al    campo   de   mi  grata    pastorcilla: 
Flores  ln  hallo  cojieiido    acia   la  orilla 
De  una  ñieníe   que  es    todo  su   recreo: 

En  su    falda   las  echa;  yo  la    veo 
Cortar  de    verde  sauce    una    ramilla, 

Y  con  nardo,   violeta,   y  maravilla. 
Una    guirnalda  trenza   con    aseo. 

Cuando  en  sus  hebras  de  oro  la    ponia, 
Los  pájaros  cantaron  dulcemente, 
Juagando  que    era    la   alba    que    salia: 

Esto  cantaba    Silvio   estando   ausente, 

Y  ansioso    de    la   alegre   compañía 

De  Clorilaj  á    quien   ama  tiernamente* 


285. 

SONETO  V. 

jS/  sueño  en  el  dia  de   Clori. 


Estando   ausente   de    mi    Clori   amada, 
Y  llegado  que   fué   su    alegre  dia. 
Púsome    en  su  sabrosa  compañía 
Dormido,    la  visión  mas   regalada. 

En  mi  amoroso   pecho  reclinada, 

Los  requiebros  mas  dulces  le  decia: 

Eila   con  blanda  voz    me  respondía 

En  su   labio   de  rosa  embalsamada. 
1 

Parecíame  mirarla   con   los  ojos: 
Mas  tocado   de  envidia    el   dios  Morfeo, 
Tuvo  zelos,    no   hay  dudí,  y  diome   enojos: 

.  Y  d^l  csíasi,  Qorij  en  que  te  veo^ 
Vuelvo  ¡ay  triste!  llaranda  los  despojos 
Con  que   el  sueño   engañaba  á  mi   deseo. 


286. 
SONETO     VI. 

El    ruego   amoroso. 


Acaba    de  llegar,   zagala    mía, 
Al  delicioso  campo,  do   te   espera 
El    blando    resplandor,   la  luz  primera 
Del   muy  risueño,    del    reciente   dia. 

¡Si   llegases    ahora!    ¡qué    alegría 
*Por   todo  el  ancho     valle  se  esparciera! 
Con   frescas  rosas  la   alma  primavera 
Tus   sienes   al  instante  ceñiría. 

Cantárate  de  amor  requiebros  suaves, 
Con  cántico  mas  dulce  que  á  la  aurora 
El  coro  alegre   de    las  dulces  aves.... 

Qué   ¿no    llegas,    bellísima  pastora? 
Acaba  de   aliviar   las   penas   graves 
Del  triste  Silvio  que  tu   ausencia  llora. 


SONETO    VIL 

Resolución   del  amor. 


En  el  funesto  potro  de   una  cama, 
Que  el   impulso  del   mal    labro   violento: 
A  las  sangrientas  manos    del   tormento, 
O  la    muerte,   6  la  vida    un  triste  llama: 

Los  que  escuchan  las  voces  con  que  esclama, 
A   delirio   atribuyen  su    lamento; 
Mas  yo    que  á  semejanza    suya    siento, 
Tengo    por  bien  el   mal  que  ansioso    clama. 

Pues  aunque   el  fin    mortal   le  atemoriza. 
No  logrando   descanso,  mira  cierto 
Que   en   su   dolor   la    muerte   se   eterniza: 

Así  mi   corazón  del    fin    incierto. 
Cuando  enfermo    de  amor  triste   agoniza, 
De  una  vez   quiere  ser,    d  vivo,  d  muerto. 


288. 

SONETO  VIIL 

La  separación    de   Clorila. 


Luego    que    de  la  noche  el  negro  velo 
Por  la   espaciosa  selva    se  ha  esíendido, 
Parece   que  de   luto    se   han  vestido 
Las   bellas  flores    del    ameno    suelo. 

Callan   las    aves,    y    con   tardo  vuelo 
Cada  cual   se    retira   al    dulce  nido: 
¡Qué  silencio   en  el  valle  se   ha   esparcido! 
Todo    suscita  un   triste    desconsuelo. 

Solo   del  Buho  se  oye    el  ronco    acento. 
De  la   Lechuza  el    eco    quebrantado, 
Y    el    medroso  ladrar   del  Can  hambriento. 

Queda    el  mundo  en   tristeza    sepultado, 
Como  mi  corazón,   en  el   momento 
Que  se  aparta  Clorila  de   mi  lado. 


tSg. 

SONETO    IX. 

La   triste    ausencia. 


Su  manto  recogió  la   noche  oscura 
Que  cobijaha  al    mundo    tristemente, 

Y  abriéndose  las    puertas  del    oriente 
Se  asoma  á   su  balcón   la    aurora    pura. 

De  la  fresca  arboleda   en    la    espesura 
Los   zéfiros    susurran   blandamente: 
Desata  el  arroyuelo  su  corriente, 
y  por  márgenes  verdes  se  apresura: 

Sus  fragancias    respiran  flores  suaves, 

Y  llenando   los    vientos  de    armonía 
Requiebros    trinan    las  parleras   aves: 

Todo  el   mundo    se   llena   de    alcgria: 
Menos  yo^  que  en  mis  penas  siempre  graves, 
Ausente  estoy  de   la   zagala  mia. 


5go. 
SONETO    X. 

A  la  vuelta  d$    Clori* 


Ya  vuelve  la    deseada    primavera 
En  alas  de  los  blandos   zefirillos 
Y   el  coro  de  los  dulces  pajarillo3 
Con  su  voz  la  saluda   lisonjera. 

Del   abundoso    rio  la    ribera 
Atrae  con  el  olor  de  sus   tomillos 
A  los  simples   y  mansos    corderillos 
Que  fatigan  del  monte  la  ladera. 

Su  zampona   el  pastor    ya  templa  ufano 
Para  cantar   amores   con    terneza 
A  su    zagala  por  el  verde  llano. 

Se  alegra    la    común    naturaleza 
Cuando    vuelve  la    ninfa  del  verano, 
Como  yo  cuando  vuelve    tu  belleza. 


agí. 
SONETO  XL 

A  Clori   en  el  campo* 


A    dd  quiera  que  vuelve  el  rostro  hermoso^ 
El  rostro  celestial   la   Clori    mia, 
Esparce   con  sus   ojos   la   alegría: 
Tal  es  de   alegre   su  mirar  gracioso. 

Un  caos  parecíame    tenebroso 
El   campo,  cuando  á  verme   aun  no    salía; 
Mas  después  que  asomo    su  claro  día, 
Me    parece  un    oriente  luminoso. 

¡Ay!  mírame,  zagala;  y  tus  ojuelos, 
Con  cuyas  blandas  luces  resplandeces. 
No   los   cubra  la  ausencia   con    sus   velos: 

jAy!  mírame   otra   vez,    y   otras  mil  veces, 
Que  el  sol  no  es    tan  alegre  por  los    cielos. 
Como  tií  por  los  campos  me  pareces. 


392. 

SONETO    XII. 

Las    trampas    de   la    cautela. 


Con  siis   pintadas  alas  rasga   el    viento 
De    libertad  gozando  un  pajarillo, 
Y   cantando  desde  un    verde  arbolillo 
Participa   á   los   prados   su   contento: 

Pero    apenas   desata    el    dulce  acento, 
1    el  agradable    son  de  su  piquillo, 
Cuando  el   mas   cauteloso   pastorcillo 
Mil  redes  le   dispone  aquel  momento. 

A  cautiverio  duro    reducido, 
Melancólico,  triste,    y  pesaroso. 
En  lá2[rimas    su    canto   ha    convertido: 

¡Ah  paj arillo  incauto!    riguroso 
Es   tu    estado   infeliz,   porque  has   caido 
Como  yo,  en  la  red  del   cauteloso. 


293- 
SONETO    XIII. 

De    agradecimiento. 


'"No    necesitas,  no,   niña  preciosa, 
De    tu   garbo,    donaire   y   gentileza: 
Para  ser   estimada   con    presteza, 
Eres  á   mas  de  linda,    muy  graciosa. 

Estando  en   la   ciudad   mas    populosa, 
Cual   viajante,   cfae    yerra   en  la  maleza, 
Mereció    mi    carino    tu    terneza: 
¿Puede   darse   entre  dichas  mayor  cosa? 

Mil   gracias    te  repito   cada  dia, 
En  la  noche,    en  la    tarde,   en   la   mañana, 
Recorriendo   tu   amor  y   gallardia: 

Y  a   pesar  de   la    ausencia    mas   tirana, 
Un  altar   te    levanto    en  la  alma  mia. 
Donde  adoro  tu  imagen  soberana. 


294* 

SONETO    XIV. 

De    la  hermosura. 


Mira   esa  rosa,   Lisi,  en  la  mañana 
Con    las  perlas  del  alba  enriquecida, 

Y  en  trono    de    esmeraldas,    tan    erguida 
Que   parece  del  campo  soberana. 

No  tarda,    aunque    la    miras    tan    ufana, 
En  verse  por  los  vientos  sacudida, 

Y  advertirás     entonces    convertida 
En  mustia  palidez  su    hermosa  grana. 

No  de    otra  suerte,    Lisi,    tu    belleza, 
Cual  si   de  eterna   fuese  su   esperanza, 
Te  adorna  de  gallarda  gentileza; 

Pero   vendrá  la    muerte   sin  tardanza, 
Y  marchito   el  verdor  de  su  entereza, 
Del  trono   la  hará  caer  de   la   privanza. 


^95- 
SONETO   XV. 

De   la  juventud. 


¿No  ves   ese  clavel  ya  deshojado, 
Por  la    crueldad   del   cierzo  enfurecido: 
Tan  muerto,    que  parece  euLernecido 
Las  exequias  le  canta  triste  el  prado? 

Pues   ayer  se  ostento    tan   encarnado^ 
Tan    fragante,    tan  verde,    tan  lucido, 
Que  entre  el    vistoso  ejército   florido, 
Por  galán   de   la  selva    fué   estimado. 

Así  será  tu  muerte   lastimosa, 
Y   no  tarde  tampoco;   aunque   reflejo. 
Que   presumes  de  una  alma  muy    fogosa, 

¡Pronostico  fatal!  mas    te  aconsejo, 
En  premio  del    retrato  de   la    rosa, 
Que  este   clavel  te  pongas  por  espejo. 


296. 

SONETO     XVI. 

Clori  á  Lisu 


¿Para  qué,    bella  Lisi,  el   triste   caso 
De  la  parca   fatal  tu   musa  entona, 
Si   con   lúgubres  metros  me  ocasiona 
Recuerdos  de  mí  mona  en  el   ocaso? 

No  llores,   Lisi;  mas  si  el  llanto    acaso 
De  justicia   se  debe  á    su  persona, 
Lloremos  ambas  mi  difunta  niona^ 
Llevándola    con  versos  al  parnaso. 

Mientras  vivid  ¡memoria  lastimera! 
Nos   halagaba,    acaso    agradecida. 
Si   no  á    nosotras,    al    durazno  d  pera: 

Y  al  hacernos  su  eterna  despedida. 
Nos  recordó  en  su  escena  postrimera, 
Lo  que   somos    ¡ay  Lisi!   en   esta   vida. 


297- 
SONETO  XVII. 

Contra  el  amor  común. 


Tienes   una  alma,   Gil,   tan  afectuosa, 
Que  con   el  ciego  dios  hace   pareja, 
Ni   hace  gesto  á  la  moza,  ni    á  la  vieja, 
Quiere  tanto  á  la  fea,  como  á  Ta  hermosa. 

¡Dichosa  ella   mil  veces!    sí,   dichosa, 
Que   entre  buenas  y  malas  se   festeja, 
Conforme  con   el  uso   de  la  abeja, 
Que  no  hace   entre  las  flores   otra  cosa, 

Pero    cuidado,   Gil,  que  si    examina» 
Tus  vuelos  á  los  suyos  inferiores, 
Acíjiso  temerás  funestas  ruinas: 

Que  en  el  campo  común  de  los  aínore^ 
Como  también  hay  flores  con  espinas, 
Puedes  llorar  picado  entre  las  flores. 


2Q 


298. 

SONETO  XVIIL 

Á  Fileno. 


Cuando  por   una  estrella  venturosa 
Juntado  el  cielo   santo   nos   habia> 
Viviainos  en  acorde  cornpañia 
En  esa  para  mí  ciudad  dichosa; 

Mas  después  que  la  suerte  rigurosa 
A  esta   corte  de    México  me  envia, 
Ya   parece  que   pierde   su   armonia 
Nuestra  amistad  sagrada  y  deliciosa. 

Debieras  ser^  Fileno,    mas    amante, 
Y  con  franco  papel  estar  conmigo, 
Como  yo  estoy  contigo,   aunque  distante. 

¿Te  ofendo,   mi   Fileno,    en  lo  que  digo? 
Pues  prometo  la  enmienda   en    el  instante 
Que  escribas  con   mas  ganas  á  tu  amigo. 


índice 

'í'     DE  LAS  poesías  CONTENIDAS 

j.»  EN  ESTE  TOMO. 

traducción    de    una   sentencia    de  pag. 

Owen 

En  la  remisión  de  estas  poesias  á  C««i. 

Fabio .<..^ 

Prólogo    ingenuo 6. 


LAS  FLORES  DE  CLO  RILA. 


prólogo.. 7 

Oda  primera 8 

Oda  segunda 1 1 

Oda    tercera 13 

Oda  cuarta 14 

)da   quinta 17 

ida  sesta.... 18 


Oda  séptima 20. 

Oda  octava • si. 

Oda  nona 2  2, 

Oda  décima 23. 

Oda  undécima ! 2  4« 

Oda   duodécirqa.—.. 25. 

Oda  décimatercia 26. 

Oda   décimacuarta.. 27. 

Oda  décimaquinta 29. 

Oda  décimasesta ,. 30, 

LA  INOCENCIA  4 

Dedicatoria.... • 33. 

Oda    primera.    Introducción 37. 

Oda   segunda.    La   zagaleja r*v  39* 

Oda  tercera.    La   simplicidad rvAMfhcj  ^^* 

Oda   cuarta.    La  corderita .•..••••-•.!  44» 

Oda  quinta.    El  premio 46* 

Oda    sesta.    La    tortolita 50. 

Oda   séptima.    El  hijo   de    Venus.. 52^ 

Oda  octava#   La  fuentecilla.....^.........y  56, 


IIL 

Oda    nona.    La   Venus  de  Chipre 58. 

Oda   décima.    Conclusión 61. 

LA  MÚSICA  DE  CELIA. 

Oda    primera » 66 

Oda   segunda. 67 

Oda   tercera 69 

Oda  cuarta 71 

Oda  quinta.... 4. 73 

Oda  sesta 75 

Oda  séptima 76 

Oda   octava 78 

Oda  nona * '  80 

Oda    décima 82 

Oda  undécima ;* 84 

LA  POLLITA  DE  CLORL 

Oda    primera 86. 

Oda  segunda 87. 

Oda  tercera , 88. 


'   IV. 

Oda   cuarta 89 

Oda  quinta 90 

Oda  sesta 91 

Oda  séptima 92 

Oda  octava 93 

Oda  nona 94 

Oda  décima 96 

Oda    midécima 97 

TRADUCCIÓN  DE  UNOS  VERSOS 

DE    ANGELO    POLICIANO. 

Oda    primera 100. 

Oda  segunda 102. 

Oda  tercera 1 03. 

Oda    cuarta 105. 

Oda  quinta loy* 

ODJS  A  DIVERSOS  ASUNTOS. 


Oda   primera.   De  Dorofila 109. 

Oda  segunda.   De  la  misma iix* 


V-   ' 

Oda    tercera.    El  triunfo   del  amor 115* 

Oda    cuarta.  J  Fileno iiy* 

Oda    quinta.    A  una  inconstancia 120. 

Oda    scsta.   A    List    cantando 122. 

Oda    séptima.   A  Cíenla^  con  unas  f ra- 
titas  de  pas4a 123. 

Oda    octava.   A  unos  cabellos  de  Celia..   125. 
Oda  nona.  En  celebridad  de  unos  días,    126. 

Oda   décima.    El    di  a    de    Clara 128. 

Oda    duodécima.    /í  Clori  en  el  helio...    130* 

Oda   décimatercia.    El   Verano 133. 

Oda    décimacuarta.    El    Estío 135. 

Oda   décimaquinta.    El    Otoño 136. 

Oda    déciniascsta.  El  Invierno 139. 

Letrilla.    A  los  canariios  de   Lisi i4i- 

Letrilla.    A   Lesbia i43» 

TRES  JUQÜETILLOS  A  CLORILA. 

Juguetillo  primero i44- 

Juguctillo  segundo , i45* 


Juguetillo  tercero 147. 

Certamen   sobre    un    limón i4g. 

Varios   versos  boleros 152* 

Cuartetas.    Retrato   de   Celia 164. 

Romance.    Carta   amorosa 169. 

Romance.    A  los  dias   de   un   amigo....   175. 

Despedida 177. 

Décimas.   A  Filis    en    el   campo 180. 

Décimas.    En    la    destrucción    de    unos 

papeles    amatorios i84.   1 

Décimas.   A  una  Señorita  que  cogió   la 
mania    de    pedir  versos   al   autor 188. 

Décimas.    Ai  mi   corazón 190. 

Décima.    AÍ  Lisi  por  el   fuego    que     le 
salió  á  la  boca 192. 

Décima.    A  unos   ojos ic^. 

Décima.  En   una    ausencia ^9^*  v 

Décimas.    El   amor    Carmelita .*.....    195. 

Quintillas.    Duda    amorosa 197. 

Endechas  reales.  A  un  canarito   de  Ce- 
lia    199. 


TIL 

DOS  TRADUCCIONES  DE  UNOS  VERSOS 

DE  GALO. 

Primera ♦.... 202, 

Segunda 104. 

Epigrama.  Del  Amor  arando.  Tradu-^ 
cido  del  idioma  griego  al  latino^  y 
de   este    al   castellano 206, 

Paráfrasis  del  mismo   Epigrama 208. 

A    Clori    con   una    calandrita 200. 

A  Clori  con  unos  pichoncitos 211. 

Clori ^  y  Silvio   comiendo  duraznos 212. 

Romance  endecasílabo.  A  los  ojos  de 
Clori 213. 

Romance    endecasílabo.    En    la  muerte 

de    un    Lorito 215. 

La    mañana 219. 

Sumo    alegórico.   Canto   en    Octavas 225. 

Idilio.    L(i    Zagala   en  el   bosque 228. 


VIIL 
ÉGLOGAS. 

Égloga  primera.  El  amante  mas  fiel 
de    los  pastores 303, 

Égloga  segunda.  La  pastora  mas  fiel  de 
la  cabana 253. 

Égloga  tercera.  Despídese  Silvio  de  Cío- 
ri 267. 

Égloga  cuarta.  Llora  Silvio  la  ausen- 
cia   de  Clori 271. 

Égloga  quinta.  Celebra  Silvio  la  vueU 
ta  de  Clori 276. 

SONETOS. 

Soneto  primero.  Influjo  del  amor^  imi- 
tando  el  artificio  del  primer  soneto 
de   Don    Tomás  de    Iriarte 281^ 

Soneto   segundo.    Recuerdos    tristes 282. 

Soneto  tercero.  A  Clorila  en  tres  meses 
de    ausencia 583. 

Soneto   cuarto.   Bl  deseo '284. 


IX. 

Soneto   quinto.  El   sueño  en   el  dia  de 

Clori 285. 

Soneto   sesto.  El  ruego  amoroso 286. 

Soneto    séptimo.    Resolución  del   amor...  287. 

Soneto    octavo.    La    separación  de   Cío- 

rila 288» 

Soneto    nono.    La  triste  ausencia 289. 

Soneto   décimo.  A   la  vuelta  de  Clori...  290. 

Soneto  undécimo.  A  Clori  en  el  cam- 
po  • 291. 

Soneto  duodécimo.    Las   trampas    de  la 

cautela 292. 

Soneto  decimotercio.  De  agradecimiento.  2c^^. 

Soneto  decimocuarto.  De  la  hermosura.  294. 

Soneto    decimoquinto.    De  la  juventud.  294. 

Soneto    décimosesto;    Clori    á  Lisi 296. 

Soneto    decimoséptimo.    Contra   el  amor 

común 297. 

Soneto   décimooctavo.   A  Fileno 298. 

FIN    DELf    TOMO    PRIMERO. 


ERRATAS 

DE    ESTE    TOMO. 

Pd^.  Lín.  Dice.  Debe  decir. 


tK/Sávis/%/\tf%/^^  ^/%/%*%/%^^\/y^t 


33 i^ daban    á       se  daban    en 

203 8 ungido...       urgido. 

2Í0TA. 

En  la  fdg,  /jo.  debiéndose  poner  Oda  ija  se 
puso  Oda  /2^  por  lo  cual,  esta  y  las  cuatro  que 
siguen,  Icanse  con  un  número  menos  del  que  re- 
presentan. 


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